La verdad es que apreció y admiró esa forma de moverse por la vida. Ahora no le quedaba más opción que abordar a Greg para aclarar la situación.
Las preguntas y las insinuaciones se dispersaron por su mente como titulares de periódicos. «El nieto de un icono cinematográfico se casa con su abuela.» ¡Puaj, qué asco…! Y, por si eso no bastara, «Un hombre engendra a la hija de su abuela».
– ¡Por Dios, Greg! -exclamó desesperado-. ¿En qué demonios has convertido mi vida?
Greg seguía impasible.
– Es lo que en todo momento he intentado decirte. Rory, esta historia no tiene nada que ver contigo. Nos atañe a mí, a mi esposa y a nuestra niña. Iris no existe solo para dar buena imagen a los electores. -Rory hizo una mueca, porque aún veía mentalmente los titulares y las indirectas. Greg volvió a tomar la palabra-. Iris necesita ser querida y feliz; el significado del apellido Kincaid le trae sin cuidado. Rory, a partir de ahora eso depende de ti y de mí.
Las palabras del periodista todavía resonaban en la cabeza de Rory: «Solo queremos que nos diga quién es el padre de la niña».
El padre de la niña era Roderick… y Roderick había dejado a Iris a su cuidado.
A pesar de esa herencia y de que los repugnantes titulares estaban a punto de hacerse realidad, Rory vio la férrea mirada de su hermano y supo que Greg no olvidaría ese asunto ni dejaría a Iris a su cargo.
Rory meneó la cabeza y se dijo que esa certeza y esa determinación eran algo hasta entonces desconocido en su hermano; de repente sintió respeto por él.
Recordó el firme apretón de manos de Kim y supo que ella también plantaría cara con todas sus fuerzas.
Dejó escapar una larga bocanada de aire y la nube que pendía sobre él volvió a convertirse en un peso asfixiante.
– Greg, por amor de Dios… ¿Qué pensará el Partido Conservador si no intento retener a la niña? ¿Qué opinarán los electores?
Rory pensó que los candidatos con una intachable imagen y deseosos de renovar la política para convertirla en algo más limpio y honroso no ceden la tutela de menores a hombres que se casan con sus ex abuelastras. Concretamente, con la persona que había parido y poco después abandonado a la mentada menor. Como conocía a su abuelo, Rory estaba seguro de que, en cuanto investigase el acuerdo prematrimonial, comprobaría que Kim no había tenido otra opción, pero la prensa no lo plantearía en esos términos.
– Tienes que pensar en Iris. -Greg se cruzó de brazos y por primera vez Rory olvidó que era su hermano pequeño y vio en él al hombre en el que se había convertido-. Tienes que hacer lo correcto.
Esas palabras desencadenaron instantáneamente todos sus dolores de cabeza. Jilly también se había referido a hacer lo correcto la mañana en la que lo había plantado. Se rascó la frente. ¡Por Dios, jamás había pensado que fuera alguien que hacía lo incorrecto, sino todo lo contrario!
Lo cierto era que, a cambio de ser candidato al Senado por el Partido Conservador y dar una inyección de respetabilidad y dignidad al apellido Kincaid, había hecho lo incorrecto una y otra vez. Al igual que Iris y su momento Sombrero azul, sombrero verde, había estado dispuesto a poner del revés sus lealtades familiares y su sentido de la justicia.
Sombrero azul, sombrero verde era el libro preferido de Iris y él ni siquiera lo sabía. Estaba tan enfadado consigo mismo que cerró los ojos. En todo momento había considerado a la niña una responsabilidad más, una obligación, pero debía reconocer que, de nuevo, Greg tenía razón.
Aunque la decisión que estaba a punto de tomar, mejor dicho, que ya había tomado, sin duda complicaría sus planes de futuro, Iris debía estar con las personas que la habían cuidado durante más tiempo y que más la querían. Había llegado el momento de que el apellido Kincaid representase otra cosa.
– Está bien -dijo lentamente, y el dolor de cabeza se esfumó con la misma rapidez con la que había llegado-. Lo correcto y lo cierto es que eres el padre de Iris. Pero me cercioraré de que vosotros tres forméis una familia.
Rory extendió la mano pese a que fue consciente de que estaba echando a perder el mundo por el que hasta entonces había luchado.
