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– Justiniano se hallaba a una milla de allí, cenando con unos amigos -explicó Zoé-. Supongo que por eso sospecharon de su complicidad. Eso, y por el hecho de que fue en las redes de su barco donde se encontró el cadáver de Besarión, que supuestamente se había ahogado al enredarse en ellas.

– El amuleto de Besarión pudo haber ido a parar a las cisternas en cualquier momento -arguyó Ana-. ¿Cuándo lo robaron?

Zoé se acomodó un poco más contra las almohadas.

– La noche en que lo asesinaron -contestó-. Aquel día lo llevaba puesto. Y no sólo lo confirmó Helena, sino también sus sirvientes. Ella podría mentir, pero ellos no poseen capacidad para mentir con coherencia, ninguno de ellos.

– ¡Así que Justiniano! Yo pensaba… -Ana dejó la frase sin terminar, pues no sabía qué decir. Estaba delatándose. Nada de aquello era lo que quería saber-. ¿Qué… cómo era ese tal Justiniano? -No deseaba saberlo, pero no pudo evitar preguntarlo. Ella lo recordaba como era antes, lo mucho que ambos habían compartido, tanto en la forma de pensar cómo en la pasión por las cosas, casi como almas gemelas.

– ¿Justiniano? -dijo Zoé recalcando las sílabas-. Me gustaba. A veces me hacía reír. Podía ser brusco y tozudo, pero no era débil. -Sus anchos labios se fruncieron-. ¡Odio la debilidad! No os fiéis nunca de una persona débil, Anastasio, sea hombre o mujer… o eunuco. No os fiéis de una persona que necesita aprobación. Cuando las cosas se pongan difíciles, se pondrá de parte del ganador, con independencia de lo que éste represente. Y tampoco os fiéis de una persona que necesita del elogio; comprará la aprobación de los demás, cueste lo que cueste. -Alzó en el aire un dedo largo y fino-. Y por encima de todo, no os fiéis de alguien que no crea en nada salvo en el consuelo de no estar solo; es capaz de vender su alma por cualquier cosa que parezca ser amor, sea lo que sea en realidad. -A la luz de las antorchas su semblante se veía duro y contraído por el dolor, como si hubiera contemplado el primer gran desengaño.

– ¿Y en quién he de confiar? -preguntó Ana, haciendo un esfuerzo para inocular aquella misma actitud de aspereza en su tono de voz.

Zoé la miró estudiando todos los ángulos de su rostro, los ojos, la boca, las mejillas carentes de vello y la suavidad del cuello.

Confiad en vuestros enemigos, si es que sabéis quiénes son; por lo menos ellos son previsibles -dijo por fin-. ¡Y no me miréis así! Yo no soy enemiga vuestra… ni tampoco amiga. Además, a mí no podréis predecirme, porque haré lo que tenga que hacer, con el favor de Dios o del diablo, para obtener lo que deseo.

Ana le creyó, pero no se lo dijo.

Zoé lo leyó en su expresión y lanzó una carcajada.

CAPÍTULO 21

Ana guardó las hierbas medicinales en el estuche, le dio unos cuantos consejos al paciente y se despidió.

– Os estoy agradecido -dijo Nicéforo con sinceridad cuando Ana salió al pasillo. La estaba esperando-. ¿Melecio se recuperará? -Se le notaba la inquietud en la ligera tensión de la voz. Últimamente la mandaba llamar cada vez con mayor frecuencia.

– Claro que sí -respondió Ana con seguridad, rezando para no equivocarse-. La fiebre ya ha cedido. Simplemente, dadle de beber y después empezad a darle alimento pronto, tal vez mañana.

Se veía a las claras que Nicéforo se sentía aliviado. Ana había descubierto que era a la vez compasivo y muy inteligente. Y también había ido advirtiendo cada vez más en él una soledad nacida del hecho de no poder compartir con nadie las alegrías de sus conocimientos. No sólo coleccionaba obras de arte, sobre todo de la Antigüedad, además sentía un aprecio aún mayor por los tesoros del intelecto y ansiaba compartirlos.

Pasaron de la antesala a una de las majestuosas galerías.

