– Bacon es un hombre de ciencia, un inventor, un descubridor de los milagros realizados por Dios en el universo -dijo Nicéforo negando con la cabeza-, no un hombre de guerra. Su religión trata de lo maravilloso, de la conquista de la ignorancia, no de la conquista de territorios.
– Y es posible que piense que todos los demás hombres son como él -dijo Ana en tono irónico, con un leve acento de sarcasmo-. Yo no opino así; ¿y vos?
Nicéforo estaba a punto de responder cuando de repente se abrió la puerta y por ella apareció Juan Becco, que venía de ver al emperador. Era un hombre imponente, de gesto adusto y cara afilada. Llevaba con elegancia sus magníficos ropajes, la túnica de seda y la gruesa y larga dalmática. Pero mucho más impresionante que su mera presencia física era la fuerza emocional que emanaba, y que exigía atención.
Tras saludar a Ana, miró a Nicéforo.
– Tenemos una ingente tarea por delante -dijo casi como si fuera una orden-. No ha de haber más disturbios, como ese último que hemos sufrido. Al parecer, Constantino no es capaz de controlar a sus seguidores. Personalmente, tengo dudas acerca de cuáles serán sus propias lealtades. -Frunció el entrecejo-. Debemos persuadirlo, o de lo contrario silenciarlo. La unión ha de seguir adelante. ¿Me entendéis? La independencia ya no es un lujo que podamos permitirnos. Hemos de pagar un precio para evitar tener que pagar todo. ¿No resulta suficientemente claro? De ello depende la supervivencia de la
Iglesia y del Estado. -Hizo un ademán salvaje con su mano, de grandes nudillos-. Si Carlos de Anjou nos invade, y no os confundáis, si nos separamos de Roma, nos invadirá, será el fin de Bizancio. Nuestro pueblo será diezmado, enviado al destierro o quién sabe adónde. Y sin nuestras iglesias, nuestra ciudad, nuestra cultura… ¿cómo va a sobrevivir la fe?
– Lo sé perfectamente, excelencia -contestó Nicéforo con gravedad y la cara pálida-. O cedemos algo ahora, o lo cederemos todo más tarde. He hablado con el obispo Constantino, pero él opina que nuestro mejor escudo es la fe, y no puedo sacarlo de esa convicción.
Una sombra cruzó el semblante de Juan Becco, y también un destello de arrogancia.
– Por fortuna, el emperador ve los riesgos aún con más claridad que yo -repuso-. Y ahorrará hasta el más mínimo ápice, con independencia de que nuestras órdenes religiosas más ingenuas lo entiendan o no. -Hizo la señal de la cruz de forma somera y seguidamente se marchó con un revuelo de vestiduras enjoyadas que iban lanzando destellos como de fuego a la luz de las antorchas.
Ana salió del palacio y comenzó a bajar la cuesta en dirección a su casa, sintiendo el viento en la cara. Iba reflexionando sobre las pasiones y las conversaciones que había presenciado, tanto las de Nicéforo como las del nuevo patriarca.
Había hallado en Juan Becco una actitud implacable que no esperaba, y en cambio se daba cuenta de que si careciera de ella sería un hombre que no serviría de nada. ¿Habría sido ella demasiado emocional y simplista en su manera de juzgarlo? Era posible que Constantino, para lograr sus metas, tuviera la necesidad de ser igual de taimado, estar igual de dispuesto a hacer uso de todas las armas que tuviera a su alcance.
¿Y qué pensar de aquel inglés que era capaz de ver a millas de distancia, empujar los barcos sin viento ni remos, y, tal vez lo peor de todo, crear un polvo que explotaba? ¿En qué manos podían caer aquellos ingenios? ¿En las de Carlos de Anjou? ¿Quién más, aparte de Nicéforo, estaba al tanto de aquello?
Ahora el asesinato ya no parecía tan improbable, librarse al mismo tiempo de Besarión y Justiniano asesinando al primero y conspirando para que declarasen culpable al segundo. La presencia de Antonino pudo ser accidental, no debía de figurar como víctima en los planes. Ana sintió un escalofrío al comprender que era más probable que el autor de aquello, ya fuera una persona o varias, en realidad tenía la intención de que el ejecutado fuera Justiniano.
