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– Sí, estoy preocupado -dijo por fin, deshaciendo el pan entre los dedos con ademán distraído-. Pero también pienso que hay muchas personas tan preocupadas como yo. Hace no mucho me llamaron para que atendiera al emperador…

Constantino levantó la vista, sobresaltado, y su semblante se oscureció de pronto, pero no la interrumpió.

– No pude evitar tomar mayor conciencia de algunos de sus puntos de vista -continuó Ana-. Naturalmente, no hablé con él de esas cosas. Creo que está decidido a seguir adelante con la unión con Roma, sea cual sea el coste, porque está convencido de que si continúa el cisma, habrá otra invasión. -Miró al obispo con serenidad-. Vos mejor que él conocéis la pobrera que nos invade. ¿Cuánto más habremos de sufrir si hay otra cruzada y vuelve a pasar por aquí?

La enorme mano de Constantino, apoyada sobre la mesa, se cerró en un puño con tanta fuerza que se le pusieron los nudillos blancos.

– ¡Mirad a vuestro alrededor! -exclamó el obispo-. ¿Qué hay de bello, valioso y honrado en nuestras vidas? ¿Qué nos impide pecar de avaricia y de crueldad, de la violencia de arrebatar todo lo que es bueno? Decidme, Anastasio, ¿qué es?

– Nuestro conocimiento de Dios -respondió Ana inmediatamente-. Nuestra necesidad de alcanzar la luz que hemos visto y que jamás podremos olvidar. Tenemos que creer que existe y que, si llevamos una vida honrada, al final podemos pasar a formar parte de ella.

Constantino se relajó y dejó escapar el aire lentamente.

– Exacto. -Una sonrisa alisó las arrugas de su rostro-. La fe. He intentado decírselo al emperador, precisamente hace dos días. Le dije que el pueblo de Bizancio no va a aceptar que nadie contamine lo que somos y aquello en lo que hemos creído desde los primeros días del cristianismo. Aceptar a Roma sería como decirle a Dios que estamos dispuestos a sacrificar nuestras creencias cuando nos resulta oportuno.

Constantino vio en el rostro del médico que éste lo entendía, y quizá también un atisbo de la paz que él le había aportado.

– Miguel se mostró de acuerdo conmigo, naturalmente -continuó-. Dijo que Carlos de Anjou ya está planeando lanzar otra cruzada y que no tenemos ninguna forma de defendernos. Habrá una matanza, quemarán nuestra ciudad, y los que sobrevivan serán enviados al destierro, puede que esta vez para siempre.

Ana clavó la mirada en su rostro, en sus ojos.

– Dios puede salvarnos, si es su voluntad -dijo ella en tono calmo.

– Dios siempre ha salvado a su pueblo, pero sólo cuando le somos fieles. -Constantino se inclinó sobre la mesa-. No podemos depositar nuestra confianza en el arma de la carne, renegar de nuestras lealtades, y cuando estemos perdiendo, volvernos hacia Dios y esperar que nos rescate.

– ¿Y qué debemos hacer? -preguntó Ana rápidamente. No debía permitirle que se desviase demasiado del tema-. Besarión Comneno se oponía firmemente a la unión, y abogaba por la santidad de la Iglesia tal como la conocemos. He oído a muchas personas elogiarlo y comentar el gran hombre que era. ¿Cuál era su plan? -Procuró que su tono pareciera natural.

Constantino se puso rígido. De repente se abatió tal silencio sobre la habitación que se oyeron las pisadas de un criado en las baldosas del corredor de fuera. Por fin suspiró. Cuando habló, lo hizo con la vista fija en los platos que había sobre la mesa.

– Temo que Besarión era un tanto soñador. Puede que sus planes no fueran tan prácticos como la gente creía.

Ana se quedó atónita. ¿Por fin estaba cerca de descubrir la verdad? Mantuvo una expresión inocente a propósito.

– ¿Y qué creía la gente?

– Él hablaba mucho de que la Santísima Virgen nos protegería -dijo Constantino.

– Oh, sí -respondió Ana rápidamente-. Ya sé que contó muchas veces la anécdota de que el emperador salió a caballo de la ciudad cuando estaba sitiada por los bárbaros, hace mucho tiempo. Llevaba consigo un icono de la Virgen, y cuando el jefe de los bárbaros lo vio, cayó muerto en el acto y los sitiadores huyeron.

