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Jilly fingió que no había oído la última frase porque tenía la certeza de que había entendido mal. Tampoco quiso darse por enterada del ligero abrazo de Rory y abrigó la esperanza de que este pensase que la carne de gallina que cubría sus brazos se debía al frío nocturno.

– No te equivoques. Podrías haberlos tenido. Podrías haber conservado la candidatura y el respeto hacia ti mismo si hubieses mantenido la boca cerrada en presencia de mi abuela.

– No, ya te he dicho que me habría resultado imposible hacerlo, sobre todo después de oír que decías que me quieres.

A Jilly se le secó la boca y se puso tensa.

– Yo no he dicho eso.

– Claro que lo has dicho.

La muchacha meneó frenéticamente la cabeza.

– ¡No, no y no! -Se repitió que debía negarlo rotundamente y no darle la oportunidad de que tomase la delantera. Al fin y al cabo, era lo que había reforzado todo lo ocurrido con su abuela esa noche-. No lo he dicho.

Rory movió afirmativamente la cabeza.

– Sí que lo has dicho.

– No -insistió Jilly-. No he mencionado nombres.

Rory suspiró y la expresión de asesino en serie que piensa en estrangular a su víctima tensó los músculos de su rostro.

– ¿De quién más puedes estar enamorada?

La joven mencionó el primer nombre que se le pasó por la cabeza:

– De Greg.

Rory volvió a suspirar.

– En ese caso, te presento mis condolencias.

– ¿Qué? -Jilly arrugó el entrecejo-. ¿Por qué lo dices?

– Porque esas palabras te sitúan al final de la larga lista de mujeres de su vida.

– ¿Y qué? -inquirió, y se ruborizó.

Rory continuó como si Jilly no hubiese hablado.

– En primer lugar, tienes que tener en cuenta a su esposa.

– Lo… -La joven se detuvo justo antes de revelar que lo sabía e hizo una pregunta inocente-: ¿Cómo?

– A continuación está su hija.

– ¿Cómo? -Jilly parpadeó-. ¿Qué has dicho? -inquirió, y volvió a parpadear-. ¿Has dicho su hija?

Rory movió afirmativamente la cabeza.

– Sí, Iris. -Deslizó las manos bajo los cabellos de Jilly y le acarició la nuca-. Ha sido lo primero que he hecho bien esta noche. He prometido a Greg y a Iris que los tres formarán una familia. Antes de que se me olvide, tu abuela me ha puesto los pelos de punta. Gracias a Dios, Greg y tú me habéis hecho ver que Iris no es una responsabilidad, sino una niña digna de ser querida.

Jilly lo miró fijamente.

– ¿Has renunciado a Iris?

Kincaid sonrió.

– Y también a la candidatura por el Partido Conservador.

– Pero estás sonriendo… mejor dicho, sonríes de oreja a oreja -se sintió obligada a precisar.

– Lo sé -confirmó Rory-. Reconozco que es rarísimo, pero en cuanto le conté lo del montaje a tu abuela y me despedí de la posibilidad de ser senador, la nube negra que había sobre mi cabeza desa… se disolvió. -Deslizó las manos hasta los hombros de la joven y la sacudió ligeramente-. Jilly, dame otro motivo para sonreír, dime que me quieres.

La muchacha se dijo que no estaba dispuesta a reconocerlo. Retrocedió un paso y el abrazo de Rory se volvió más firme. Observó esa belleza exótica que había dado pie a mil fantasías y que probablemente seguiría generándolas durante el resto de su vida, pero decirle que lo quería… hacerle saber que ejercía ese poder sobre ella… no, no y no.

Jilly tembló de la cabeza a los pies.

Rory debió de reparar en sus temores.

– ¡Ay, Jilly…! -Su voz se tornó más grave-. No me crié rodeado de amor ni lo busqué, pero has entrado en mi vida y has traído tanta luz, ternura y… y también caos, que sé que no volveré a ser el mismo. Y no quiero ser el que fui.

Jilly lo observó atentamente y pensó que volvía a vivir en el mundo de la fantasía. Sin embargo, no vio la túnica blanca ni las dunas. ¿Era posible que Rory la desease realmente? Su mirada se volvió dulce, sorprendida, tierna y alegre a la vez, y el corazón de la joven pareció saber lo que eso significaba.

