Masari estaba esperando, atento no sólo a lo que dijera Palombara, sino también a lo que delatara su rostro.
Palombara dijo algo que en su opinión probablemente era cierto, pero que también sabía que era lo que desearía oír Carlos:
– Dudo que la cristiandad se una del todo, como no sea mediante la conquista de los antiguos patriarcados ortodoxos. -Oía su propia voz como si perteneciera a otra persona-. Hace poco que regresé de Constantinopla, y puedo deciros que la resistencia que hay allí, y sobre todo en los territorios que tiene alrededor, sigue siendo fuerte. Un hombre que ha consagrado su carrera a una única fe no sacrifica fácilmente su identidad. Si pierde eso, ¿qué otra cosa le queda?
– ¿Su vida? -sugirió Masari, pero en su tono de voz no había seriedad, sino tan sólo satisfacción y un pesar efímero, como ante lo inevitable.
– Ésa es la madera de la que están hechos los mártires -replicó Palombara con cierta brusquedad. La triple corona estaba más cerca de su alcance de lo que había estado nunca, tal vez de lo que él mismo habría creído posible. Pero ¿qué precio tendría que pagar por recibir semejante favor de Carlos de Anjou y de las otras personas que estuvieran en deuda con él?
Si vacilara ahora, Carlos no lo respaldaría jamás. Un hombre que fuera apto para ser Papa no necesitaba tiempo para sopesar si tenía valentía o no. ¿Poseía tanta nitidez de pensamiento como para entender la voz de Dios cuando le dijera cómo gobernar el mundo o lo que era verdadero y lo que era falso? ¿Poseía él un fuego en el alma suficiente para soportarlo? ¿Existía siquiera algo así?
Otra vez le vino a la cabeza aquel eunuco extraño y afeminado, Anastasio, y su ruego de actuar con delicadeza y tener la humildad de aprender, de aplastar el apetito de la exclusividad y tolerar lo diferente.
– Titubeáis -observó Masari. En su tono de voz ya se notaba que estaba replegándose.
Palombara se enfureció consigo mismo por su actitud evasiva, por su cobardía. Un año atrás habría aceptado, y ya habría estudiado después el coste y hasta las consideraciones morales.
– No -negó Palombara-. No tengo agallas para gobernar una Roma que inicia otra guerra con Bizancio. Perderemos más de lo que ganaremos.
– ¿Eso es lo que os dice Dios? -inquirió Masari con una sonrisa.
– Es lo que me dice mi sentido común -le contestó Palombara-. Dios habla tan sólo al Papa.
Masari se encogió de hombros y, tras un breve saludo, dio media vuelta y se alejó.
La decisión llegó con notable rapidez. Ocurrió once días más tarde, el 21 de enero, en una jornada oscura y lluviosa. El sirviente de Palombara cruzó el jardín a la carrera pisando el agua de los charcos. Apenas llamó con los nudillos a la puerta de madera antes de pasar al estudio con el rostro congestionado por el esfuerzo.
– Han elegido a Pierre de Tarentaise, el obispo cardenal de Ostia -dijo sin resuello-. Ha tomado el nombre de Inocencio V, excelencia.
Palombara se quedó estupefacto. Su primer pensamiento fue que Carlos de Anjou lo había apoyado todo el tiempo y que él había hecho el ridículo al pensar que Masari le estaba ofreciendo algo, como no fuese una oportunidad para declarar cuáles eran sus lealtades. Él era un peón, y nada más.
– Gracias, Filipo -dijo con ademán distraído-. Te agradezco que hayas venido a darme la noticia tan deprisa.
Filipo se retiró.
Palombara se sentó a su escritorio, con el cuerpo helado y la mente hecha un torbellino. Pierre de Tarentaise. Lo conocía, por lo menos de haber hablado con él. Ambos habían estado en el Concilio de Lyon, de hecho Tarentaise había leído el sermón. Luego le vino otra idea a la cabeza: por lo visto, Tarentaise iba a adoptar el nombre de Inocencio V. Fue Inocencio III el que era Papa cuando Enrico Dandolo lanzó la cruzada cuyos soldados saquearon e incendiaron Constantinopla en 1204. Elegir el nombre de Inocencio constituía una declaración de intenciones, siempre era así. Palombara debía pensar muy bien por dónde se andaba.
