– Se lo he propuesto -le dijo a Anastasio más tarde-, pero no ha querido aceptar penitencia alguna. Sin embargo, tenía que intentarlo.
Miró a Anastasio buscando el respeto que debería reflejarse en sus ojos, él reconocimiento de la paciencia y la nobleza que había demostrado, y en cambio no vio más que desprecio, como si estuviera poniendo excusas. Descubrió horrorizado cuánto le dolía aquella reacción.
– ¡Vuestra arrogancia es una blasfemia! -exclamó Constantino, súbitamente ofendido-. No tenéis humildad. Os dais mucha prisa en sugerir que Teodosia haga penitencia, pero vuestros propios pecados quedan sin confesar. ¡Volved a mí cuando estéis dispuesto a hincaros de rodillas!
Anastasio, con el rostro blanco como la cal, se fue y dejó al obispo mirándolo, todavía con ganas de decir algo más, pero sin encontrar palabras que fueran lo bastante duras para herir el alma.
El dolor que sentía Ana a causa de aquella desilusión era hondo. En otra época había visto muchas cosas buenas en Constantino, tal vez porque necesitaba verlas. Ahora, las ordenanzas de la Iglesia habían dejado de tener valor, porque carecía de las creencias que se necesitaban para acatarlas. ¿Y cómo iba a tenerlas? Al conceder a Teodosia un perdón tan vacío, Constantino había eliminado la posibilidad de absolverla también a ella. Tan sólo podía apoyarse en su propia manera de entender a Dios, buscar aquella llama en la oscuridad de la noche, el calor que le envolvía el alma cuando estaba arrodillada a solas.
Quizá fuera así como tenían que ser las cosas. Cuando uno no tiene a nadie al lado, levanta la vista hacia el cielo.
Es la oscuridad la que pone a prueba la luz. Ana debía aceptar que estaba sola, no pretender el apoyo ni el perdón de los demás, sino buscar en su corazón y en su mente hasta que lo encontrara para sí misma.
CAPÍTULO 82
Zoé paseaba nerviosa por la suntuosa estancia, y cada vez que iba o venía volvía la cabeza para mirar la hermosa cruz en cuyo reverso había un nombre escrito que todavía la quemaba: Dandolo, el más importante de todos. Debía idear la manera de vengarse de él y de sus herederos, de Giuliano, antes de que llegaran de nuevo los cruzados y ya fuera demasiado tarde. El año de 1280 iba tocando rápidamente a su fin y la invasión ya estaba próxima, incluso podía ser que tuviera lugar al año siguiente.
Llegó a la altura de la ventana. Se detuvo a contemplar cómo iba oscureciéndose el cielo del invierno. Últimamente Helena estaba especialmente arrogante. En varias ocasiones había observado en su mirada un gesto que parecía diversión, casi burla, de la que algunas personas ven en la derrota de otras. Tenía cada vez más la certeza de que Helena sabía que Miguel era su padre y de que estaba pensando en valerse de aquella información en beneficio propio.
Tal vez fuera buena idea mandar a Sabas que vigilase a Helena más estrechamente. Con Demetrio había mostrado frialdad. Los indicios eran casi inapreciables: un poco menos de voluptuosidad en la forma de vestir, una distracción momentánea de cuando en cuando que claramente no tenía nada que ver con él, una falta de atención a lo que decía. ¿Habría otra persona? No existía ningún otro pretendiente mejor al trono.
Aún estaba en estas cavilaciones cuando de pronto entró uno de los criados. El sirviente permaneció ante ella con la vista fija en el hermoso mosaico del suelo, sin atreverse a levantarla.
– ¿Qué? -dijo Zoé en tono de exigencia. ¿Qué noticia podía paralizar así a aquel idiota?
– Acabamos de enterarnos de que hace unas semanas abdicó el dux Contarini -contestó el criado-. En Venecia hay un dux nuevo.
– ¡Naturalmente que lo hay, necio! -bramó Zoé-. ¿Quién es?
– Giovanni Dandolo -respondió el criado con la voz quebrada por la tensión.
Zoé emitió un ruido de furia contenida y le ordenó que saliera. Él obedeció con precipitación.
