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Ana observó la ansiedad que revelaban sus ojos y el sudor que le perlaba la frente.

Examinó de cerca la erupción para memorizar el dibujo que formaba, el número de ampollas y el grosor que tenían éstas.

– Os ruego que volváis a cubriros, por si cogéis frío -solicitó-. ¿Me permitís que os toque la frente para tomaros la temperatura?

– Adelante -respondió Miguel.

Ana procedió, y no le gustó nada lo caliente que encontró la piel. -¿Os produce escozor el sarpullido?

– ¿Acaso no lo producen todos? -replicó Miguel en tono cortante.

– No, majestad. En ocasiones sólo pican un poco, a veces duelen algo, otras veces son muy dolorosos, como una multitud de aguijones. ¿Os duele la cabeza? ¿Tenéis dificultad para respirar? ¿Os molesta la garganta? -También deseaba preguntarle si tenía dolor de vientre, si había vomitado o si sufría diarrea o estreñimiento, pero ¿cómo iba a preguntarle aquellas cosas al emperador? Quizá se las pudiera preguntar más tarde a Nicéforo.

Miguel respondió a sus preguntas, casi todas en sentido afirmativo. Ella le pidió permiso para retirarse y habló en privado con Nicéforo.

– ¿Qué sucede? -inquirió él con honda preocupación-. ¿Está envenenado?

Ana se dio cuenta, con un respingo de horror, de cuan realista era aquella sospecha. En ningún momento se había parado a pensar lo que debía ser vivir constantemente bajo la amenaza de odios y envidias, hasta el punto de no saber nunca cuál de tus sirvientes, incluso tus familiares, podría desear verte muerto con la suficiente intensidad como para conspirar para ello.

– Aún no lo sé -dijo hablando en voz alta-. Lavad con delicadeza todas las zonas en las que aparezca el sarpullido, y cercioraos de que el agua esté tibia. Yo voy a preparar medicinas y ungüentos para paliar el dolor. -Dio un paso muy audaz; pero la timidez causaría un pánico aún mayor-. Después averiguaré de qué se trata, y prepararé un antídoto.

De pronto cruzó por su mente un pensamiento terrorífico, el de que podía haber sido la propia Zoé quien lo hubiera envenenado. Sabía mucho de pociones de belleza, de ello daba testimonio su cutis maravillosamente conservado. Y posiblemente también sabía de venenos.

– ¡Nicéforo! -llamó cuando éste ya se marchaba.

Él se volvió y esperó a que ella hablara, con una expresión de angustia en los ojos.

– Emplead aceites nuevos que hayáis comprado vos mismo -le advirtió-. Ninguno que haya traído nadie como regalo. Purificad el agua. No deis de comer al emperador nada que no hayáis preparado vos y que no haya sido catado.

– Así lo haré -prometió él, y a continuación añadió en tono irónico-: y para mi propia seguridad, llevaré un compañero que vigile cada paso que doy, y los dos lo tocaremos y lo cataremos todo. -Sus facciones eran poderosas pero carecían de belleza, a excepción de la boca. En cambio, cuando sonreía, incluso con tristeza como ahora, se le iluminaba el rostro entero.

Ana captó, con un estremecimiento, un levísimo atisbo del terreno en que se había metido.

Cuando regresó al palacio al día siguiente, lo primero que hizo fue ver a Nicéforo. Éste parecía nervioso, y no intentó conversar.

– No está peor -dijo tan pronto como se quedaron solos-. Pero continúa resultándole doloroso comer, y la erupción no ha disminuido. ¿Es veneno?

– Existe una clase de envenenamiento accidental, además del intencional -dijo en tono evasivo-. Hay alimentos que se corrompen o que resultan ponzoñosos si se ingieren antes de que maduren, o si entran en contacto con cosas poco limpias. Puede ser que uno corte un albaricoque con un cuchillo que tiene un lado de la hoja impregnado de veneno y el otro no. Si se come una mitad…

– Entiendo -interrumpió Nicéforo-. He de tener más cuidado. -Advirtió la mirada de comprensión de Ana-. Por mi propio bien -agregó con un gesto irónico en los labios.

