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El médico clavó la mirada en él y entendió. Giuliano tenía la garganta demasiado tensa para poder hablar, y no quiso turbarse. Dio las gracias con una breve inclinación de cabeza y salió a la fresca antesala de suelos de mármol y después al pasillo.

El funeral de Tiépolo fue magnífico, demasiado hondo para profanarlo con palabras innecesarias. Hacía un día nublado y de calor sofocante, y caía una fina lluvia de verano que se derramaba como una cortina de seda. La barcaza adornada con cintas negras se movía muy despacio y sin producir apenas ningún sonido a lo largo del Gran Canal, con la apariencia de un buque fantasma.

El canal estaba atestado de gente, ya fuera en los balcones que se inclinaban sobre el agua o en pequeñas embarcaciones amarradas a las orillas para permitir el paso de la procesión y de los deudos, que habían partido del Palacio Ducal para atravesar la ciudad y después regresar hasta el puente de Rialto, y a continuación discurrir por otros canales más pequeños que llevaban más directamente a la catedral de San Marcos, casi donde habían empezado.

Giuliano iba en la primera embarcación que seguía a la barcaza, no en la proa, puesto que no pertenecía a la familia, sino más hacia la popa. Iba de pie, contemplando las altas fachadas de los edificios y la luz pálida que se reflejaba en el agua, moteada por la lluvia, emborronando los objetos reflejados. Se sentía intensamente solo, a pesar de tener a Pietro a escasa distancia. Sin embargo, la muerte de un líder suponía el paso de una época, y ambos estaban unidos de manera indisoluble en algo único y tan profundo como podría serlo el vínculo de la sangre.

Atravesaron haces de sol de un débil color plata que incidían en la superficie del canal provocando una luminiscencia que hacía resaltar momentáneamente la mole de la barcaza, con los remos resplandecientes. Después volvían a cerrarse sobre ella las sombras y se difuminaban los colores. No se oía sonido alguno, salvo el suave chapoteo del agua.

Una semana después volvió a ver a Pietro. Disfrutaban de una copa de vino después de haber pasado el día en la laguna, conversando, recordando, contemplando los colores de la puesta de sol que acariciaba las fachadas de los palacios que se alzaban enfrente y creaba la fantasía de que estuvieran flotando sobre la superficie del agua, insustanciales como los sueños. Ahora estaban sentados, con los pies mojados y sintiendo un poco de frío, en una de sus tabernas preferidas, situada frente a un pequeño canal, a quinientos pasos de la iglesia de San Zamipolo.

Giuliano contempló su copa con un gesto de mal humor. Le gustaba el vino tinto, y aquél era muy bueno. Era consciente de que estaba bebiendo demasiado, pero el calor se pegaba al cuerpo igual que una tela mojada, y tenía la sensación de no lograr apagar nunca la sed.

– Imagino que ya estarán eligiendo a los inquisori que habrán de examinar todas las acciones del dux y emitir un juicio -dijo con enfado.

– Es lo que hacen siempre -replicó Pietro, tomando más vino a su vez-. Tendrán que encontrar algo de que quejarse, o de lo contrario el pueblo dirá que no están cumpliendo con su obligación.

– ¿Y qué puede haber hecho mal Tiépolo, por amor de Dios? -exclamó Giuliano-. ¡Lo tenían bajo vigilancia todo el tiempo! No podía abrir los despachos enviados por potencias extranjeras sin que alguien mirase por encima de su hombro y los leyera al mismo tiempo que él.

– Así es la naturaleza humana -rio Pietro-. Los venecianos siempre buscarán a alguien a quien criticar. Alégrate de que no fuera un Papa. -De pronto sonrió de oreja a oreja-. Hubo uno al que desenterraron después de muerto y lo ahorcaron. Ambrosio II, me parece. ¡Dos veces! Lo enterraron, después un desbordamiento del río dejó al descubierto la tumba y arrastró el cadáver, o algo así. Todo después de un juicio como Dios manda, naturalmente. Que el acusado fuera un cadáver era algo que carecía de importancia, Dios lo tenga en su gloria.

Pietro dejó su copa vacía en la mesa.

