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Cruzó la plaza en dirección a la amplia escalinata que conducía al palacio Vaticano, notando un cierto silencio en el aire gris, como un presagio de lluvia. Era mediada la tarde, y daba la impresión de ir a oscurecer muy pronto.

Vio a un cardenal al que conocía, que venía andando hacia él con aire pesaroso y el rostro contraído.

– Buenas tardes, eminencia -saludó Palombara, cortés.

El cardenal se detuvo y movió la cabeza a izquierda y derecha.

– Demasiado pronto -dijo con tristeza-. Demasiado pronto. En estos momentos no nos conviene ningún cambio.

A Palombara lo invadió un presentimiento de pérdida.

– ¿El Santo Padre?

– Ha sucedido hoy mismo -repuso el cardenal recorriendo a Palombara con la mirada de arriba abajo y reparando en las manchas que delataban que acababa de llegar de viaje-. Llegáis demasiado tarde.

Palombara no se sintió sorprendido. La última vez que vio a Gregorio, éste le dio la impresión de encontrarse agotado, tanto en cuerpo como en espíritu. Sin embargo, lo inundó una pena mayor que el hecho de quedarse sin cargo alguno o lo confuso que se presentaba el futuro, la incertidumbre que volvía a apoderarse de todo. Después sintió un espacio vacío allí donde había tenido un amigo, un mentor, una persona cuyo criterio comprendía.

– Os estoy agradecido -dijo con voz queda-, no lo sabía. -Se persignó y añadió-: Descanse en paz.

Llovió durante todo el día, y Palombara se quedó en casa, supuestamente escribiendo un informe sobre el trabajo realizado en la Toscana para presentárselo al nuevo Papa, por si acaso éste se lo reclamaba. Pero en realidad pasó el tiempo paseando nervioso, sumido en sus pensamientos, dando vueltas a todas las decisiones que iba a tener que tomar. Se podía ganar todo… o perderlo todo.

Ya llevaba varios años ocupando un alto cargo, y se había ganado tantos amigos como enemigos. Quizá lo más importante fuera que se había ganado favores, y que el principal de todos sus enemigos era Niccolo Vicenze.

A lo largo de las semanas siguientes, si quería conservar algún poder iba a necesitar algo más que habilidad: iba a necesitar suerte. Debería haber estado mejor preparado para la muerte de Gregorio; había visto los indicios de la misma, en sus ojos, en aquella tos constante, en el dolor y el cansancio que se advertían en él. Se detuvo junto a la ventana y contempló cómo llovía. Gregorio estaba entusiasmado con la nueva cruzada, pero ¿y su sucesor?

Se sorprendió al descubrir hasta qué punto Constantinopla dominaba sus pensamientos. ¿Le importaría al nuevo Papa la Iglesia oriental, intentaría subsanar las diferencias que lo separaban de ella y trataría con respeto a sus miembros, como hermanos cristianos que eran? ¿Iniciaría una verdadera solución del cisma?

Durante los días siguientes fue aumentando la tensión y se dispararon las especulaciones, pero en su mayor parte quedaron ocultas bajo el decoro que exigían el luto y el entierro de Gregorio en Arezzo. Por encima de todo, naturalmente, estaba el oportunismo. Nadie quería dejar entrever cuáles eran sus ambiciones. La gente decía una cosa cuando quería decir otra.

Palombara escuchó y estudió qué facción debía dar la impresión de defender.

Estaba enfrascado en esos pensamientos cuando de pronto apareció a su lado un sacerdote napolitano llamado Masari, mientras atravesaba la plaza de camino al palacio Vaticano bajo el débil resplandor del sol de enero, apenas una semana después de la muerte de Gregorio.

– Vivimos tiempos peligrosos -observó Masari en tono familiar, esquivando los charcos de agua con sus elegantes botas.

Palombara sonrió.

– ¿Teméis que los cardenales elijan a alguien que no se corresponda con la voluntad de Dios? -preguntó con un leve toque de humor. Conocía a Masari, pero no lo bastante para fiarse de él.

– Lo que temo es que sin un poco de ayuda puedan ser falibles, como lo son todos los hombres -replicó Masari con los ojos brillantes-. Ser Papa es buena cosa, y el poder en exceso resulta destructivo para todas las virtudes, lamentablemente, y a veces sobre todo para la sabiduría.

