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El 13 de septiembre se llevó a cabo la votación definitiva.

Palombara esperó. Llevaba varios días sin dormir apenas, despierto en la cama, debatiéndose entre la esperanza y la burla de sí mismo. Incluso se puso de pie ante el espejo y se imaginó vestido con los ropajes de pontífice, y miró su mano esbelta y fuerte y vio en ella el anillo papal.

Esperó, como todos los demás, demasiado tenso para quedarse sentado, demasiado cansado para pasear más allá de unos instantes.

Perdió la noción del tiempo. Tenía hambre y aún más sed, pero no se atrevía a salir.

Y por fin, de pronto, todo terminó. Un orondo cardenal de ropajes ondulantes y rostro sudoroso anunció que la cristiandad tenía un nuevo Papa.

El corazón estuvo a punto de ensordecerlo con sus latidos. Se había elegido a un portugués de setenta y un años, filósofo, teólogo y doctor en medicina, Pedro Juliani Rebolo, con el nombre de Juan XXI. Palombara se enfureció consigo mismo por no haberlo previsto. ¿Cómo había podido ser tan necio? Se quedó en aquel hermoso salón con una sonrisa fija en la cara, como si por dentro no se sintiera aplastado por la pesada losa de la desilusión, como si el dolor que lo inundaba no fuera intolerable. Sonrió a hombres que odiaba, intrigantes y conspiradores a los que tan sólo unas horas antes había cortejado. ¿Realmente era aquel portugués filósofo y antiguo médico el hombre que había escogido Dios para que ocupara el trono de San Pedro?

A su alrededor todos lanzaban vítores y gritaban, sin bien con falsa alegría. Algunas voces, como la suya, sonaban a decepción y a miedo de perder el puesto. Todo el mundo sabía quién se había inclinado hacia dónde, a favor o en contra. Pero nadie sabía qué pactos se habían negociado ni qué precios se habían ofrecido o pagado secretamente.

A los pocos días lo llamó a su presencia otro nuevo Santo Padre, y una vez más cruzó la plaza y subió los escalones que llevaban a las grandes arcadas. Una vez dentro, recorrió los ya familiares pasillos que conducían a los aposentos papales.

Hizo una genuflexión y besó el anillo del sumo pontífice, y de nuevo declaró su fe y su lealtad mientras su cerebro pensaba a toda prisa cuál podía ser el motivo de aquella llamada. ¿Qué tarea inferior le encomendarían para alejarlo de Roma y trasladarlo a un lugar en que su ambición se enfriara debidamente y no pudiera causar problemas? Probablemente a algún punto del norte de Europa, donde se congelaría durante todo el verano y todo el invierno.

Cuando Palombara levantó la vista encontró a Juan sonriente.

– Mi predecesor, Dios se apiade de su alma, desperdició vuestro talento en buscar apoyos para la cruzada, aquí en Italia -dijo en tono calmo-. Lo mismo que el bueno de Inocencio.

Palombara esperó el golpe.

Juan suspiró.

– Poseéis a la vez habilidad y experiencia en la cuestión del cisma existente entre nosotros y la Iglesia griega ortodoxa. He estudiado vuestras cartas sobre dicho asunto. -Serviríais mejor a Dios y a la causa de la cristiandad si regresarais a Constantinopla, como legado enviado a Bizancio, con la especial responsabilidad de continuar la labor de subsanar las diferencias que hay entre nosotros y nuestros hermanos.

Palombara tomó aire muy despacio y volvió a exhalarlo en silencio. El sol que iluminaba la estancia era tan intenso que le hería los ojos.

– Es de la mayor importancia -dijo Juan con gravedad, escogiendo las palabras con cuidado y un leve acento portugués- que dediquéis a dicho fin todas vuestras oraciones y toda vuestra diligencia. -Sonrió apenas-. Necesitamos que Bizancio no sólo afirme de palabra que desea unirse a Roma, sino que además lo haga de verdad. Necesitamos ver esa obediencia y poder demostrársela al mundo. Atrás han quedado los días en que podíamos permitirnos el lujo de ser benévolos. ¿Me entendéis, Enrico?

Palombara escrutó el rostro del nuevo Papa.

