Выбрать главу

– ¿Es eso el cielo? -preguntó Ana impulsivamente-. ¿Es el cielo aprender infinitamente, y amar? ¿Era eso lo que buscaba vuestro amigo?

– Veo que os interesáis por él -repuso Juan en tono suave. No era del todo una pregunta, sino más bien una constatación-. ¿Era amigo vuestro? ¿Pariente? No tenía hermanos, me dijo, pero sí una hermana. Y que era médico, y de gran talento.

Ana se alegró de que no pudiera ver las lágrimas que le habían acudido a los ojos.

Justiniano había hablado de ella, incluso allí, con Juan Láscaris. Tragó el nudo que se le había formado en la garganta.

– Era un pariente -contestó. Necesitaba decirle toda la verdad que le fuera posible y reivindicar el vínculo que sentía tan íntimamente-. Pero lejano.

– Era un Láscaris -dijo Juan en tono sereno, pronunciando aquel apellido como si el hecho de oírlo le inspirase afecto-. Dejó para siempre de venir. Temo que se viera implicado en algo peligroso. Hablaba de Miguel Paleólogo y de una unión con Roma, y de que él deseaba salvar Constantinopla sin el derramamiento de sangre de una guerra ni la corrupción que entraña la traición, pero que iba a ser casi infinitamente difícil.

Juan Láscaris frunció el ceño. Las arrugas que se le formaron en la frente revelaron con más profundidad las otras arrugas de sufrimiento que había en su rostro.

– Le sucedió algo, ¿no es así? -preguntó en tono calmo.

No había posibilidad de mentirle.

– Sí, pero no sé con seguridad el qué* Estoy intentando averiguarlo. Asesinaron a Besarión Comneno, y Justiniano estuvo implicado, al ayudar al hombre que lo mató. Ahora está exiliado en Judea.

Juan dio un largo suspiro cargado de pena y cansancio infinito.

– Lo siento mucho. Si tuvo algo que ver con eso, entonces es que no encontró lo que estaba buscando. Ya me di cuenta la última vez que estuvo aquí. Estaba distinto, se le notaba en la voz. Una desilusión.

– ¿Desilusión? -preguntó Ana acercándose un poco-. ¿Con la Iglesia… o con otra cosa?

– Mi querido amigo -respondió Juan sacudiendo la cabeza levemente de un lado al otro-, Justiniano buscaba respuestas a preguntas nacidas de su necesidad y su soledad, él quería razones que dieran sentido a nuestro entendimiento. Él habría sido un emperador mejor que Besarión Comneno, y creo que era consciente de ello. Pero el trono no lo habría convertido en un hombre mejor. No estoy seguro de si también comprendía eso.

¡Emperador! ¿Justiniano? Juan debía de estar equivocado.

– Pero él amaba a la Iglesia -insistió Ana-. ¡Habría luchado por ella!

– Oh, desde luego -coincidió Juan-. Ansiaba continuar dentro de ella, preservar el sitio que le correspondía, sus rituales, su belleza, y por encima de todo su identidad.

A Ana le vino una idea nueva a la mente.

– ¿Lo bastante para morir por ella?

– A eso no puedo responderos -dijo Juan-. Ningún hombre sabe por qué va a morir, hasta que le llega el momento. ¿Sabéis vos por qué estaríais dispuesto a morir, Anastasio?

Ana se quedó desconcertada. No tenía respuesta.

Juan sonrió.

– ¿Qué queréis vos de Dios? ¿Y qué creéis que quiere Él de vos? Yo le pregunté esto mismo a Justiniano, y no me contestó. Supongo que aún no sabía en qué creer.

Acabáis de decir que amaba a la Iglesia -contestó Ana en voz baja-. ¿Por qué a la ortodoxa, y no a la romana? La romana también posee belleza, y fe, y ritual. ¿En qué creía él, para estar dispuesto a pagar un precio tan alto con tal de conservarlo?

– Nos encanta caminar por una senda conocida -repuso Juan con sencillez-. A ninguno nos gusta que nos digan qué debemos pensar o hacer, que un desconocido venido de otra tierra y que habla otra lengua nos imponga su voluntad.

– ¿Y eso es todo?