Greg sonrió, se adelantó, no hizo caso de la mano extendida, dio un fuerte abrazo a su hermano y declaró:
– Nunca me has dejado en la estacada.
Rory palmeó la espalda de Greg. Aunque acababa de dar un giro irrevocable y tal vez definitivo a su futuro, tuvo la sensación de que, por primera vez, la nube de perdición dejaba pasar un halo de luz plateada.
Rory regresó a la fiesta y se dijo que la casa llena a rebosar de invitados, y las animadas conversaciones eran un indicio claro del éxito de la reunión para recaudar fondos. Contuvo una carcajada de sorpresa al reparar en que Aura se hallaba en un rincón del salón, por lo que resultaba evidente que hacía rato que había abandonado sus deberes de camarera. Estaba rodeada por un corro de hombres con esmoquin y había cogido el cuaderno de tapas azules; Rory creyó oír que alguien mencionaba en la misma frase el índice Nasdaq y el signo de sagitario.
Pasó por la biblioteca y enarcó las cejas al oír que el doctor John aconsejaba un tatuaje con un dragón a una mujer que lucía un collar de diamantes y un bronceado uniforme que había conseguido jugando al tenis una vez por semana. Tal vez él no era el único que jamás olvidaría esa velada.
Rory cruzó el umbral de la terraza e hizo una pausa. El senador sostenía el micrófono como si se dispusiera a dar un discurso y los asistentes se congregaron a su alrededor. Aspiró una bocanada de aire y recordó que, con su bendición, su tía de cuatro años sería adoptada por su hermano, que acababa de contraer matrimonio con su ex abuelastra. ¿Qué pensarían de esa situación el senador y el Partido Conservador?
Los titulares volvieron a parpadear en su mente.
Intentó convencerse de que lo querían a él, no a su hermano ni su situación familiar. Tal vez tendría que recuperar el terreno perdido y, como le había dicho Jilly, cerrar la mano para agarrar fuerte lo que quería y no dejarlo escapar. Maldita sea, eso era precisamente lo que quería.
¿De verdad era lo que quería? Tal como había dicho Greg, era autoritario, impaciente y poco diplomático. Además, se irritaba cuando estaba bajo el control de dirigentes del partido como Charlie Jax. Tenía que reconocer que los lentos engranajes del proceso político podían acabar con su paciencia. Por otro lado, era la situación ideal para alguien deseoso de cambiar de imagen y formar parte de un proceso dedicado a cambiar la imagen de la política. ¿O acaso no era tan ideal?
En ese momento el senador lo avistó desde el otro lado de la terraza e instantáneamente se acercó el micrófono a la boca.
– Un poco de atención, por favor. A lo largo de toda la noche he deseado que llegase el momento de presentar a nuestro anfitrión… ¡Rory Kincaid!
El anciano de sienes plateadas señaló a Rory con el micrófono.
Sonaron aplausos y otro grupo de invitados salió a la terraza. Rory se abrió paso entre los congregados y aceptó las palmaditas en la espalda, las bocanadas de perfumes caros y oír los nombres de los californianos distinguidos que habían asistido a la reunión. Se trataba de personas a las que respetaba y que lo respetaban, pero el nubarrón que se cernía sobre su cabeza volvía a crecer.
Le sorprendía que, estando como estaba a cinco metros del momento más importante y satisfactorio de su vida, no hubiera desaparecido la maldita nube de perdición.
Vislumbró algo rojo y rosa con el rabillo del ojo y le prestó atención. Se trataba de Jilly. Giró la cabeza y vio que bajaba la escalera que conducía a los jardines, seguida de la anciana Dorothy Baxter.
Repentinamente lo único que le importó en este mundo fue saber con certeza que Jilly estaba bien.
Levantó las manos por encima de los congregados e hizo la señal de pedir tiempo muerto. El senador Fitzpatrick parpadeó desconcertado y los aplausos se apagaron, pero Rory no hizo el menor caso y corrió en pos de las mujeres. La orquestra se arrancó con otra canción; no se sintió culpable de dejar que el aguerrido político tuviera que apelar a su extraordinaria habilidad y arreglara la situación. Al fin y al cabo, el senador estaba en su elemento, y él no.