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Ana se sentía incómoda, violenta por la intimidad de aquel momento. No se le ocurrió nada que decir que fuera ni remotamente adecuado.

Cuando Constantino volvió a hablar, lo hizo con un hilo de voz teñida de dolor:

– Anastasio, decidme, ¿de qué sirve sobrevivir si ya no somos nosotros mismos, sino algo más sucio e infinitamente más pequeño? ¿Qué valor tiene nuestra generación si traicionamos todo lo que nuestros antepasados amaron y por lo que dieron la vida?

– Nada -dijo Ana con sencillez-. Pero tened cuidado. Alguien asesinó a Besarión por encabezar la causa contra Roma, e hizo que pareciera que el culpable había sido Justiniano. ¿Y decís que su postura era igual de firme?

Ana volvió a inclinarse hacia delante.

– Si ése no fue el motivo, ¿cuál fue, entonces?

Constantino hizo una inspiración profunda y dejó escapar el aire en un suspiro.

– Tenéis razón, no hay otro.

– Os suplico que tengáis cuidado -repitió Ana-. Tenemos enemigos muy poderosos.

– Necesitamos personas poderosas de nuestra parte -afirmó despacio Constantino, como si hubiera sido ella la que lo había señalado-. Los ricos y los nobles de las familias antiguas, las personas que se hacen escuchar, antes de que sea demasiado tarde.

Ana sintió un nudo en el estómago y las manos sudorosas a causa del miedo.

– Una de esas personas podría ser Zoé Crysafés -dijo Constantino con aire pensativo-. Tiene mucha influencia. Está cerca de los Comneno, y también del emperador. Ella haría por Bizancio cosas que no harían muchos. -Asintió apenas, con una ligera sonrisa en los labios-. Si la convenzo de que haga algo que cuenta con la bendición de la Virgen, lo hará. Y luego están Teodosia Skleros y toda su familia. Poseen grandes riquezas y son todos muy devotos, ella la que más. No tengo más que predicar, y Teodosia obedecerá. -Con los ojos brillantes, se acercó un poco más a Ana-. No os equivocáis, Anastasio, existen grandes posibilidades, si tenemos suficiente valor y fe para aprovecharlas. Os lo agradezco. Me habéis infundido ánimos.

Ana experimentó la primera punzada de duda, fina como una aguja. ¿Podía la santidad valerse de medios tan retorcidos y seguir siendo pura? Las teas ardían en sus soportes y no había viento, ni se oía nada fuera, pero de pronto sintió frío.

Ana continuaba atormentada por las dudas y muy al tanto de las tensiones que barrían la ciudad. Había advertido a Constantino del peligro personal que corría porque necesitaba sacar a colación el tema del asesinato de Besarión, pero una parte del miedo que sentía por él era auténtica. Y también sabía que al hacer preguntas atraía la atención sobre sí misma. No había posibilidad de abandonar su empeño, pero adoptó mayores precauciones al caminar sola, aun cuando para todo el mundo era un eunuco y no había nada impropio en que se dirigiera a donde se le antojara. Pero cuando salía a horas tardías, después de anochecer, cosa que ocurría en raras ocasiones en aquella época del año, de noches cortas, se llevaba consigo a Leo.

Con todo lo que había gastado en su consulta y los remedios adicionales que necesitó para asistir a los pobres, se le estaban agotando las hierbas medicinales. Había llegado el momento de reponer existencias.

Bajó la cuesta que conducía a los muelles caminando a la cálida luz del día, con el sol todavía por encima de las colinas que se alzaban al oeste y sintiendo en la cara una brisa que olía a sal. Sólo tuvo que esperar veinte minutos escuchando el vocerío y las risas de los pescadores hasta que llegó una barca, la cual compartió con otros dos pasajeros que se dirigían al Gálata, al otro lado del Cuerno de Oro.

Se relajó en la barca. El suave bamboleo y el chapoteo constante del agua resultaban balsámicos, y, según parecía, a los otros pasajeros les sucedía lo mismo. Sonreían, pero no alteraban aquella quietud con innecesarias charlas.