¿O sería que Juan, debajo de aquel rostro insulso, era mucho más perspicaz de lo que imaginaban todos y estaba dispuesto a emplear cualquier herramienta que tuviera en su mano y manejarla del modo que mejor conviniera a sus propios fines? ¿Su nuevo cargo tenía como fin sacarlo a él de Roma y trasladarlo a Constantinopla, una ciudad que conocía y amaba? ¿A quién se lo debía? Sin duda había alguien deseoso de cobrar el favor prestado, pero ¿quién?

– Sí, Santo Padre -aceptó-. Haré todo lo que esté en mi mano para servir a Dios y a la Iglesia.

Juan asintió nuevamente, todavía sonriendo.

CAPÍTULO 27

En el año posterior a la muerte de Gregorio X, Ana había tenido pocas oportunidades de recabar más información acerca de Justiniano o del desencanto sufrido por éste en relación con Besarión, o incluso con el valor o la fuerza de la Iglesia. Llovió muy poco en la primavera, y enseguida llegó el calor del verano.

La enfermedad surgió primero en los barrios más pobres, donde el agua era insuficiente. El estallido se propagó rápidamente y la situación terminó por descontrolarse. El aire se saturó de un olor a enfermedad que penetraba por la boca y por la nariz.

– ¿Qué podéis hacer? -dijo Constantino con desesperación bajo la hermosa arcada de su casa, con la vista clavada en Ana. Tenía unas profundas ojeras provocadas por el cansancio, los ojos enrojecidos y doloridos, la cara de un gris pastoso-. Yo he hecho hasta donde alcanza mi saber, pero es muy poco. Necesitan vuestro socorro.

No cabía otra respuesta que disponer lo necesario para que otra persona se ocupara de visitar a sus pacientes habituales y que Leo rechazara a los que llegaran nuevos hasta que remitiera aquel brote de diarrea y fiebre. Si después tenía que volver a empezar y montar una consulta nueva, era un precio que tendría que pagar. No podía darle la espalda a Constantino, y lo que era más profundo y más duradero que eso, no podía dejar a los enfermos sin que nadie los socorriera.

Cuando se lo dijo a Leo, éste sacudió la cabeza en un gesto negativo, pero no discutió. En cambio Simonis, sí.

– ¿Y qué pasa con tu hermano? -le espetó con el semblante tenso y mirada de enfado-. Mientras estás atendiendo noche y día a los pobres hasta el borde del agotamiento, poniendo en peligro tu propia salud, ¿quién va a trabajar por salvarlo? ¿Lo dejas esperando en el desierto, donde sea que se encuentre, a que llegue otro verano?

– Si pudiéramos preguntárselo, ¿acaso no diría que debo socorrer a los enfermos? -replicó Ana.

– ¡Claro que sí! -respondió Simonis con frustración en la voz-. Pero eso no significa que sea lo que debas hacer.

Ana trabajó día y noche. Durmió sólo a ratos aquí y allá, dominada por el agotamiento. Comía pan y bebía un poco de vino agrio, que estaba más limpio que el agua. No tenía tiempo para pensar en nada que no fuera cómo conseguir más hierbas medicinales, más ungüentos, más alimentos. No había dinero. Sin la generosidad de Shachar y Al-Qadir, toda ayuda verdadera habría dejado de fluir.

Constantino también trabajó. Ana lo veía sólo cuando acudía a ella porque sabía de alguien tan necesitado de ayuda que estaba dispuesto a interrumpirla en lo que estuviera haciendo o incluso a sacarla de la cama. A veces cenaban juntos o simplemente pasaban las últimas horas de una jornada terrible disfrutando del silencio, cada cual muy consciente de que el otro había vivido experiencias igual de duras que también habían desembocado en la muerte.

A medida que fue avanzando el año, la infección fue cediendo por fin. Se dio sepultura a los muertos y las actividades de la vida ordinaria fueron reanudándose nuevamente.

CAPÍTULO 28

Tal como era inevitable, el Papa Juan XXI también se enteró de la realidad que se vivía en Bizancio en relación con la fe. Él no sentía ninguna inclinación a mostrarse tan benévolo como sus predecesores. Envió una carta a Constantinopla en la que exigía una aceptación incondicional y pública de la cláusula filioque sobre la naturaleza de Dios, de Cristo y del Espíritu Santo, la doctrina romana del purgatorio, los siete sacramentos tal como los definía Roma y la primacía del Papa por encima de todos los demás príncipes de la Iglesia, con el derecho de apelar a la Santa Sede, y la sumisión de todas las iglesias a Roma.