– Pero dista mucho de acabar con ella -contestó Palombara en tono irónico-. Concededme el beneficio de vuestros conocimientos, hermano. En vuestra opinión, ¿qué dictaría la sabiduría?

Masari pareció reflexionar sobre aquel punto.

– Inteligencia en lugar de vehemencia -respondió al rato, al tiempo que atacaban un tramo de escaleras. La lluvia estaba empezando a arreciar-. El don de la diplomacia, en lugar de una maraña de contactos familiares -siguió diciendo-. Resulta sumamente incómodo estar en deuda con algún pariente por el favor de contar con su apoyo. Las deudas suelen exigir su pago en los momentos más inoportunos.

Palombara estaba divirtiéndose y, sin quererlo, sentía interés. Notó que se le aceleraba el pulso.

– Pero ¿cómo va a hacer uno para conseguir apoyos sin quedar obligado, y probablemente en diferentes aspectos? Los cardenales no dan su voto sin tener un motivo. -No dijo «a menos que estén comprados», pero Masari ya sabía lo que había querido decir.

– Lamentablemente, no. -Masari se inclinó hacia delante para protegerse la cara de un chorro de agua que caía de un tejado-. Pero motivos los hay de muchas clases. Puede que uno de los mejores sea la convicción de que el nuevo Papa, sea el que sea, va a lograr la unificación de todas las fes cristianas sin ceder ninguna doctrina sagrada a las falsas enseñanzas de la Iglesia griega. Eso, sin duda, disgustaría grandemente a Dios.

– No sé qué hay en la mente de Dios -contestó Palombara, cáustico.

– Por supuesto -convino Masari-. Únicamente el Santo Padre sabe eso más allá de toda duda. Hemos de rezar y tener esperanza, y buscar la sabiduría.

A Palombara le vino fugazmente a la memoria el día en que, en el interior de Santa Sofía, empezó a comprender cuánto más sutil que era la sabiduría de Bizancio en comparación con la de Roma. Para empezar, incorporaba el elemento femenino: era más delicada, más esquiva, más difícil de definir. Y quizá también estaba más abierta a la variación y a los cambios, colmaba más el espíritu infinito de la humanidad.

– Espero que no tengamos que esperar hasta averiguarlo -expresó en voz alta-, porque podría ser que ni en toda una vida tuviéramos tiempo para elegir a un nuevo Papa.

– Estáis de broma -dijo Masari clavando sus ojos negros en el rostro de Palombara durante unos momentos, para desviarlos rápidamente-. Yo diría que vos entendéis lo que es la sabiduría mejor que muchos hombres.

Una vez más Palombara sintió la punzada de la sorpresa y el latir acelerado del corazón. Masari estaba poniéndolo a prueba, incluso cortejándolo.

– La valoro más que las riquezas o los favores -respondió con total seriedad-. Pero opino que no se consigue de manera fácil.

– Pocas cosas buenas son fáciles, excelencia -corroboró Masari. Deseamos un Papa que esté dotado como ninguna otra persona para ser el jefe del mundo cristiano.

– ¿Quiénes deseamos eso? -dijo Palombara sin dejar de caminar, pero sin preocuparse ya por el viento, los charcos del empedrado ni los que pasaban por su lado.

– Hombres como Su Majestad de las Dos Sicilias y señor de Anjou -respondió Masari-. Claro que más trascendente para el asunto que nos ocupa es que también es senador de Roma.

Palombara sabía exactamente a qué se refería Masari: a un hombre que iba a ejercer una poderosa influencia sobre la persona que se convirtiera en Papa. Tanto la implicación como la oferta quedaron claras como el agua. En su mente rugió la tentación semejante a un viento huracanado que barriera todo lo demás. ¿Ya? ¡Una oportunidad seria para ser Papa! Era joven para aquel cargo, aún no había cumplido los cincuenta; sin embargo, había habido pontífices mucho más jóvenes que él. En el año 955, Juan XII, que contaba dieciocho años, fue ordenado, hecho obispo y coronado Papa en un mismo día, o eso se decía. Su reinado fue breve y desastroso.