De modo que ahora había otro Dandolo en el palacio ducal de Venecia. Fuera de su alcance… pero no así Giuliano. ¿Qué relación habría entre él y el nuevo dux? Pero daba igual, el viejo Enrico era un antepasado común de ambos, y aquello era lo único que contaba.
Pero ahora podía ocurrir que Giuliano regresara a Venecia, a desempeñar una misión más elevada. Zoé debía darse prisa en ejecutar su venganza antes de que aquello también se le escapara de las manos.
Todavía estaba cavilando cuando llegó un antiguo amigo. Venía con el rostro pálido, el cuerpo en tensión y abriendo y cerrando los puños, incluso cuando comenzó a hablar.
– Te convendría marcharte -dijo, casi balbuceando-, aunque yo no creo que sea el momento. Está demasiado cerca el fin para todos nosotros. Los ejércitos de Carlos de Anjou han puesto sitio, a Berat.
Berat era la gran fortaleza que poseía Bizancio en Albania, a cuatrocientas millas de allí, y tenía la llave de la ruta terrestre que venía de Occidente.
– Cuando caiga Berat -prosiguió-, Constantinopla quedará desprotegida y sin defensas ante Carlos. El emperador no posee un ejército que sea capaz de resistir un ataque por tierra, ni tampoco por mar cuando llegue la flota veneciana. Claro que es posible que ni siquiera sea preciso ofrecer resistencia; podrán tomar todas las provisiones que quieran y continuar hacia Acre.
Zoé sintió por dentro un frío glacial, como si el hecho de que él hubiera expresado la situación con palabras hubiera hecho ésta más real.
– ¿Zoé? -presionó él.
Pero ella no le contestó. ¿Qué iba a decir? Recibió la noticia en silencio, de igual modo que desciende la oscuridad de la noche sin hacer ningún ruido.
Él se persignó y se fue.
Entonces regresaron las pesadillas de su infancia. Se despertaba sudando, sola en la oscuridad. Incluso en aquellas frías noches de invierno notaba un intenso calor que le recorría el cuerpo y que no desaparecía ni siquiera en sueños, pero ¿cuánto tiempo iba a durar? ¿Cuándo se tornarían reales el olor acre del humo, la destrucción y los gritos?
Revivió la escena de ver a tu madre con la ropa hecha jirones, los muslos teñidos de un rojo escarlata, el rostro contorsionado por el terror, intentando retroceder arrastrándose para proteger a su pequeña.
Cuando se levantó a la mañana siguiente, vio que todos a su alrededor se afanaban en empaquetar sus enseres a fin de estar prestos para huir si llegaban noticias peores, formaban corrillos en las esquinas de las calles, paraban a cualquier desconocido para preguntarle si se sabía algo más.
Zoé reunió joyas y otros objetos de gran belleza: un caballo alado forjado en bronce, collares de oro, platos, aguamaniles, relicarios incrustados de piedras preciosas, jarrones de alabastro y cloisonné, y los vendió.
Con el dinero que obtuvo compró unas enormes tinas llenas de brea y ordenó que las apilaran en las azoteas de la casa. Estaba dispuesta a pegar fuego a la ciudad ella misma y destruir a los latinos en sus propias llamas antes de permitir que Constantinopla fuera tomada de nuevo. Esta vez ella moriría en el incendio, no pensaba escapar. Que se fueran todos, si es que eran lo bastante cobardes. Si fuera preciso, hasta lo haría ella sola. No se rendiría jamás, y jamás volvería a huir.
CAPÍTULO 83
Palombara regresó por fin a Roma en febrero de 1281. El día siguiente a su vuelta, advirtió un leve rumor de emoción en las calles mientras se dirigía a San Pedro y el Vaticano. En el aire flotaba una energía especial, a pesar del frío, del viento y de la lluvia que empezaba a caer.
Llegó a la amplia plaza y la atravesó en dirección a los escalones que conducían al Vaticano. Al pie había un grupo de sacerdotes jóvenes. Uno de ellos soltó una carcajada, otro lo reprendió suavemente en francés. En eso, repararon en la presencia de Palombara y lo saludaron cortésmente con un marcado acento italiano.