– Buenos días, excelencia.
Palombara se detuvo.
– Buenos días -contestó a su vez-. He estado varias semanas navegando, de regreso de Constantinopla. ¿Tenemos ya un nuevo pontífice?
Uno de los jóvenes curas abrió unos ojos como platos.
– Oh, sí, excelencia-respondió-. Se ha restablecido el orden, y ahora tendremos paz. Gracias a los buenos oficios de su majestad de las Dos Sicilias.
Palombara se quedó petrificado.
– ¿Cómo? Quiero decir, ¿qué oficios podría ejercer él?
Los jóvenes se miraron unos a otros.
– El Santo Padre lo restauró en el cargo de senador de Roma. -Tras ser elegido -señaló Palombara.
– Naturalmente. Pero las tropas de su majestad tuvieron rodeado el palacio papal de Viterbo hasta que los cardenales llegaran a un acuerdo. -El joven sonrió de oreja a oreja-. Eso les aclaró maravillosamente las ideas.
– Y deprisa -añadió uno de los otros con una breve risita.
– ¿Y quién es nuestro Santo Padre? -preguntó Palombara. A buen seguro que era francés.
– Simón de Brie -respondió el primero de los jóvenes-. Ha adoptado el nombre de Martín IV.
– Gracias -dijo Palombara con dificultad. Había ganado la facción francesa. Era la peor noticia que le podían dar. Se volvió para comenzar a ascender por los escalones.
– El Santo Padre no se encuentra aquí -le dijo uno de los curas cuando ya se iba-. Vive en Orvieto, o si no en Perugia.
– Roma está gobernada por su majestad de las Dos Sicilias -agregó el primero, solícito-. Carlos de Anjou.
En los días que siguieron llegó a apreciar lo contundente que era la victoria de Carlos de Anjou. Había supuesto que la superación de la brecha que separaba a Roma de Bizancio era un hecho consolidado, pero descubrió que aún quedaban cabos sueltos al oír comentar a la gente de su alrededor que finalmente iban a poner fin a la indecisión y los embustes de Miguel Paleólogo e imponer por la fuerza la obediencia verdadera, una victoria para la cristiandad que realmente tuviera peso.
Por fin mandaron llamar a Palombara cuando Martín IV se encontraba en una de sus raras visitas a Roma. Los rituales fueron los mismos de siempre: la profesión de lealtad, el fingimiento de confianza, respeto mutuo, y naturalmente fe en que terminarían logrando el triunfo.
Palombara observó a Simón de Brie, actualmente Martín IV, se fijó en su barba blanca y sus ojos claros, y sintió que lo inundaba una oleada de frío glacial. No le gustaba aquel hombre, y desde luego no se fiaba de él. Había pasado la mayor parte de su carrera siendo consejero diplomático del rey de Francia, y las antiguas lealtades no desaparecen con tanta facilidad.
Al contemplar el rostro duro y ancho del nuevo pontífice, Palombara tuvo la absoluta certeza de que, a su vez, Martín tampoco sentía agrado ni confianza hacia él.
– He leído los informes que habéis redactado sobre Constantinopla y sobre la obstinación del emperador Miguel Paleólogo -dijo Martín. Hablaba en latín, pero con un considerable acento francés-. Nuestra paciencia se ha agotado.
A Palombara le gustaría saber si el nuevo Papa utilizaba el plural porque su cargo le daba derecho a pensar en sí mismo de manera mayestática, o porque efectivamente incluía a sus consejeros y asesores. Cada vez tenía más miedo de que se refiriera a Carlos de Anjou.
– Es mi deseo que regreséis a Bizancio -continuó Martín sin mirar a Palombara, como si los sentimientos de éste no importaran lo más mínimo-. Allí os conocen y, lo más importante, vos los conocéis a ellos. Es preciso resolver la situación, ya se ha alargado demasiado.
Palombara se preguntó por qué no enviaba a un francés, pero en el momento mismo en que se planteó dicha pregunta le vino a la mente la respuesta. En ello no había gloria ni fracaso. Levantó la vista y la clavó en la mirada fría y de leve regocijo del Santo Padre.
Martín alzó una mano para impartirle la bendición.
CAPÍTULO 84
Corría el mes de marzo y Giuliano se encontraba en los aposentos privados del nuevo dux, que daban al canal, contemplando la luz que se reflejaba en las aguas siempre cambiantes y cuyo murmullo se filtraba por las ventanas abiertas semejante a la respiración del mar, que se agitara en sueños.