– Eso es mucho -replicó Juan con una sonrisa de cansancio-. En la vida no hay muchas certezas, no hay muchas cosas que no cambien, se marchiten, nos engañen o nos decepcionen en un momento o en otro. Las santidades de la Iglesia son las únicas cosas que conozco. ¿Acaso no son cosas por las que merece la pena vivir, o morir?

– Sí-respondió Ana de inmediato-. ¿Encontró Justiniano eso mismo… por lo menos esa esperanza?

– No lo sé -contestó Juan con acento triste y teñido de soledad-. Pero lo echo de menos. -Parecía cansado, su voz había perdido fuerza, las cuencas vacías de sus ojos parecían más hundidas aún.

– Estoy haciendo todo lo que está en mi mano para demostrar que fue acusado injustamente -dijo Ana en un impulso-. Si lo consigo, tendrán que perdonarlo, y regresará.

– ¿Sois primo de un primo? -Juan le sonrió.

– Y amigo -añadió ella-. Pero no quisiera cansaros. -Se puso de pie, asustada de sentirse tentada a delatarse de manera irreparable.

Juan alzó una mano para darle la antigua bendición.

– Que Dios guíe vuestro camino en las tinieblas y alivie vuestra soledad en el frío de la noche, Ana Láscaris.

Ana sintió una oleada de calor que le inundó súbitamente el rostro, en cambio fue agradable, a pesar de todo el miedo que tendría que embargarla. Juan la había reconocido y la había llamado por su nombre. Durante largos momentos, maravillosos y terribles, fue ella misma.

Se inclinó y le tocó la mano con suavidad, en un gesto totalmente femenino. Seguidamente dio media vuelta y se dirigió a la puerta. En el instante mismo en que la traspusiera, volvería a adoptar su papel.

Cuando hubo regresado del largo viaje a Nicea, un trayecto que realizó sin hablar con Vicenze, a excepción de lo imprescindible que imponía la cortesía, fue a ver a Zoé.

Se vieron en la misma habitación de siempre, la de la cruz de oro en la pared y las magníficas vistas, y se encaró con Zoé luciendo una sonrisa, saboreando el instante.

– ¿Pudisteis salvar al buen Cirilo? -preguntó Zoé, cuyos ojos color topacio brillaban con demasiada fuerza para disimular su ansiedad y las extrañas y poderosas emociones contrarias que la agitaban por dentro.

– En efecto -contestó Ana sin alterar el tono de voz-. Es posible que aún viva muchos años.

Hubo un destello en los ojos de Zoé.

– Tengo entendido que el legado, Vicenze, ha viajado con vos. ¿Tuvo éxito en su propósito? Ana elevó las cejas.

– ¿Qué propósito?

– ¡Su misión no era únicamente acompañaros a vos! -exclamó Zoé, controlando a duras penas su genio.

– Oh, tuvo una audiencia con Cirilo -repuso Ana con toda naturalidad-. Por supuesto, yo no estuve presente en ella. El pobre Cirilo se sintió muy enfermo después, y toda mi atención estuvo concentrada en socorrerlo.

En la mirada de Zoé ardía la furia. Por primera vez sus planes eran desbaratados por Ana. De repente se enfrentaron de igual a igual.

Ana sonrió.

– Entonces fue cuando di a Cirilo las hierbas que tan atentamente me proporcionasteis vos.

Zoé hizo una inspiración profunda y exhaló el aire despacio. En aquel momento algo cambió en ella, supo que había sido engañada.

– ¿Y le fueron de ayuda? -preguntó, sabiendo de sobra la respuesta.

– Al principio no -le dijo Ana-. De hecho, los efectos fueron de lo más desagradable. Incluso llegué a temer por su vida. Entonces recordé que cuando vos y yo tomamos esas hierbas las acompañamos con vino. Aquello lo cambió todo. -Sonrió, sosteniendo la mirada de Zoé sin pestañear-. Os estoy agradecido por vuestra previsión. Le expliqué al abad lo que había sucedido exactamente. No quisiera que un hombre tan santo imaginara que vos habíais intentado envenenar al pobre Cirilo. Eso sería espantoso.

La expresión de Zoé se petrificó igual que el mármol blanco, y su dominio de sí misma fue tal que no reveló ni furia ni alivio. Luego surgió en ella algo sumamente notable, durante un solo segundo, pero tiempo suficiente para que Ana se diera perfecta cuenta de lo que era: admiración.