Cuando averiguase un poco más, debía buscar un modo de preguntar a Nicéforo por el juicio de Justiniano y Antonino. Él tenía que saber algo, siendo uno de los consejeros más íntimos del emperador. No existía el cargo de acusador; se consideraba que el emperador mismo era la «ley viviente» y su palabra era definitiva, tanto para expresar un veredicto como para aplicar el castigo. Miguel había decidido ejecutar a un hombre y simplemente exiliar al otro.
El hecho de castigar a Justiniano y a Antonino no sólo serviría para hacerlos desaparecer de la escena, sino que también asustaría y confundiría a cualquiera que estuviera conspirando contra la unión, y quedarían únicamente Constantino y las masas sin líder que se oponían a toda alteración y cambio.
¿Quién habría sido el verdadero asesino? ¿Un traidor que caminaba entre ellos, un infiltrado, un intruso? ¿Incluso un agente provocador que actuaba en nombre de Miguel? Sería comprensible; el emperador libraba batallas en todos los frentes, estaba rodeado por la ambición, la intolerancia, el fanatismo religioso. Y, sin embargo, él era el único responsable de tomar las decisiones definitivas para la supervivencia de su pueblo, no sólo en el mundo, sino acaso también en el cielo.
CAPÍTULO 22
Ana continuó observando y escuchando, pero la respuesta era siempre la misma. Necesitaba más información sobre las personas que rodearon a Besarión en los últimos años de su vida. Quizá las mujeres que él había conocido podrían revelarle más información que nadie, y ella, a su vez, las comprendería mejor, de eso no cabía duda. Naturalmente, no le dijo nada de esto a Zoé cuando fue a visitarla para ofrecerle alguna hierba nueva e interesante, pero sí solicitó su ayuda para ampliar su clientela.
La recompensa le llegó una semana más tarde, a comienzos de julio, cuando Zoé la hizo llamar nuevamente. Esta vez la condujeron a una estancia que no era en la que solía ser recibida. Ésta era más formal y poseía una belleza más acorde con las tradiciones. Aquí no había rojos, ni tapices, ni ninguna fastuosa cruz de oro. Los dos iconos presentes eran pequeños y encantadores, de santos de ojos de gacela. Aquí no había nada que desvelase la personalidad de Zoé, como si en esta parte de la casa recibiera a personas con las que prefería mantener cierta distancia.
Allí se encontraba Helena, exquisitamente vestida en color rojo oscuro, con joyas incrustadas. Lucía adornos en el pelo, que relucía como si fuera de seda negra. Se notaba a las claras que ya no estaba de luto. Observó a Ana con un interés desprovisto de toda amabilidad.
También había otra mujer presente, una mujer de más edad y gesto autoritario, completamente distinta de Zoé. Tenía una estatura que apenas llegaba a la media y era de una fealdad singular. La dalmática verdiazul que llevaba, de carísimo bordado, no lograba ocultar sus hombros anchos, huesudos, casi masculinos, ni el escuálido pecho. Tenía una nariz ancha, demasiado fuerte para su rostro. En sus ojos claros brillaba la inteligencia y su boca era delicada, pero carente de sensualidad.
Zoé la presentó como Irene Vatatzés, y sólo entonces, cuando sonrió proyectó una imagen de encanto que desapareció al momento.
La acompañaba un joven de gran estatura. Poseía un rostro oscuro y alargado que no resultaba atractivo, pero que albergaba la promesa de un poder considerable que estaba por venir, tal vez en el plazo de diez años, cuando se hallara al final de la cuarentena. Contrastaba vivamente con Irene, y Ana se sorprendió cuando se lo presentaron como el hijo de ésta, Demetrio.
Hablaron educadamente de temas triviales, hasta que por fin Zoé mencionó que había sufrido graves quemaduras en un accidente y que Anastasio la había curado. Extendió el brazo para mostrar la piel limpia de cicatrices para que Irene pudiera apreciar el mérito. También dirigió a Helena una fugaz mirada burlona que a Ana no le costó interpretar.
A partir de aquel momento la conversación resultó menos cómoda. Helena estaba alterada, paseaba por la estancia haciendo movimientos sinuosos y exagerados, como si pretendiera exhibir su juventud delante de las otras dos mujeres, mayores que ella. Ni siquiera miró a Demetrio, pero habría dado igual que lo hubiera perforado con la mirada. Aquello lo estaba haciendo para él, estaba claro que no le importaba lo más mínimo lo que Ana pudiera pensar de ella. Pasó por su lado como si no existiera.