– ¿Quieres que mañana por la noche bajemos al canal que está junto al arsenal? -dijo-. Conozco una taberna estupenda en la que sirven un vino excelente y tienen unas mujeres jóvenes, de piel suave y redonditas como debe ser.

– Tal como lo dices, parece que sea algo de comer-comentó Giuliano, pero la idea le resultó atractiva. Placeres fáciles, música, un poco de amabilidad anónima y sin obligaciones, sin salir magullado y sin magullar a nadie, y además Pietro era buena compañía, afable y divertido, y no se quejaba nunca-. Sí-aceptó-, ¿por qué no?

El proceso de elegir a un nuevo dux era sumamente complejo. Había sido instituido por el mismo Tiépolo, en el año de su acceso al trono. Con él se pretendía reducir el poder de las grandes familias que llevaban gobernando Venecia desde el reinado del primer dux, quinientos años atrás. A Giuliano le gustaría saber si Tiépolo tenía en mente, concretamente, a los Dandolo.

Al final, cuando todo el proceso quedó cumplido al pie de la letra, salió elegido un nuevo dux. Su nombre era Jacopo Contarini, un octogenario primo de Pietro.

Una semana después, éste mandó llamar a Giuliano.

Giuliano se sintió incómodo al entrar en el Palacio Ducal y encontrar a otra persona sentada en el trono. Las salas y los pasillos eran los mismos, las columnas de mármol y el dibujo que proyectaba en el suelo el sol que se filtraba por los ventanales. Ni siquiera habían cambiado los sirvientes, a excepción de los más personales. Probablemente era acertado que la sensación de continuidad fuera tan poderosa, pero a Giuliano le recordaba de forma dolorosa que Venecia era mucho más grande que las personas individuales que le daban vida.

– Pasad, Dandolo -dijo Contarini en tono formal, todavía poco acostumbrado al cargo, aunque muy posiblemente lo había codiciado durante toda su vida.

– Mi señor -respondió Giuliano haciendo una reverencia y aguardando a que le dijeran que podía descansar. Aquel hombre no era Tiépolo; para aquel nuevo dux, él no significaba nada.

– Habéis regresado recientemente de Constantinopla -dijo Contarini con interés-. Decidme qué información traéis. Sé que os envió el dux Tiépolo, Dios lo acoja en su seno. ¿Qué impresión habéis sacado del emperador Miguel y del rey de las Dos Sicilias?

– El emperador Miguel es un hombre inteligente y perspicaz -respondió Giuliano-. Un soldado de gran fortaleza, pero carece de la flota que necesita para defenderse de un ataque por mar. Constantinopla está recuperándose lentamente. El pueblo todavía es muy pobre, y pasará mucho tiempo hasta que el comercio les aporte la riqueza necesaria para reconstruir las defensas marítimas para resistir otro asalto.

– ¿Y el rey de las Dos Sicilias? -presionó Contarini. Giuliano se acordaba con gran nitidez de Carlos de Anjou y dijo al dux que el rey no contaba con la lealtad de su pueblo. Contarini afirmó con la cabeza.

– En efecto. ¿Y os dijo el dux Tiépolo qué motivos tenía para recabar esta información?

– Una cruzada de Carlos requeriría una flota inmensa, y o la construyen los genoveses o la construimos nosotros. Y si dicha cruzada consigue el triunfo, el botín será enorme. No tanto como el de 1204, porque ya no quedan tantos tesoros, pero aun así merecerá la pena tomarlos. Deberíamos redactar ahora mismo un contrato y asegurarnos el suministro de la madera que vamos a necesitar. Habrá que comprar una cantidad muy superior a la habitual. Contarini sonrió.

– Decidme, ¿suponía Tiépolo que se cumpliría hasta el final un contrato firmado con Carlos de Anjou?

– Sería ventajoso para Carlos que así fuera. Él no tendría que enemistarse con Venecia hasta después de haber conquistado Bizancio, Jerusalén y posiblemente Antioquía. Y además guardamos un largo historial de agravios -replicó Giuliano.

La sonrisa de Contarini asomó a sus ojos.

– Muy bien. ¿Y vuestra estancia en Constantinopla?