Constantino sonrió.

– ¿Pensáis que el emperador Miguel haría eso nuevamente? -preguntó Ana-. ¿Pensáis que con ello detendría a los venecianos o a los latinos y les impediría que nos invadieran desde el mar? Es posible que sean bárbaros de alma -agregó en tono irónico-, pero son muy sofisticados de pensamiento.

– No -dijo Constantino con renuencia.

– No me imagino a Miguel Paleólogo haciendo algo así -reconoció Ana-. Y Besarión no era ni emperador ni patriarca.

¿Sería que Besarión buscaba ser patriarca? ¡Si ni siquiera estaba ordenado! ¿O sí lo estaba? ¿Era ése su secreto? Ana no podía dejar escapar la oportunidad.

– Si Besarión no era más que un soñador, ¿para qué iba a molestarse nadie en matarlo?

Esta vez la respuesta de Constantino fue instantánea:

– No lo sé.

Ana había esperado a medias algo así, pero al mirar el rostro relajado del obispo, ahora libre de toda angustia, no creyó del todo lo que decía. Había algo que él se sentía incapaz de revelar, posiblemente algo que le confió Justiniano bajo confesión. Probó otro método.

– Intentaron varias veces matarlo, hasta que lo consiguieron -dijo con gran gravedad-. Alguien debía de pensar que Besarión representaba una amenaza muy seria, para ellos o para algún principio que valoraban por encima incluso de la seguridad o la moralidad.

Constantino no la contradijo, pero tampoco la interrumpió.

Ana se inclinó un poco más sobre la mesa.

– Nadie podría preocuparse por la Iglesia más que vos. Y tampoco, en mi opinión, podría nadie servirla con tanta entrega y respeto que debe de saberlo ya todo el pueblo de Constantinopla. Vuestro coraje nunca os ha abandonado.

– Os lo agradezco -repuso Constantino con modestia, pero el intenso placer que sintió fue casi como un calor físico que irradió su persona.

Ana bajó la voz.

– Temo por vos. Si alguien quiso asesinar a Besarión, que era mucho menos eficaz que vos, ¿no intentaría mataros a vos también?

El obispo irguió la cabeza de golpe, con los ojos muy abiertos.

– ¿Vos… creéis? ¿Quién iba a querer asesinar a un obispo por predicar la palabra de Dios?

Ana bajó la vista hacia la mesa y luego volvió a clavarla en él.

– Si el emperador pensara que Besarión iba a dificultar la unión con Roma, y a poner Constantinopla en peligro, ¿no habría podido dar él mismo la orden de que lo mataran?

Constantino hizo dos intentos seguidos de decir algo, pero las dos veces se interrumpió.

¿De verdad él no lo había pensado? ¿O era que sabía que no era cierto, porque él conocía la verdad?

– Ya me lo temía -dijo Ana asintiendo con la cabeza, como si quedara confirmado-. Os ruego que tengáis mucho cuidado. Sois nuestro mejor guía, nuestra única esperanza sincera. ¿Qué haremos si os matan? Habrá desesperación, y ésta podría terminar en una violencia que supondría la ruina de Constantinopla, junto con todas las posibilidades de hallar la unidad entre nosotros mismos. Pensad además en las consecuencias que tendría para las almas de los violentos, que quedarían manchadas por el pecado. Morirían sin recibir absolución, porque ¿quién iba a estar presente para administrársela?

Constantino la miraba fijamente, horrorizado por lo que decía.

– Debo seguir adelante -dijo. Le temblaba todo el cuerpo y tenía el rostro arrebolado-. El emperador y todos sus consejeros, el nuevo patriarca, han olvidado la cultura que hemos heredado, el antiguo saber que disciplina la mente y el alma. Ellos sacrificarían todo eso por la supervivencia física bajo el dominio de Roma con sus supersticiones, sus santos chabacanos y sus respuestas fáciles. Su credo es la violencia y el oportunismo, la venta de indulgencias para ganar cada vez más dinero. Ellos son los bárbaros del alma. -Miró a Ana como si en aquel momento sintiera por dentro una necesidad casi física de que ella entendiera.