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– Mi misión consistía en valorar el estado de ánimo y las lealtades de los venecianos y los genoveses que viven allí, excelencia. Son muy numerosos, y se encuentran principalmente en los alrededores de los puertos.

Contarini asintió.

– ¿Y estarían con nosotros, o contra nosotros?

Los que no están casados con bizantinos es posible que tengan su lealtad dividida -contestó Giuliano-. Y ésos, curiosamente, son muchos.

– Tal como cabía esperar -corroboró Contarini-. A su debido tiempo os enviaré allí de nuevo, a continuar observando, para que me tengáis informado. Pero antes quisiera que viajarais a Francia para garantizar el suministro de madera. Tendréis que poner mucho cuidado al negociar. No deseamos vernos comprometidos y después enterarnos de que la cruzada se ha postergado o, peor aún, anulado. La situación se encuentra en un equilibrio precario. -Su sonrisa perdió calidez-. Necesito que seáis muy preciso, Dandolo. ¿Me habéis comprendido?

– Sí, excelencia. -Sí lo entendía, pero, sin saber por qué, el sentimiento de emoción se había esfumado. Aquella misión era importante, necesaria; no se podía dejar en manos de un hombre cuya capacidad o lealtad no fueran absolutas. Y en cambio, al mismo tiempo resultaba impersonal. No contenía ni una pizca de la pasión que él había compartido con Tiépolo.

Se despidió y salió a la piazza iluminada por el sol. La luz que reflejaba el mar, tan limpia y brillante como siempre, ahora parecía fría.

CAPÍTULO 25

Palombara y Vicenze llegaron a Roma en enero de 1276. Habían pasado diecinueve días en el mar y los dos se alegraban de tocar tierra por fin, aunque sabían que era una carrera para informar al Papa, cosa que cada uno haría por separado, naturalmente, y ninguno sabía lo que iba a decir el otro.

Dos días después, cuando por fin llegó el mensajero para conducir a Palombara a la presencia del Papa, caminaron juntos por las calles y hasta el otro lado de la plaza barrida por un viento que les hacía revolotear las capas. Palombara procuró pensar en algo que pudiera preguntar a su acompañante y que le dijera si Vicenze ya había acudido a la cita o no, pero todas las preguntas le parecieron ridículamente transparentes. Terminó recorriendo todo el camino sin pronunciar palabra.

Su Santidad Gregorio X tenía cara de cansado, incluso en la tranquilidad de sus soleados aposentos y con la magnificencia de sus ropajes. Lo asaltaba a menudo una tos que él trataba de disimular. Tras el acostumbrado ritual de los saludos fue directo al grano, como si tuviera prisa. O tal vez fuera porque ya había visto a Vicenze y aquel encuentro era una mera cortesía hacia Palombara y no tenía más significado que ése.

– Lo has hecho bien, Enrico -dijo el pontífice con gravedad-. No esperábamos que una empresa tan grandiosa como una unidad de la cristiandad pudiera llevarse a cabo sin dificultad y sin la pérdida de algunas vidas entre los más obstinados.

Palombara supo al instante que Vicenze ya había estado allí y que había informado de un éxito mayor del que habían obtenido en realidad. De pronto experimentó la aguda sensación de que el hombre que tenía delante soportaba una carga que sobrepasaba su capacidad. Su rostro se veía surcado de profundas sombras. Y aquella tos repetitiva, ¿podía ser algo más que un resfriado propio de comienzos del invierno?

– Hay demasiadas personas cuya reputación, y también todo el respeto y el poder que poseen, radica en su fidelidad a la Iglesia ortodoxa -contestó-. Uno no puede afirmar que ha recibido la inspiración divina y luego tomar una decisión contraria.

Ojalá hubiera podido sonreír ante aquella ironía, pero en los ojos de Gregorio no advirtió ni un ápice de humor, tan sólo indecisión y un sentimiento lúgubre. Aquello lo atemorizó, porque constituía una prueba más de que ni siquiera el Papa poseía aquella luminosa certidumbre de Dios que sin duda acompañaba a la auténtica santidad. Palombara vio únicamente a un hombre cansado que buscaba tomar la mejor de muchas decisiones, ninguna de ellas completa.