– ¿Teméis a alguien en particular? -le preguntó Ana.

– Por toda la ciudad hay facciones -respondió-. Principalmente los que se oponen con vehemencia a la unión con Roma, o los que están explotando a los que se oponen. Vos mismo habréis presenciado disturbios.

Ana sintió el hormigueo del sudor en la piel, pues era muy consciente de que Constantino había desempeñado un claro papel en dichos disturbios.

– Sí-dijo.

– Y por supuesto están siempre los que ambicionan el trono -prosiguió Nicéforo bajando el tono de voz-. Nuestra historia está llena de usurpaciones y derrocamientos. Y también están los que albergan deseos de venganza por lo que consideran agravios del pasado.

– ¿Agravios del pasado? -Ana tragó saliva. Aquello se acercaba dolorosamente a Justiniano, y si era sincera, a ella misma-. ¿Os referís a una enemistad personal? -dijo en voz queda.

– Están los que piensan que Juan Láscaris debería haber seguido siendo emperador, a pesar de su juventud, su falta de experiencia y su personalidad profundamente contemplativa. -A Nicéforo se le contrajo el semblante de dolor al acordarse de aquella antigua y terrible mutilación-. Hasta hace poco hubo un hombre en Constantinopla, Justiniano Láscaris -dijo en voz muy baja- que supuestamente estaba emparentado con él. Vino varias veces a palacio. El emperador estuvo hablando con él sin que lo oyéramos, no sé de qué. Pero estaba implicado en el asesinato de Besarión Comneno, y ahora se encuentra exiliado en Palestina.

– ¿Podría haber regresado para hacer esto? -A Ana le temblaba la voz, y no sabía qué hacer para controlar las manos. Las escondió a medias debajo de la ropa y retorció la tela.

– No. -La idea produjo un destello de humor negro en la mirada de Nicéforo-. Está encerrado en un monasterio del Sinaí. Y jamás saldrá de él.

– ¿Y por qué se confabuló con otros en el asesinato de Besarión Comneno? -Tenía que preguntarlo, a pesar del peligro que representaba para ella misma, y a pesar de que temía la respuesta.

– No lo sé -reconoció él-. Besarión era uno de los muchos que aborrecían la unión con Roma, y estaba reuniendo un número considerable de seguidores.

– Entonces, ¿ese Justiniano Láscaris estaba a favor de la unión con Roma? -Aquello no podía ser.

– No -contestó Nicéforo con una sonrisa delicada-. Estaba profundamente en contra. Los argumentos de Justiniano eran menos teológicos que los de Besarión, pero más contundentes.

– Entonces, no podía haber una discrepancia en lo religioso -dijo Ana, aferrándose a un hilo de esperanza.

– No. La enemistad, si la había, al parecer provenía de su amistad con Antonino, que por lo visto fue el que de hecho mató a Besarión.

– ¿Y qué motivos podía tener? ¿Acaso no era un soldado, un hombre práctico? -Ana pensó que debía explicarse-. Yo he tratado a hombres, soldados, que lo conocieron.

Nicéforo le dirigió una mirada muy directa.

– Sí-convino-. Pero se sugirió que Antonino y la esposa de Besarión eran amantes.

– ¿Helena Comnena? Es muy hermosa…

– ¿Así lo creéis? -Nicéforo parecía interesado, incluso desconcertado-. Yo la encuentro vacía, como una pintura de colores apagados. Carece de pasión y posee muy poca capacidad para comprender el dolor que se siente cuando uno abriga sueños ambiciosos que no puede cumplir.

– ¿Vería Antonino algo en ella? -preguntó Ana elucubrando-. ¿Y por qué, si no, iba a matar a Besarión?

– No lo sé -admitió el eunuco-. Sigo pensando en la unión con Roma y la vehemencia con que se oponía a ella, su intento de incitar al pueblo a que ofreciera resistencia. Lo cual no me lleva a ninguna parte, porque tanto Justiniano como Antonino también estaban en contra.

Ana percibió una complejidad de emociones en Nicéforo, y se preguntó qué pensaría él mismo de la unión.