Avram Shachar la recibió como siempre, llevándola a la trastienda llena de estanterías y alacenas repletas de cosas.

Ana compró lo que necesitaba, y seguidamente aceptó con gusto la invitación a quedarse a cenar con la familia de Shachar. Comieron bien, y después los dos estuvieron sentados en el jardincillo hasta una hora más avanzada hablando de médicos del pasado, sobre todo de Maimónides, el gran físico y filósofo judío que murió en Egipto el mismo año en que los cruzados arrasaron Constantinopla.

– Para mí, Maimónides es una especie de héroe -dijo Shachar-. También escribió una guía para toda la Misná, en árabe. Nació en España, ¿lo sabíais?

– ¿No en Arabia? -se extrañó Ana.

– No, no. En realidad se llamaba Moisés ben Maimón, pero tuvo que huir cuando los señores de los musulmanes, los almohades, dieron a elegir al pueblo entre convertirse al islam o morir.

Ana se estremeció.

– Están al sur y al oeste de nosotros. Y por lo que parece, se hacen cada vez más fuertes.

Shachar hizo un breve gesto para quitar importancia al asunto.

– Ya hay suficiente sufrimiento y maldad hoy en día, no penséis en el de mañana. Bien, habladme de la medicina que practicáis.

Con placer y cierta sorpresa, Ana se dio cuenta de que Shachar sentía interés por sus avances profesionales. Sin querer, respondió a las preguntas que le hizo acerca del tratamiento que había aplicado a Miguel, aunque tuvo la discreción de decir únicamente que temía por él debido a la rabia que inflamaba al pueblo en relación con la unión con Roma.

– Ha sido un honor para vos atender al emperador -dijo Shachar con gravedad, pero parecía más nervioso que feliz.

– Fue gracias a la recomendación de Zoé Crysafés -le aseguró Ana.

– Ah… Zoé Crysafés. -Él se inclinó hacia delante-. No le digáis a Zoé nada que no debáis. La conozco sólo por lo que se habla de ella. No puedo permitirme el lujo de ignorar dónde reside el poder. Yo soy un judío en una ciudad cristiana. Vos haríais bien en andaros con cautela, amigo mío. No supongáis que todo es lo que parece.

Ana sintió un leve escalofrío. ¿Por qué la advertía? No le cabía duda de que había sido lo bastante discreta con sus investigaciones.

– Yo soy bizantino, y cristiano ortodoxo -expresó en voz alta.

– ¿Y eunuco? -agregó Shachar en tono sereno, con mirada interrogante-. Que emplea hierbas judías y practica la medicina tanto en hombres como en mujeres, y que hace muchas preguntas. -Le tocó el brazo en un lugar cubierto por la túnica, muy ligeramente, apenas perceptible al tacto, y no en la piel, como él haría si ella fuera una mujer. Seguidamente retiró la mano y se recostó en su asiento.

Ana sintió que el terror la inundaba de arriba abajo y comenzó a sudar. En algún momento había cometido errores, puede que muchos. ¿Quién más sabría que era mujer?

Advirtiendo su pánico y entendiéndolo, Shachar sacudió la cabeza un instante, sin dejar de sonreír.

– Nadie -dijo con delicadeza-. Pero no podéis disimularlo todo, en particular a un herbolario. -Agitó levemente las aletas de la nariz-. Tengo un sentido del olfato más fino que la mayoría de los hombres. He tenido hermanas, y tengo una esposa.

Ana, sintiéndose tremendamente violenta, supo a qué se refería. Era la menstruación, que a pesar de las lesiones sufridas le seguía viniendo, y por supuesto el íntimo olor a sangre. Creía que lo había enmascarado bien.

– Voy a daros unas hierbas que os mantendrán a salvo de las sospechas de otros, y que tal vez os alivien un poco el dolor -ofreció.

Ana no pudo hacer otra cosa que asentir. A pesar de la amabilidad del judío, se sentía profundamente humillada y muy asustada.

CAPÍTULO 20

Corría el mes de junio cuando hizo una nueva visita a Constantino. El criado la condujo a la sala de los iconos, por lo visto sin saber que el propio Constantino estaba en la estancia contigua hablando con alguien.