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Pasó toda una tarde preguntándose qué unía a dos personas que al parecer tenían tan poco en común. Ana no podía creer que fuera la fe, pero sí podía ser el odio hacia Roma.

El día siguiente era domingo, de modo que Ana se encaminó a solas hacia Santa Sofía para asistir a misa. Deseaba estar en un lugar en el que ni Simonis ni Leo pudieran verla ni cuestionar su estado de ánimo. Quizá la majestuosidad del edificio y la fuerza de unas palabras familiares le procurasen consuelo y le recordasen las certidumbres importantes.

Mientras subía los peldaños, ya casi dentro de la sombra que proyectaba la cúpula, se topó con Zoé. Era imposible eludirla sin ser grosera y ligeramente absurda.

– Ah, Anastasio -exclamó Zoé en tono insulso-. ¿Cómo estáis? Os pido disculpas por el extraño comportamiento que tuvo Irene. Es una mujer de modales peculiares. A lo mejor vos podríais curarla de esa afección. La beneficiaría grandemente. -Adaptó su paso al de Ana mientras las dos se dirigían hacia la puerta de Tarso-. Y también a todos los que la rodean -agregó.

Una vez que penetraron en el edificio fue como si Ana hubiera dejado de existir y Zoé estuviera tan envuelta en la intensidad de sus pensamientos como en los pliegues de su túnica. Zoé torció hacia un lado, hacia la tumba del dux Enrico Dandolo. Su semblante adquirió una expresión de ardiente odio, sus ojos se entornaron y sus labios se retorcieron en una mueca feroz. Con todo el cuerpo en tensión, escupió violentamente sobre aquel nombre maldito y a continuación, con la frente bien alta, se alejó de allí.

Sin mirar a izquierda ni derecha, fue derecho hacia una de las columnatas exteriores y encontró un icono de la Virgen. Permaneció unos instantes delante del mismo, con la cabeza inclinada.

Ana se encontraba un poco a su izquierda y le vio la cara: los ojos cerrados, la boca relajada y los labios entreabiertos, como si estuviera aspirando la esencia de un lugar sagrado. Tuvo el convencimiento de que estaba rezando de verdad, vio que repetía varias veces la misma plegaria.

Ana levantó la vista hacia la Madona con el Niño en brazos; su rostro irradiaba una tranquila dicha que brillaba más que el oro del artístico mosaico. Había en él una humanidad sin adulterar, un poder del espíritu del que ella había sido testigo. Ana lo vivió como un anhelo interior de algo perdido para siempre, una aflicción por lo que no podía llegar, y un sentimiento de culpa porque ella misma lo había regalado, no en un acto de generosidad ni de sacrificio, sino de cólera, y en medio de una repugnancia tan desenfrenada que permitió que la dominase. ¿Habría perdón para aquello? Dio media vuelta con los ojos arrasados de lágrimas, un llanto que casi la asfixió.

Al pasar junto a la tumba de Enrico Dandolo en dirección a la salida, vio que había allí un hombre, con un paño en la mano, limpiando con esmero el salivazo con el que Zoé, además de otras personas, había ventilado su odio. El hombre se interrumpió un momento y levantó la vista hacia Ana, clavando en ella sus ojos oscuros y reconociendo el dolor, pero desconcertado.

Junto a ellos pasó otra mujer que, haciendo caso omiso de él, escupió sobre la tumba. Él se acercó y pacientemente comenzó a limpiar de nuevo la piedra.

Ana lo observó sin moverse del sitio. El hombre tenía unas manos muy bellas, fuertes y esbeltas, que trabajaban como si no hubiera ocurrido nada. Ana se fijó en su rostro, sabiendo que él no se percataba de ello, absorto en su tarea. Había fuerza en la línea que trazaban sus miembros, vulnerabilidad en el gesto de su boca. Quería pensar que él era capaz de reír, una risa rápida y fácil, ante un chiste ingenioso, pero en aquel momento no se apreciaba en él nada que indicara que se sentía relajado, todo su ser transmitía una intensa soledad.

Ella también se sintió sola, sintió una angustia que rozaba el límite de lo soportable, porque por fuera no era ni hombre ni mujer, una persona solitaria amada acaso únicamente por Dios, pero que aún no había recibido el perdón.