Habían tomado una cena ligera que trajo recuerdos del padre de Giuliano, que había sido primo del dux. Contaron historias exageradas de jornadas pescando, borracheras, bravatas y amores.
Los dos estaban riendo a carcajadas cuando de pronto se oyeron unos golpes en la puerta, y un momento después penetró en la habitación un erguido caballero vestido con un jubón bordado que ejecutó una profunda reverencia.
– Traigo noticias extraordinarias de Berat, alteza serenísima-dijo el caballero-. Tengo esperando a un soldado que podrá suministraros un informe de primera mano, si accedéis a recibirlo.
– Sí. Hacedlo pasar. Cuando termine, dadle bien de comer y de beber.
El hombre se inclinó y salió. Momentos después entró de nuevo acompañado de un soldado, que obviamente acababa de desembarcar, pues aún llevaba la ropa raída y manchada de sangre.
– ¡Bien, habla! -ordenó el dux.
– La fortaleza de Berat ha sido liberada, y el ejército de Carlos de Anjou ha huido en desbandada -exclamó el soldado-, alteza serenísima.
El dux estaba atónito.
– ¿Que ha huido en desbandada? ¿Estás seguro?
– Sí, mi señor -contestó el marino-. Por lo visto, el propio Hugues de Sully en persona, el gran héroe que no conocía la derrota, ha sido capturado. -Su semblante reflejaba un intenso placer, no sólo por la noticia que traía, sino también por ser él quien se la estaba transmitiendo al dux.
– ¿En serio? -dijo el dux. Volvió la vista hacia Giuliano y le preguntó-: ¿Tú conoces a ese De Sully?
– No, mi señor -admitió Giuliano.
– Es un burgundio. Un hombre gigante, enorme, un símbolo de la invencibilidad de su pueblo. -El dux abrió bien los brazos para indicar el tamaño que tenía el susodicho-. Tiene una cabellera que parece un tejado en llamas. Y es incansable, según me han dicho. En estos dos últimos años ha estado solicitando dotaciones de soldados, caballos, armas, dinero, máquinas de asedio. Se lo ha llevado todo a los Balcanes para marchar primero contra Tesalónica y después contra Constantinopla. -Se volvió de nuevo hacia el soldado-. Cuéntame más. -Su voz empezaba a mostrar un ligero tinte de escepticismo-. De Sully contaba con un ejército de más de ocho mil hombres cuando partió de Durazzo para tomar Berat. ¿Qué ha sido de él?
– En efecto, alteza -confirmó el soldado con los ojos centelleantes de triunfo-, pero los bizantinos no se atrevían a perder Berat, que constituye la puerta de entrada para pasar a Macedonia y por consiguiente a la misma Constantinopla. Si perdieran Berat, el imperio quedaría al alcance de la mano de Carlos de Anjou. Miguel Paleólogo no es ningún necio… por lo menos en lo militar.
– Pero no tiene un ejército de gran tamaño ni tampoco posee la habilidad ni la experiencia necesarias para liberar la ciudad, estando ésta rodeada por una hueste como la de De Sully o una conducida por un hombre como él -dijo el dux-. Mi información decía que estaban muriendo de inanición y que se veían obligados a traer víveres de contrabando mediante balsas que bajaban por el río durante la noche. ¿Qué ha pasado?
El soldado sonrió de oreja a oreja.
– Yo no estaba presente, pero me lo han contado varios que sí estuvieron. De Sully siempre ha tenido arrogancia, pero esta vez le nubló la inteligencia. Pensaba que nadie iba a tocarlo. Fue a caballo a inspeccionar las defensas, acompañado tan sólo de una exigua guardia. Los bizantinos le tendieron una emboscada y lo tomaron prisionero, permitiendo que todo su ejército contemplara lo que habían hecho. -Sus ojos llameaban de puro regocijo-. Fue como si los bizantinos les hubieran robado las fuerzas a todos. El ejército de Anjou en su totalidad dio media vuelta y puso pies en polvorosa. -Rio-. Y no dejaron de correr hasta que llegaron al mar Adriático. Hugues de Sully y el resto de los prisioneros fueron llevados de vuelta a Constantinopla para que desfilaran por las calles, para inmenso placer del pueblo.