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Lucy todavía recordaba el coche, el Oldsmobile Ciera desvencijado, subiendo por la pista, parándose, y las cuatro puertas abriéndose al mismo tiempo, y los cuatro miembros de la familia bajando a la vez. En ese momento, cuando Lucy vio a Paul por primera vez y sus ojos se encontraron, fue una explosión, una fractura, un rayo. Y vio que a él le sucedía lo mismo. En la vida existen esos raros momentos en que sientes una sacudida, y es una sensación maravillosa y al mismo tiempo duele una barbaridad, pero sientes, sientes de verdad, y de repente los colores parecen más brillantes y los sonidos más claros y la comida sabe mejor y nunca, ni un solo minuto, dejas de pensar en él y sabes, lo sabes y basta, que él siente exactamente lo mismo por ti.

– Así -dijo Lucy en voz alta, y tomó otro sorbo de vodka con tónica.

Como en esas canciones lastimeras que escuchaba una y otra vez. Un sentimiento. Un estallido de emoción. Un subidón o un bajón, no importaba. Pero ya no era lo mismo. ¿Qué había cantado Elton John, con aquella letra de Bernie Taupin, sobre el vodka con tónica? Algo sobre tomar un par de vodkas con tónica para empezar de nuevo.

A Lucy no le había funcionado. Pero ¿para qué dejar de intentarlo ahora?

La vocecita en su cabeza decía: «Deja de beber».

La voz más fuerte decía a la vocecita que se callara o se metiera en sus asuntos.

Lucy levantó un puño en el aire.

– ¡Bien dicho, Voz!

Se rió y ese sonido, el sonido de su risa sola en aquella habitación silenciosa, la asustó. El siguiente en su lista «Suave» era Rob Thomas pidiéndole si podía abrazarla mientras se desmoronaba, si podía abrazarla mientras los dos se hundían. Ella asintió. Sí podía. Rob le recordó que tenía frío, estaba asustada y rota, y que, maldita sea, quería escuchar esa canción con Paul.

Paul.

Él tenía que saber lo de los diarios.

Hacía veinte años que no le veía, pero hacía seis Lucy le había buscado en internet. No quería hacerlo. Sabía que Paul era una puerta que era mejor dejar cerrada. Pero se había emborrachado -vaya sorpresa-y, así como algunas personas recurrían al teléfono cuando bebían demasiado, Lucy recurría al Google.

Lo que encontró la hizo serenarse y al mismo tiempo no fue una sorpresa. Paul estaba casado. Trabajaba como abogado. Tenía una niña pequeña. Lucy incluso había encontrado una foto de su bonita esposa de familia acomodada en una recepción de una asociación benéfica. Jane, la esposa, era alta, delgada y llevaba perlas. Le quedaban bien las perlas. Toda ella decía a gritos que estaba hecha para las perlas. Otro trago.

Las cosas podían haber cambiado en seis años, pero entonces Paul vivía en Ridgewood, Nueva Jersey, apenas a treinta kilómetros de donde se encontraba Lucy ahora. Miró el ordenador que tenía en la habitación. Paul debía saberlo, ¿no?

Y no haría ningún daño realizar otra búsqueda en Google. Buscar su número de teléfono, de su casa, o mejor de su despacho. Podía llamarle. Advertirle, en realidad. Con total honestidad. Sin intenciones o significados ocultos, nada de eso.

Dejó el vodka con tónica. Por la ventana veía caer la lluvia. El ordenador ya estaba encendido. Su salvapantallas era ni más ni menos que el que ponía Windows por defecto. Nada de fotos de vacaciones familiares, ninguna diapositiva de los niños o el típico comodín de las solteras: la fotografía de una mascota. Sólo el logo de Windows brincando en la pantalla, como si el monitor le sacara la lengua. Llamarlo patético era poco.

Fue a la página de inicio y estaba a punto de teclear cuando oyó que llamaban a la puerta. Se detuvo y esperó.

Otra llamada. Lucy miró el reloj en la esquina inferior derecha del ordenador.

Las doce y diecisiete.