CAPÍTULO 23

Giuliano Dandolo salió a la luz del día casi sin percatarse del calor que proyectaba el sol sobre el empedrado ni del intenso reflejo. Era sólo la segunda vez que entraba en Santa Sofía. Alrededor de la base de la enorme cúpula central había un círculo de altos ventanales por los que penetraba la luz confiriendo al espacio interior la apariencia de una gema gigantesca que ardiera en su propio fuego.

Él estaba acostumbrado a la veneración de la Virgen María, pero ésta era una femineidad distinta, la santa sabiduría en forma de mujer constituía un concepto ajeno para él. Seguro que la sabiduría era una luz inamovible, cualquier cosa menos algo femenino.

A continuación vio la tumba del dux Enrico Dandolo, que había sido personalmente el responsable del robo de los cuatro grandiosos caballos de bronce que ahora adornaban la plaza de San Marcos de Venecia. También se había arrogado el derecho de ser el primero en escoger entre las más sagradas de las reliquias robadas, entre ellas la ampolla que contenía la sangre de Cristo, uno de los clavos de la cruz, la cruz revestida de oro que llevó consigo Constantino el Grande a la batalla, y muchas cosas más. Con todo, Enrico había sido su bisabuelo y formaba parte de su historia, fuera buena o mala.

Mientras estaba de pie junto a la tumba pasó por su lado una persona que escupió sobre la placa empotrada en el suelo. Esa vez Giuliano tomó la determinación de limpiarla, aunque dicha limpieza sólo fuera a durar unos momentos, hasta la siguiente irreverencia.

La persona que se había parado a observarlo había despertado en él un sentimiento distinto. Ya había visto eunucos en otras ocasiones, pero seguían provocándole una sensación de incomodidad. Había reconocido sin lugar a dudas lo que era aquella persona. Pero lo que lo turbó no tuvo nada que ver con su sexo, sino con el dolor que detectó en su mirada y en la expresión de su boca. Fue como si por un instante él, un completo desconocido, hubiera visto el interior del otro y hubiera hallado una herida terrible.

¿Por qué limpió Giuliano la placa de la tumba? No había llegado a conocer a su bisabuelo, no tenía recuerdos ni anécdotas personales. Era únicamente porque el apellido que figuraba allí era el de Dandolo, un linaje al que él podía pertenecer, un vínculo con el pasado que no tenía nada que ver con la madre bizantina que lo había rechazado.

Giuliano salió de la iglesia y caminó a toda prisa, como si transitara por una ruta conocida, y en cambio no tenía una idea clara, salvo la de subir hasta un lugar desde el cual pudiera divisar el mar. Se dirigía hacia la luz que reflejaba el agua y el horizonte sin límites, como si al mirarlo fuera libre y su pensamiento pudiera escapar.

¿Qué había esperado encontrar cuando por fin fuera a Constantinopla? Una ciudad ajena a él, demasiado oriental, demasiado decadente, para así poder odiarla y regresar a Venecia después de haberla exorcizado de su alma. Eso era todo. Así podría pensar en su madre con indiferencia y no ver en ella nada de sí mismo.

Llegó a un lugar pequeño, un ramal que se apartaba del camino, justo lo bastante amplio para que cupieran dos o tres personas que se parasen a contemplar el cambiante dibujo de las corrientes y del viento en las aguas que discurrían por el estrecho que separaba Europa de Asia. Parecían las pinceladas de un artista, excepto que tenían movimiento. El mar era un ser vivo, como si tuviera pulso. Sintió en la piel la caricia del viento, cálido y limpio, con una pizca de sal.

La ciudad que tenía a sus pies era como Venecia, pero al mismo tiempo muy diferente. La arquitectura era más liviana que la de Venecia y, sin embargo, en la veneciana había ecos de la bizantina. Percibió la misma vitalidad y el mismo frenesí por el comercio, siempre el comercio, saber ver una ganga, sopesar el valor de las mercaderías, comprar y vender. Y allí también conocían el mar en todos sus estados de ánimo: sutil, peligroso, hermoso, rebosante de oportunidades y posibilidades.