Выбрать главу

De pronto Ana se dijo que los azules apagados de su propia túnica y la necesidad de adoptar los amaneramientos de un eunuco le resultaban más esclavizantes de lo normal. Tenía la sensación de estar en la periferia de aquella estancia como un cero a la izquierda, mientras pasaban por delante de ella todos los diálogos, los callados y los expresados en voz alta. ¿Se sentirían así todos los eunucos? ¿Tendría una sensación similar una mujer tan poco atractiva como Irene Vatatzés?

Vio que Zoé la miraba con los ojos brillantes, llenos de inteligencia. Entendía demasiadas cosas.

La conversación giró hacia la religión, lo que terminaba ocurriendo tarde o temprano con todas las conversaciones que tenían lugar en Bizancio. Helena no tenía una fe especial, lo cual resultaba evidente tanto en su conducta como en lo que decía. Era muy hermosa, físicamente muy próxima, pero carecía de alma. Ana lo veía sin dificultad, pero ¿le sería invisible a un hombre?

Escuchó lo que decían desviando ligeramente la mirada para no llamar la atención.

– Muy tedioso -decía Zoé con un encogimiento de hombros-, pero al final todo se reduce a dinero. -Estaba mirando a Irene.

Helena pasó la vista de su madre a Irene, y después a su madre otra vez.

– Con Besarión era la fe, pura y simple -replicó.

El rostro de Irene se contrajo apenas por la impaciencia, pero consiguió dominarse.

– Para organizar una fe y mantenerla viva se necesita una iglesia, y para mantener una iglesia se necesita dinero, querida. -Hablaba de forma tranquila, incluso afectuosa, pero el tono de voz era condescendiente, el de los que son sumamente inteligentes hacia los que cuentan con escasa profundidad intelectual-. Y para defender una ciudad necesitamos tanto fe como armas. Desde que los venecianos nos robaron nuestras reliquias recibimos cada vez menos peregrinos, ni siquiera desde que regresamos, en 1262. Y la mayor parte del comercio de la seda se ha trasladado a Arabia, Egipto y Venecia. Puede que el comercio os resulte tedioso, y quizá también para muchos de los que compran los objetos, los juegos y los tejidos. Puede que la sangre os resulte sucia: huele mal, mancha la tela, atrae a las moscas… pero probad a vivir sin ella.

Helena arrugó la nariz, ligeramente asqueada por el símil, pero no se atrevió a discutir.

Los ojos de Zoé llamearon divertidos.

– Irene entiende de dinero mucho más que la mayoría de los hombres -observó, no del todo amable-. De hecho, a veces me he preguntado si el que gobierna el Tesoro es Teodoro Ducas o en realidad sois vos, más discretamente, por supuesto.

Irene sonrió, con un leve rubor en sus ajadas mejillas. Ana tuvo la súbita idea de que había mucho de verdad en la observación de Zoé, y el hecho de que ésta tuviera tanta perspicacia no disgustaba del todo a Irene.

Helena guardó silencio.

Ana se dio cuenta de que Zoé estaba mirándola, con una media sonrisa.

– ¿Os aburrimos con nuestra conversación acerca de doctrina y política? -le preguntó Zoé-. Tal vez deberíamos pedir a Demetrio que nos relatara alguna anécdota de la guardia varega. Son hombres llamativos, venidos de lugares bárbaros, tierras en las que en verano el sol sigue brillando durante la noche y en invierno es de noche todo el tiempo.

– Uno o dos de ellos -confirmó Demetrio-. Otros proceden de Kiev, o de Bulgaria, o de los principados del Danubio o el Rin.

Zoé se encogió de hombros.

– ¿Lo veis?

Ana sintió que se ruborizaba. No había estado escuchando.

– Estaba pensando -mintió-. Me doy cuenta de que en política aún me queda mucho que aprender.

– Pues si habéis comprendido eso, supongo que ya es un logro por vuestra parte -contestó Helena, mordaz.

Zoé no disimuló su regocijo, pero cuando se dirigió a Helena habló en tono glacial.

