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– ¿Besarión cuenta todavía con seguidores que estén vivos? -Llevó la atención de él al problema actual-. No simples admiradores, sino personas que continúen su causa.

– Justiniano y Antonino ya no están -repuso Nicéforo con acento triste-. Y me parece que los demás han vuelto a ocuparse de sus propios asuntos, otras lealtades. Besarión era un soñador, como el obispo Constantino, imaginaba que Bizancio se podía salvar con la fe más que con la diplomacia. Nunca hemos contado con grandes ejércitos ni flotas. Siempre hemos arrojado a nuestros enemigos unos contra otros y nos hemos apartado de la refriega. Pero eso requiere habilidad, voluntad de compromiso y, por encima de todo, tener temple para aguantar y esperar.

– Una rara clase de valor -concedió ella mientras pensaba en cuan vehementemente creía Constantino en el poder que tenía la Virgen para protegerlos si se mantenían firmes en la fe ortodoxa. La forma que tenía de defender Constantinopla era seguramente la que Dios quería, y la del emperador era el método intelectual del hombre que confía en sí mismo y en el arma de la carne, o, más exactamente, de la astucia.

Llegó un criado llamándolos, y Nicéforo la acompañó a la presencia del emperador.

Miguel estaba todavía un poco afiebrado, pero era evidente que el sarpullido había mejorado y que había dejado de extenderse. Esta vez había traído consigo unas hojas para preparar una infusión, de distinta clase que las que servían para reducir el dolor y la fiebre, y también más pomada de incienso, masilla y corteza de sauce, todo mezclado con aceite y clara de huevo.

Dos días después regresó de nuevo y encontró al emperador levantado y vestido. Había mandado llamarla para darle las gracias por sus cuidados y para pagarle generosamente. Ella no permitió que viera el gran alivio que sentía.

– ¿He sido envenenado, Anastasio Zarides? -preguntó Miguel escrutándole el rostro con sus ojos negros.

Ana ya se esperaba la pregunta.

– No, majestad.

Las cejas arqueadas del emperador se arquearon aún más.

– Entonces he pecado, pero no me lo habéis dicho.

Ana también se esperaba aquello.

– No soy sacerdote, majestad. Miguel reflexionó unos instantes.

– Nicéforo dice que poseéis inteligencia y que sois sincero. ¿Se equivoca, pues?

– Espero que no. -Ana lo dijo en un tono lo más piadoso posible, evitando la mirada del emperador.

– ¿Estoy pecando al buscar la unión con Roma, y vos no tenéis valor ni fe suficientes para decírmelo? -persistió Miguel.

Aquella pregunta no la tenía prevista. En los ojos del emperador había diversión, y también impaciencia. Le quedaban escasos segundos para pensar.

– Yo creo en la medicina, majestad. De fe no sé lo bastante. La fe no nos salvó en el año 1204, pero desconozco el motivo.

– ¿Sería porque no teníamos la suficiente? -sugirió Miguel recorriéndola de arriba abajo con la mirada, como si fuera capaz de saber lo que iba a responder observando su postura o las manos que tenía entrelazadas ante sí-. ¿La falta de fe es pecado, o es aflicción?

– Para saber si hay que tener fe o no, uno ha de entender qué es lo que Dios ha prometido -contestó, rebuscando frenéticamente en su cabeza-. Tener fe en que Dios va a darnos algo simplemente porque así lo queremos es una necedad.

– ¿No va a proteger a su verdadera Iglesia, porque así lo quiere? -replicó Miguel-. ¿O eso depende de que nosotros observemos todos los detalles y luego nos levantemos contra Roma?

Estaba jugando con ella. Nada de lo que dijera Ana lo haría cambiar de opinión, pero sí que podría cambiar el destino de ella. Era posible que Miguel se diera cuenta de que estaba mintiendo acerca de sus creencias para complacerlo a él, y luego tampoco creería que fueran sinceras sus opiniones médicas.

– A mi modo de ver, nuestra confianza ciega se disolvió en sangre y cenizas hace setenta años -afirmó-. Es posible que Dios espere que esta vez busquemos una manera de hacer uso tanto de nuestra inteligencia como de nuestra fe. Nunca seremos todos justos ni todos sabios. Los fuertes deben defender a los débiles.

