– Tomad todo lo que podáis de esta bebida que os he preparado -le dijo-. Os calmará considerablemente el dolor. Cada pocas horas os haré una jarra llena y os la traeré. Para mañana a estas horas, os sentiréis menos angustiado. -Esperaba que aquello fuera verdad, pero las creencias formaban una parte importante de la recuperación, fueran o no cristianas.
– Os resultaría más cómodo que os atendiera alguien a quien conozcáis bien -le dijo-. Pero yo voy a permanecer tan cerca como me permitan vuestros hermanos, y si me llamáis acudiré al momento.
– ¿Debo ayunar? -preguntó Cirilo con ansiedad-. Rezaré con la ayuda del hermano Tomás. Ya he confesado mis pecados y he recibido la absolución.
– La oración siempre es buena -ratificó Ana-, pero sed breve. No canséis a Dios diciéndole lo que ya sabe. Y no, no ayunéis -agregó-. Vuestro espíritu ya es lo bastante fuerte. Para poder continuar al servicio de Dios y de los hombres, necesitáis recuperar la fuerza del cuerpo. Bebed un poco de vino, mezclado con agua y con miel si lo deseáis.
– Me abstengo de tomar vino -replicó Cirilo negando apenas con la cabeza.
– No es importante. -Ana le sonrió-. Ahora voy a prepararos esa infusión de hierbas, y enseguida regresaré con ella.
– Os lo agradezco mucho, hermano Anastasio -dijo el monje con voz débil-. Dios os acompañe.
Permaneció la mayor parte de la noche sin dormir, cuidando a Cirilo. Éste estaba afiebrado e inquieto, y Ana empezó a temer que no le fuera posible salvarlo. Cuando amaneció se encontraba muy débil, y le costó mucho trabajo convencerlo de que se bebiera las hierbas que le había preparado, un poco más fuertes. Cirilo estaba muy angustiado, y Ana empezó a temer que sufriera una obstrucción intestinal en vez de los efectos naturales de la fiebre y la mala alimentación. Incrementó la fuerza del purgante, pensando que tenía poco que perder. Esta vez añadió sándalo para el hígado y áloe para tratar el bloqueo existente en el hígado y en el sistema urinario, y más calamento.
Para cuando llegó la noche, Cirilo se sentía peor todavía, pero había logrado tragar una gran cantidad de agua y estaba menos demacrado y menos ojeroso.
En cierto momento, durante la noche, el monje que lo acompañaba la informó de que Cirilo había ingerido una gran cantidad del brebaje y que parecía estar un tanto aliviado del dolor. Ahora estaba durmiendo.
Al amanecer Ana no lo molestó, pero lo examinó con atención y le palpó la frente. La encontró sólo tibia, y además el anciano se removió vagamente al sentir su contacto, sin despertarse. Ana se permitió abrigar la esperanza de que tal vez se recuperase.
Más avanzado el día, Vicenze insistió en pedir una audiencia con él. En lo que los monjes pudieron ver, él era quien había traído al médico bajo cuyos cuidados Cirilo había empezado a mejorar, aunque aún se encontrara sumamente débil. El abad, agradecido, no pudo negarse. A Ana la hicieron salir de la celda.
Cuando por fin le permitieron entrar de nuevo, Cirilo estaba agotado y con cara de que le hubiera vuelto la fiebre. El joven monje que lo venía atendiendo a lo largo de toda su enfermedad dirigió una mirada de nerviosismo a Ana, pero no dijo nada.
– No pienso hacerlo -dijo Cirilo con voz ronca-. Aunque me cueste la vida. No pienso firmar un papel que abjure de mi fe y conduzca a mi pueblo a la apostasía. -Tragó saliva, con los ojos fijos en Ana, asustado y tozudo-. Si lo firmo, perderé mi alma. Vos lo comprendéis, ¿verdad, Anastasio?
– Yo no siempre estoy seguro de qué es lo correcto -empezó a decir Ana despacio, escogiendo las palabras y vigilando los ojos del anciano-. Pero por supuesto, como todo el mundo, he reflexionado mucho sobre la lealtad a nuestra fe, y también sobre el terrible peligro de que los cruzados latinos vuelvan a invadir nuestra ciudad. Matarán y quemarán todo lo que encuentren a su paso. Tenemos el deber de velar por las vidas de las personas que confían en que vamos a cuidar de ellas y de sus seres queridos, sus hijos, sus esposas y sus madres. He oído relatos del saqueo de 1204, la historia de una niña que presenció cómo violaban y asesinaban a su madre…
Cirilo hizo una mueca de dolor, y los ojos se le llenaron de lágrimas que comenzaron a resbalarle por las mejillas.