Nicéforo guio a Ana un poco hacia la izquierda.

– ¿Conocéis a Juan Becco, el nuevo patriarca? -le preguntó.

– No. -Aquello despertó el interés de Ana, y se le notó en la voz. Era la visita que deseaba Constantino, aunque estaba obligado a ocultarlo.

– En estos momentos está con el emperador. Si aguardáis unos instantes, os lo presentaré -se ofreció Nicéforo.

– Os lo agradezco -se apresuró a aceptar Ana. Iniciaron una conversación sobre arte, después pasaron a la historia y a los sucesos que habían inspirado determinados estilos, y de ahí a la filosofía y a la religión. A Ana, sus opiniones le resultaron más liberales de lo que esperaba, y estimularon su mente con ideas nuevas y más amplias.

– Precisamente acabo de leer las obras de un inglés llamado Roger Bacon -dijo Nicéforo con gran entusiasmo-. Nunca había visto una mente como la suya. Escribe de matemáticas, óptica, alquimia y la fabricación de un fino polvo negro capaz de explotar -separó las manos de golpe para hacer la demostración- con gran fuerza cuando se le prende fuego. Es una idea emocionante y aterradora. Podría emplearse para hacer un bien inmenso, pero puede que también para un mal aún mayor. -Observó el rostro de Ana para juzgar si apreciaba lo que él había dicho, si experimentaba un puro goce intelectual.

– ¿Y decís que es inglés? -repitió Ana-. ¿Esa sustancia la ha descubierto, o la ha inventado?

– No lo sé. ¿Por qué? -Al momento comprendió y dijo rápidamente-: Es un franciscano, no un cruzado. Tiene muchas ideas prácticas, como por ejemplo cómo amolar las lentes y después ensamblarlas en una máquina de forma que los objetos más diminutos parezcan enormes y puedan verse con bastante nitidez. -Una vez más elevó el tono, emocionado con el conocimiento-. Y otras lentes que sirven para que los objetos que están situados a millas de distancia den la impresión de encontrarse a sólo unos pasos. Pensad en la utilidad que podrían tener para los viajeros, sobre todo en el mar. O es uno de los genios más grandes del mundo, o vive en la felicidad de la locura.

Ana bajó la vista. Aborrecía lo que estaba pensando.

– Puede que sea un genio y que pueda ver todas esas cosas, pero ¿es sensato? No es lo mismo.

– No tengo la menor idea -respondió Nicéforo con serenidad-. ¿Qué es lo que os inquieta? ¿Que sea malo ver las cosas lejanas con más claridad? Bacon escribe que es posible encajar esas lentes en un artilugio construido para poder llevarlo encima de la nariz, y que los que no pueden ver podrán leer. -Una vez más, la emoción lo hizo elevar el tono-. Y también estudia el tamaño, la posición y la trayectoria de los cuerpos celestes. Ha inventado grandiosas teorías sobre el movimiento del agua y el modo de utilizarla en máquinas para levantar y transportar cosas, y para crear un ingenio que transforme el vapor en fuerza capaz de empujar los barcos en el mar, ¡haya viento o no! Imaginadlo.

– ¿Podemos fabricar esas cosas que explotan? -preguntó Ana en tono relajado-. ¿Máquinas que crean vapor para empujar los barcos sin viento en las velas ni hombres a los remos? -No lograba desembarazarse del temor que provocaban aquellos artilugios, el poder que proporcionarían a la nación que los poseyera.

– Eso espero. -Nicéforo frunció levemente el ceño, como si lo hubiera rozado una ráfaga de aire helado-. Así no tendremos que ser esclavos del viento.

Ana lo miró a los ojos.

– Los reyes y príncipes de Inglaterra preparan una cruzada, ¿no es así? -Era una afirmación. Todo el mundo conocía a Ricardo, conocido por el sobrenombre de Corazón de León, y naturalmente al príncipe Eduardo.

– ¿Vos creéis que pueden emplear esos artefactos para la guerra? -Nicéforo había palidecido, su entusiasmo se había esfumado y había dejado un intenso horror, como una herida abierta.

– ¿Confiaríais vos en que no los emplearan? -replicó Ana.