Miguel pareció satisfecho, y cambió de tema.

– Y bien, ¿cómo me habéis curado, Anastasio Zarides? Deseo saberlo.

– Con hierbas medicinales para reducir el dolor y la fiebre, majestad, ungüento para curar la erupción y atención para cerciorarme de que no os infectarais con alimentos corrompidos o ropas o aceites que no estuvieran limpios. Vuestros otros sirvientes cuidaron de que no os envenenaran a propósito. Tenéis catadores; les he aconsejado que fueran muy cuidadosos con los cuchillos, las cucharas y los platos, también por su propio bien.

– ¿Y la oración?

– Más profundamente que ninguna otra cosa, majestad, pero eso no he tenido necesidad de decírselo.

– Habréis rezado por mi salud y también por vuestra supervivencia, sin duda. -Esta vez la expresión de su rostro era claramente divertida.

En el camino de vuelta a casa Ana todavía se preguntaba si el emperador habría sido envenenado y si Zoé habría tenido algo que ver en ello. Para ella, ser súbdito de Roma sería como dejarse violar. ¿Se habría convencido a sí misma de que esta vez los iba a salvar la fe ciega y ardorosa?

De repente Ana fue consciente de cuan profundas eran sus propias dudas, y tal vez del peso del pecado que podría haber dado lugar a ellas.

¿Tenían importancia para Dios las diferencias entre una iglesia y otra, o eran sólo cuestiones filosóficas, rituales de los hombres adaptados a una cultura u otra?

Ojalá hubiera podido preguntar a Justiniano en qué creía ahora, qué era lo que había aprendido en Constantinopla para estar dispuesto a luchar por ello a fin de impedir la unión con Roma y sobrevivir a la siguiente cruzada.

Sin él, la soledad de la mente resultaba casi abrumadora.

CAPÍTULO 18

Ana llevaba más de dos años en Constantinopla. Ya sabía con exactitud de qué habían acusado a Justiniano y cuáles parecían ser las pruebas. El juicio se había celebrado en secreto y en presencia del emperador mismo. Miguel era el último recurso de la justicia en todos los casos, de manera que no resultó insólito, sobre todo dado que la víctima y uno de los acusados pertenecían a dinastías que habían sido imperiales.

También había obtenido mucha más información acerca de Antonino, pero nada que sugiriera que era un hombre proclive a la violencia. Más bien al contrario, se decía que era muy simpático. Era valiente y justo como un soldado, y hasta le gustaba la música. La gente decía que Justiniano y él eran buenos compañeros, y era fácil creerlo.

Por otra parte, Besarión era una persona admirable, pero un hombre solitario, que no se sentía cómodo en compañía de sus iguales e incluso era un tanto obsesivo en sus opiniones.

Cuanta más información obtenía Ana al respecto, menos lógico le resultaba todo. ¿Qué vínculo podría haber unido a Besarión, el líder religioso, con Antonino, el soldado y buen camarada, con Justiniano, el comerciante y creyente, y también con Zoé, la herida y apasionada por Bizancio, con su hija, Helena al parecer superficial, con el menos importante Isaías Glabas, cuyo nombre aparecía con mucha frecuencia, con Irene Vatatzés, inteligente pero por lo visto fea, y con Constantino, el obispo eunuco, poderoso pero vulnerable?

Tenía que ser algo más que la religión. La religión era algo que la nación entera compartía en mayor o menor grado.

No había nadie con quien se atreviera a hablar de ello, a excepción de Leo y Simonis.

A Simonis la conocía desde que Justiniano y ella estudiaban medicina bajo la tutela de su padre. No tenía hijos propios, y cuando la madre de ellos enfermaba, cosa que sucedía cada vez con mayor frecuencia, era Simonis quien los cuidaba.

Las primeras veces que Ana ejerció fue con pacientes de verdad, siempre cuidadosamente supervisados, vigilados en todo momento, todos los cálculos comprobados, estimulados o corregidos.