Entró en las conocidas estancias de altos ventanales con el corazón acelerado por lo que lo esperaba, ya haciendo acopio de fuerzas para soportar un posible fracaso, como si con ello el dolor fuera a ser menor.
Sólo ahora se daba cuenta de lo mucho que ansiaba regresar a Constantinopla. Anhelaba la complejidad de Oriente y formar parte de la lucha que había visto iniciarse allí. Deseaba persuadir al menos a algunos clérigos de que debían doblegarse y salvar lo que había de bueno en su fe para no perder la fe entera. Quería explorar el diferente concepto de sabiduría que tenían allí, que lo intrigaba, que prometía una explicación más equilibrada, menos autoritaria, y al fin más tolerante.
Por fin lo condujeron a la presencia del Santo Padre, y entró con toda la humildad que procedía. Inocencio ya rebasaba los sesenta. Era un hombre rubio y de rostro amable, casi calvo, y ahora vestido con los magníficos atributos de su nuevo cargo.
Palombara hizo una genuflexión y le besó el anillo declarando su lealtad de la manera usual y formal que venía al caso. Acto seguido, por invitación de Inocencio, volvió a ponerse en pie.
– Conozco qué es lo que opináis de Bizancio y de la Iglesia griega en general -empezó el pontífice-. Habéis realizado un trabajo excelente.
– Os lo agradezco, Santo Padre -contestó Palombara humildemente.
– Su Santidad el Papa Gregorio me informó de que os había enviado a la Toscana a averiguar qué apoyos podíais recabar para la cruzada -continuó Inocencio-. Llevará tiempo, como es natural, posiblemente cinco o seis años. Para alcanzar el triunfo no convienen las prisas.
Palombara estaba de acuerdo. Le gustaría saber a qué se refería Inocencio en realidad. Observó su tranquilo semblante, completamente impenetrable. No vio que hubiera cambiado nada en él, a excepción del atuendo y la seguridad en su actitud, que ahora irradiaba una cierta benignidad, pero de tanto en tanto recorría la estancia con la vista, como si quisiera cerciorarse de encontrarse allí realmente.
– Dentro de nuestras propias filas hay también cuestiones que reformar -prosiguió Inocencio- de las que no podemos ocuparnos por el momento.
Aquello era una clara contradicción del punto de vista de Gregorio, y lo había dicho con gran seguridad, con la certeza de que era la voluntad de Dios. ¿Estaría equivocado? ¿O era que Inocencio no estaba escuchando lo que le susurraba el espíritu?
Nuevamente Palombara experimentó una sensación de vacío bajo los pies, el miedo de que no existiera la revelación, sino simplemente la ambición humana y el caos, alimentados por la perentoria necesidad de encontrar sentido a las cosas.
– He estado reflexionando y rezando mucho por la situación de Bizancio -siguió diciendo Inocencio-. A mi parecer, vos sentís afecto por ese pueblo…
– Ahora conozco a los bizantinos mucho mejor que antes -respondió Palombara a lo que tomó por una pregunta. Sentía la necesidad de justificarse y no permitir una posible insinuación de deslealtad, por mínima que fuera-. No creo que se los pueda convencer con facilidad de que renuncien a sus creencias, sobre todo a los que se han colocado en una posición de la que no cabe retractarse.
Inocencio frunció los labios.
– Es una lástima que hayamos permitido que la situación llegara a ese punto. Deberíamos haber iniciado las negociaciones hace mucho tiempo. Pero cuando las iniciemos, como vos decís, nada evitará que haya alguna pérdida. Ninguna guerra por la causa de la Madre Iglesia se ha librado sin víctimas. -Negó brevemente con la cabeza-. Entregadme el informe que habéis elaborado sobre vuestras averiguaciones en la Toscana. Más adelante deseo que vayáis a otras ciudades de Italia para granjearos su apoyo. En su momento, tal vez a Nápoles, puede que incluso a Palermo. Ya veremos.
Palombara sintió una súbita ráfaga de frío. ¿Sabría Inocencio que Masari había acudido a él con una oferta, y que él se había sentido tentado, aunque sólo hubiera sido por un instante? Sería una fina ironía que a Palombara lo enviasen a la corte de Carlos de Anjou con la misión de buscar apoyos para una nueva cruzada.