– Tienes la lengua más afilada que la mente, querida -le dijo con calma-. Anastasio sabe disimular y enmascarar su inteligencia con humildad. Harías bien en aprender ese truco; no siempre es sensato parecer más lista. -Parpadeó-. Incluso si lo fueras.

Irene sonrió, pero al instante desvió la mirada. Un momento más tarde Ana advirtió que tenía los ojos clavados en ella, luminosos y despejados, con una expresión de curiosidad e interés.

Helena estaba hablando de nuevo, dirigiéndose a Demetrio.

Tal vez Antonino la amaba porque era el único capaz de encontrar ternura en ella. Ana no tenía ni idea de lo que podían haber compartido ambos, y podría ser que Helena estuviera sufriendo a solas ahora, sin atreverse a revelárselo a nadie, y mucho menos a su madre ni a aquella otra mujer, fea e inteligente, que llevaba tanto sufrimiento pintado en el rostro.

Ana dirigió la vista hacia Helena, que estaba de pie junto a Demetrio. Ella sonreía y él parecía un tanto tímido.

– Está empezando a parecerse físicamente a su padre -observó Zoé mirando de soslayo a Irene y nuevamente a Demetrio-. ¿Habéis tenido noticias de Gregorio últimamente?

– Sí -contestó Irene en tono tajante.

Ana advirtió que se ponía en tensión, que su cuerpo se volvía más anguloso.

Zoé parecía divertida.

– ¿Aún sigue en Alejandría? No veo motivo para que continúe allí. ¿O es que está convencido de que vamos a ser nuevamente diezmados por los latinos? Que yo sepa, nunca le han importado lo más mínimo los entresijos de la religión.

– ¿Vos creéis? -replicó Irene con las cejas levantadas y los ojos brillantes y fríos como el hielo-. Bueno, quizá sea porque no lo conocéis tan bien como pensáis.

El color de las mejillas de Zoé se intensificó.

– Quizá -concedió-. Teníamos conversaciones maravillosas, pero la verdad es que no recuerdo que trataran nunca de religión -Sonrió.

– Difícilmente eran circunstancias proclives a las cuestiones del espíritu -convino Irene, y se volvió de nuevo hacia Demetrio.

– Sí, se parece a su padre -dijo-. Es una lástima que vos no hayáis tenido un hijo varón… de ninguno de vuestros… amantes.

El rostro de Zoé se contrajo como si lo hubieran abofeteado.

– Yo no aconsejaría a Demetrio que admirase demasiado a Helena -dijo en voz baja, poco más que un susurro-. Podría tener consecuencias… lamentables.

Irene perdió la última gota de sangre que tenía bajo la piel. Miró fijamente a Zoé y seguidamente se volvió y lanzó una mirada glacial a Ana.

– Ha sido muy grato conoceros, Anastasio, pero no voy a hacer uso de vuestros servicios. Yo no me aplico pociones en la cara en un desesperado intento de aferrarme a la juventud, y por suerte mi salud es excelente, al igual que mi conciencia. Y si no lo fuera, tengo un médico propio al que consultar. Uno cristiano. Ha llegado a mis oídos que vos utilizáis de vez en cuando remedios judíos. Yo prefiero no usarlos. Estoy segura de que lo entenderéis, sobre todo en estos extraños tiempos de deslealtad.

Y sin esperar a que Ana le respondiera, se despidió de Zoé con un breve gesto de cabeza y salió de la estancia, seguida por Demetrio.

Helena miró a su madre, al parecer estudiando la posibilidad de iniciar una disputa por lo sucedido, pero decidió dejarlo pasar.

– Ya podéis olvidaros de ampliar vuestra clientela -le dijo a Ana-. No sé qué esperanzas teníais, pero, según parece, mi madre las ha frustrado totalmente. -Mostró una sonrisa radiante-. Tendréis que buscar ejercer en otra parte.

Ana se excusó y se fue también.

No había nada que pudiera permitirle decir a modo de represalia, por más que lo deseara.