– No lo entiendo -musitó Jilly, sin saber si debía creer en la existencia de ese órgano absurdo y blando que le llenó el pecho y que latió tan fuerte que pensó que Rory lo oiría.

Kincaid la estrechó, pero ella permaneció rígida y asustada.

– Claro que lo entiendes. Por favor, Jilly, ya me he resistido lo suficiente en nombre de los dos. Te ruego que lo digas.

Jilly se preguntó si estaba dispuesta a renunciar a su independencia y a su autonomía y permitir que otra persona fuerte y autoritaria la dominara.

De repente la verdad la golpeó. Rory le ofrecía algo que había anhelado durante toda la vida: amor. Necesitaba desprenderse del pasado a fin de tener las manos libres para aferrado. ¿Tendría la valentía de hacerlo?

Al cabo de unos instantes, se relajó en sus brazos, lo miró a los ojos y dijo:

– Tú primero.

Después de todo, ser valiente no es lo mismo que ser tonta.

Rory masculló entre dientes y al final le cogió el rostro con las manos. El claro de luna lo ilumino y lo convirtió en un ser real y mágico a la vez.

– Te quiero, Jilly. Quiero que seas mi esposa. Mi única señora Kincaid de aquí a la eternidad.

El corazón de la joven dio brincos de felicidad. ¿Era cierto? ¡Claro que sí! Alguien la quería, mejor dicho, Rory la quería y deseaba hacerla su esposa.

– ¿De verdad?

– De verdad. -Rory volvió a fruncir los labios-. Y ahora dilo.

– Un momento. -Jilly también apretó los labios e intentó aclararse-. Si nuestro compromiso ficticio se convierte en verdadero, ¿significa que…?

– ¿Que me presento a senador? No. ¿Que todavía tienes que decirlo? Sí. -Le acarició el labio inferior con el pulgar-. Cariño, habla de una vez.

– Te…

¡Pum…! Se oyó una explosión ensordecedora y a continuación una lluvia roja tiñó el cielo. ¡Pum…! Rojo… ¡Pum…! Blanco…

Desconcertada, Jilly echó la cabeza hacia atrás a medida que estallaban los fuegos artificiales. ¡Pum, pum, pum…! Las estrellas artificiales salpicaron el cielo y cayeron como fuego blanco.

Miró a Rory, que también contemplaba los fuegos de artificio. El estrépito era tal que la joven se dio cuenta de que Rory no la oiría.

¡Pum…! ¡Paf, paf, paf, paf…! ¡Pum…! ¡Pum…! ¡Pum…! Azul… Azul, azul, azul, azul. Azul. Azul. Azul… El firmamento se iluminó con palmeras y estrellas centellantes.

En el preciso momento en el que los ecos se apagaron, un siseo estentóreo atravesó el aire. Jilly dejó escapar una exclamación de sorpresa y señaló por encima del hombro de Rory.

Sin soltarla, Kincaid volvió la cabeza hacia su casa. A lo largo de la segunda y la tercera planta, la pirotecnia chisporroteante cobró vida y dibujó cuatro letras enormes, las de un nombre que recorrió de una punta a la otra la mansión Caidwater: Rory, Rory, Rory, Rory, Rory, Rory, Rory, Rory, Rory…

El magnate bajó la cabeza, miró a Jilly y suspiró.

– ¡Por favor…! Tendrían que haber encendido los fuegos artificiales después de anunciar mi candidatura. Alguien debió de dar un falso aviso.

¡Caramba…! Jilly se acordó de que se había topado con un desconocido cuyo móvil no tenía cobertura. Bueno, tal vez algún día se lo contaría a Rory… pero ahora mismo tenía que hacer algo mucho más importante.

– Te quiero -dijo.

Jilly pensó que Rory había renunciado a muchas cosas por ella y que lo único que podía ofrecerle a cambio era su corazón.

La luz de su nombre repetido hasta el infinito iluminó la mirada de Kincaid cuando la observó y preguntó:

– ¿Qué has dicho?

– Que te quiero. -Aunque Rory se inclinó hacia ella, la muchacha lo mantuvo a distancia apoyándole la mano en el pecho-. ¿Estás seguro… estás seguro de que tu lugar no está aquí, en esta casa y con esta gente?