– Pero la negación de nuestra fe supone una destrucción peor todavía -prosiguió Ana, con el remordimiento de estar angustiando a Cirilo-. Si vos contáis con la luz del Espíritu Santo de Dios, que os dice lo que es correcto hacer, no podéis rechazarla de ningún modo, sea cual sea el coste. No significa simplemente la muerte, sino el infierno.
Cirilo asintió despacio.
– Sois muy sabio, Anastasio, acaso más sabio que algunos de mis propios hermanos. Y ciertamente más sabio que ese sacerdote de Roma, que posee un corazón de hielo. -Sonrió débilmente y en sus ojos brilló un destello de luz-. No hay más sabiduría que confiar en Dios. -Hizo la señal de la cruz, de forma llamativa al estilo ortodoxo, y a continuación se recostó sobre las almohadas y se quedó dormido, todavía con una suave sonrisa en la cara.
La vez siguiente que fue a verlo estaba despierto y febril, y los dedos le temblaban tanto que le costaba sostener la taza que contenía la infusión de hierbas. Ana tuvo que rodear ésta con sus propias manos para ayudarlo. Había llegado el momento de ofrecerle el reconstituyente de Zoé. Por regla general no administraba más hierbas que las que traía y mezclaba ella misma, pero ya había probado con todo lo demás que tenía. Le dijo al enfermo que iba a prepararle otro brebaje con otra cosa que le enviaba Zoé Crysafés, y lo dejó en compañía del joven monje. Cuando volvió tenía cara de cansado, de modo que le ofreció la nueva bebida.
– Puede que tenga un sabor amargo -le advirtió-. Yo mismo la he probado, y Zoé también, pero fue con vino, y ya sé que vos no querréis eso.
Cirilo negó con la cabeza.
– Vino, no. -Alargó la mano para tomar la taza y Ana se la dio. Nada más dar un sorbo, torció la boca en un gesto de rechazo-. Es muy desagradable -dijo con pena-. Por una vez quisiera… -De pronto se interrumpió bruscamente, pálido y con los ojos muy abiertos. Lanzó una exclamación ahogada y se aferró la garganta luchando por respirar.
– ¡Es veneno! -chilló aterrorizado el joven monje-. ¡Lo habéis envenenado! -Al instante se levantó y corrió hacia la puerta-. ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Cirilo ha sido envenenado! ¡Venid, aprisa!
En el pasillo se oyeron pisadas de pánico. El joven monje seguía vociferando. Frente a ella Cirilo intentaba respirar, con los ojos desorbitados y la piel desprovista de todo vestigio de color y adquiriendo ya un tono azulado a causa de la asfixia.
¡Pero si ella había bebido exactamente lo mismo! Había visto cómo Zoé lo sacaba de aquella misma bolsita de seda, y a Cirilo no le había administrado más que un pellizco. Ella no había notado ningún amargor, claro que lo había ingerido con vino e inmediatamente después había comido pastelillos de miel.
¿Sería eso? ¿El vino? ¿Sabía Zoé que Cirilo no iba a querer beberlo?
Se levantó de un salto y corrió hacia la puerta.
– ¡Vino! -chilló casi a la cara del monje que estaba a escasa distancia de ella-. ¡Traedme vino y miel, de inmediato! ¡Ahora mismo, por su vida!
– ¡Lo habéis envenenado! -la acusó el monje con las facciones contraídas por el odio.
– ¡No he sido yo! -Ana dijo lo primero que le pareció lógico-. ¡Ha sido el romano! No os quedéis ahí como un idiota, id a buscar vino y miel, ¿o es que queréis que muera?
Aquella acusación lo reavivó. Giró sobre sus talones y echó a correr pasillo abajo levantando eco con sus sandalias en la piedra.
Ana esperó atenazada por el pánico, volvió a entrar en la celda e incorporó a Cirilo en un intento de facilitarle la respiración, pero parecía tener la garganta cerrada y el pecho hinchado en el esfuerzo de llenar los pulmones. Cada áspera inspiración que hacía se antojaba interminable, larga y pavorosa.