– La resistencia se encuentra sobre todo entre los monjes -expresó Palombara en voz alta-. Y entre los altos miembros del clero cuyos cargos dejarán de existir cuando el centro del poder se traslade aquí, a Roma. Y luego están los eunucos. En la Iglesia de Roma no hay sitio para ellos. Tienen mucho que perder y, a su parecer, nada que ganar.

Gregorio frunció el entrecejo.

– ¿Podrían causarnos problemas? Son sirvientes de palacio, hombres de la Iglesia que carecen… -encogió los hombros y volvió a toser- que carecen de las tentaciones de la carne, y por consiguiente de la posibilidad de alcanzar la verdadera santidad. ¿No es mejor para todos ellos que su especie se extinga?

Palombara sentía el deseo de coincidir con él. La mutilación era algo que lo repugnaba, y si pensaba en ella con detalle, también lo aterrorizaba. Sin embargo, cuando pronunció el término «eunuco» lo hizo pensando en Nicéforo, el hombre más juicioso y cultivado que había conocido en la corte de Miguel. Y en Anastasio, que era todavía más afeminado que el primero y no tenía absolutamente ningún rasgo masculino. En cambio su inteligencia, y aún más el ardor de sus sentimientos, lo había cautivado de un modo que no podía pasar por alto. Pese a su pérdida de virilidad, el médico tenía una pasión por la vida que él mismo no había experimentado jamás. Lo compadecía y envidiaba al mismo tiempo, y dicha contradicción le resultaba turbadora.

– Es un insulto, un rechazo, Santo Padre -convino-. Sin embargo, poseen gran mérito, aunque su abstinencia sea forzada. Dudo que en la mayoría de los casos sea una circunstancia elegida libremente por ellos mismos, de manera que no se les puede reprochar que…

La expresión de Gregorio se endureció, iluminada por el pálido sol invernal que entraba por los ventanales.

– Si un niño no está bautizado, no es cosa que haya elegido él, Enrico, y aun así le está vedada la entrada en el paraíso. Ten mucho cuidado cuando hagas generalizaciones tan excesivas. Cuando entra en juego la doctrina, estás pisando un terreno delicado. No cuestionamos el criterio de Dios.

Palombara tuvo un escalofrío. No fue la advertencia, ni la reprimenda, sino algo mucho más profundo. Era la negación de la pasión, de la certidumbre, de saber que todo era perfectamente, brillantemente cierto, bello para la mente y para el alma, como debían ser las cosas de Dios. ¿Sabía él que un niño sin bautizar no podía entrar en el paraíso? Sabía que así lo enseñaban, pero ¿lo enseñaba Dios? ¿O lo enseñaba el hombre, con el fin de aumentar el rebaño y por consiguiente el poder de la Iglesia, y en última instancia su propio dominio?

¿Qué concepto tendría Gregorio, y la Iglesia, de Dios? ¿Estaban creándolo a su imagen y semejanza, un ser esencialmente superficial, ansioso de recibir cada vez más alabanzas, más obediencia, comprándolas con el miedo a la condenación? ¿Estaba el hombre buscando algo situado más allá de sí mismo, libre de las restricciones impuestas por los límites de su propia imaginación? ¿Quién se atrevía a cruzar dicho límite, a zambullirse solo en el mundo silencioso y resplandeciente de… qué? ¿De la luz infinita? ¿O sólo de un vacío blanco?

Palombara comprendió, en aquel hermoso salón blanco del Vaticano, que en el fondo de su corazón estaba convencido de que Gregorio no sabía más que él, y que simplemente no sentía el deseo ni el impulso de preguntar.

– Disculpadme, Santo Padre -dijo en tono contrito, lamentando haber desalentado a un anciano cuya vida se apoyaba en sus certezas-. He hablado precipitadamente, porque he tomado respeto a la sabiduría de algunos de los eunucos que viven en la corte del emperador, y no excluiría a ninguno de ellos de la gracia salvífica de la verdad. Me temo que aún tenemos mucho trabajo que hacer en Bizancio para ganarnos una lealtad que no esté basada en el miedo de la violencia física que podamos ejercer contra ellos si no nos son fieles.