Tardísimo para visitas.

– ¿Quién es?

Ninguna respuesta.

– ¿Quién…?

– Soy Sylvia Potter.

Por la voz se notaba que estaba llorando. Lucy se puso en pie y fue a la cocina. Echó el resto de su bebida en el fregadero y guardó la botella en el armario. El vodka no olía, al menos no mucho, o sea que por ese lado estaba salvada. Se miró rápidamente en el espejo. La imagen que vio era horrible, pero no podía hacer mucho por remediarlo.

– Voy.

Abrió la puerta y Sylvia entró de golpe como si hubiera estado apoyada en ella. La chica estaba empapada. El aire acondicionado estaba al máximo. Lucy estuvo a punto de comentar que pillaría un resfriado de muerte, pero le pareció algo que podía decir una madre. Cerró la puerta.

– Siento pasar tan tarde -dijo Sylvia.

– No te preocupes. Estaba levantada.

Se paró en el centro de la habitación.

– Lamento lo de antes.

– No pasa nada.

– No, es que…

Sylvia echó un vistazo y se frotó el cuerpo con las manos.

– ¿Quieres una toalla o algo?

– No.

– ¿Quieres algo de beber?

– No, gracias.

Lucy indicó a Sylvia que se sentara y la chica se dejó caer en el sofá de Ikea. Lucy odiaba Ikea y sus manuales de instrucciones con dibujitos que parecían pensados por ingenieros de la NASA. Lucy se sentó a su lado y esperó.

– ¿Cómo supo que yo había escrito el diario? -preguntó Sylvia.

– Eso no importa.

– Lo mandé de forma anónima.

– Lo sé.

– Y usted dijo que eran confidenciales.

– Lo sé y lo siento.

Sylvia se frotó la nariz y miró al vacío. Los cabellos le chorreaban.

– Además le mentí -dijo Sylvia.

– ¿En qué?

– Sobre lo que había escrito. Cuando fui a verla al despacho el otro día. ¿Se acuerda?

– Sí.

– ¿Se acuerda de lo que le dije que había escrito?

Lucy lo pensó un momento.

– Tu primera vez.

Sylvia sonrió, pero sin ninguna alegría.

– Supongo que, aunque sea enfermizo, era verdad.

Lucy se quedó un momento pensando en eso.

– No sé si te entiendo, Sylvia.

Sylvia no dijo nada durante un rato. Entonces Lucy recordó que Lonnie le había dicho que la ayudaría haciéndola hablar. Pero había dicho que esperaría al día siguiente.

– ¿Ha venido Lonnie a verte esta noche?

– ¿Lonnie Berger? ¿De la clase?

– Sí.

– No. ¿Para qué iba a venir a verme?

– No es importante. Entonces ¿has venido por decisión propia?

Sylvia tragó saliva y pareció insegura de sí misma.

– ¿He hecho mal?

– No, ni mucho menos. Me alegro de que estés aquí.

– Estoy muy asustada -dijo Sylvia.

Lucy asintió intentando parecer tranquila y alentadora al mismo tiempo. Forzar el tema podía volverse contra ella. Así que esperó. Esperó dos minutos enteros antes de hablar.

– No tienes por qué tener miedo -dijo Lucy.

– ¿Qué cree que debo hacer?

– Cuéntamelo todo, ¿vale?

– Ya lo he hecho, o al menos casi todo.

Lucy no sabía cómo enfocarlo.

– ¿Quién es P?

Sylvia frunció el ceño.

– ¿Qué?

– En tu diario. Hablas de un chico llamado P. ¿Quién es P?

– ¿De qué está hablando?

Lucy calló y después volvió a intentarlo.

– Dime exactamente por qué estás aquí, Sylvia.

Pero Sylvia se había vuelto cautelosa.

– ¿Para qué ha venido hoy a mi cuarto?

– Porque quería hablar de tu diario.

– Entonces ¿por qué me pregunta por un chico llamado P? Yo no he llamado P a nadie. Dije directamente que era… -las palabras se le atragantaron en la garganta, cerró los ojos y susurró- mi padre.