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– Cuan amable por vuestra parte -dijo en voz baja-. No lo olvidaré.

CAPÍTULO 30

Vicenze regresó a su casa de mal humor.

– ¿Qué tal vuestro viaje a Bitinia? -le preguntó Palombara.

– Inútil -saltó Vicenze-. Únicamente fui porque era mi sagrado deber intentarlo. -Lanzó a Palombara una mirada malévola, levemente suspicaz de lo que éste pudiera saber o adivinar-. Uno de los dos ha de hacer algo para doblegar a este pueblo tan obstinado, o dejarle espacio para que se condene él solo sin remedio.

– Así pues, hagamos lo que hagamos, estaremos justificados. -Palombara se asombró del resentimiento con que dijo aquello.

– Exacto -corroboró Vicenze-. Ha sido un último intento.

– ¿El último?

Vicenze enarcó las cejas, y en el frío de sus ojos se vio un brillo de satisfacción.

– La semana próxima regresamos a Roma. ¿Lo habíais olvidado? -Claro que no -respondió Palombara.

De hecho había pensado que faltaba un poco más. Había estado reflexionando con cierto nerviosismo sobre qué iba a decirle al Papa, en qué términos iba a explicarle las razones por las que no habían logrado recabar más apoyos para el acuerdo. Había llegado al punto de creer firmemente que Miguel podría conducir a su pueblo de tal forma que diera suficientemente la impresión de que se había consumado la unión con Roma y que se podía ocultar el hecho de que existiera un cierto grado de independencia. Las personas siempre sostendrían creencias diferentes según el lugar, la clase social y el nivel de riqueza, de cultura o de necesidad emocional. Pero no creía que el Papa Juan se sintiera muy complacido con ello. Era una respuesta eminentemente práctica, pero no una victoria política.

CAPÍTULO 31

Pocos días después, Ana acudió a un percance que había tenido lugar en la calle. Un anciano había tropezado y se había hecho una herida importante. Ana estaba inclinada sobre él, examinándole la pierna, cuando de pronto se produjo un tumulto entre el grupo de gente que se había congregado y un joven sacerdote, con el rostro ceniciento, se abrió paso a codazos apartando a todo el mundo y llamándola a voces.

– ¿Es una urgencia? -preguntó Ana sin levantar la vista-. Este hombre ha sufrido un golpe muy fuerte y necesita que…

– Sí, puede que lleguéis demasiado tarde. -El sacerdote la agarró por el brazo y la obligó a incorporarse-. Está desangrándose. Le han arrancado la lengua.

– Llevadlo a su casa -dijo, señalando al anciano-. Dadle bebidas calientes y abrigadlo bien. Yo tengo que irme.

Ana tomó su bolsa y permitió que el sacerdote se la llevara consigo casi tirando de ella. Doblaron la esquina y subieron por una callejuela hasta una pequeña vivienda que tenía la puerta abierta y por la que salían toses y gemidos de pánico y angustia.

La escena que encontró era horrenda. Había un hombre arrodillado en el suelo, sangrando profusamente por la boca. La sangre iba formando un charco de color escarlata en las baldosas y le empapaba las manos, los antebrazos y la parte delantera de la túnica. Boqueó, tosió de nuevo, y volvió a expulsar otra bocanada de sangre. Tenía la cara grisácea debido al dolor y al miedo, y los ojos fijos. A su alrededor había otros tres monjes que permanecían impotentes, sin saber qué hacer.

Ana dejó su bolsa y le arrebató a uno de ellos el paño que tenía en la mano, le echó una mirada rápida para cerciorarse de que estaba limpió y corrió hacia el hombre que estaba en el suelo. Alguien dijo que se llamaba Nicodemo.

– Puedo ayudaros -le dijo en tono firme, rezando para que Dios permitiera que así fuera-. Voy a detener la hemorragia, y así no os ahogaréis. Tendréis que respirar por la nariz. Puede que os resulte difícil, pero podréis hacerlo. No os mováis y dejadme que apriete aquí. Va a doleros, pero es necesario.

Y antes de que él pudiera impedirlo, Ana lo rodeó con un brazo. Uno de los monjes comprendió de pronto lo que Ana pretendía hacer, y acudió en su ayuda. Entre los dos sujetaron al herido, mientras Ana le abría un poco más la boca e introducía el paño presionando con todas sus fuerzas contra lo que le quedaba de lengua.

Debió de causarle un dolor tremendo, pero tras las primeras sacudidas y convulsiones se quedó tan quieto como le fue posible.

Empleando un tono de voz sereno, Ana ordenó a los otros monjes y al sacerdote que la había hecho venir que fueran a buscar más paños limpios, que abrieran su bolsa y sacaran determinadas hierbas y líquidos que había en pequeñas ampollas, y también las agujas quirúrgicas y los hilos de seda. Indicó a dos de ellos que trajeran agua y limpiaran la sangre de las baldosas.

En ningún momento dejó de presionar sobre la lengua del herido, en un desesperado intento de impedir que muriera desangrado, se ahogara con la sangre o se asfixiara por no poder insuflar aire a sus pulmones.

Cambió el paño empapado de sangre por otro, sin dejar de sujetar al herido con el brazo izquierdo. Oía a su alrededor el murmullo rítmico de las plegarias, y deseó poder sumarse a ellas.

Por fin, al cabo de más de media hora, retiró el paño con gran cuidado y decidió que, si se daba prisa, podría coser la herida y sellar los vasos lo bastante para quitar el paño de manera permanente.

Fue una tarea laboriosa bajo la luz parpadeante de las velas, y Ana era muy consciente del dolor que debía estar causando al herido, al cual, a diferencia de otros pacientes, no podía dar de beber ninguna hierba que atenuase la sensación. La boca y la garganta eran una masa de carne hinchada y roja, terriblemente mutilada, pero lo único en que tuvo tiempo de pensar fue en salvarle la vida para que no muriera desangrado. Trabajó lo más rápidamente que pudo, cosiendo, tirando, anudando, cortando, empapando, todo el tiempo con demasiada sangre y en medio de un dolor que casi se palpaba en el aire.

Por fin concluyó la operación y limpió toda la sangre residual. Lavó la cara al herido con suma delicadeza, mirándolo a los ojos, teniendo presente que, aunque no iba a poder hablar nunca más, sí podía oírlo todo. Cogió varias hierbas medicinales y se las enseñó a todos al tiempo que les iba diciendo cuándo y cómo había que utilizarlas, y en qué proporciones.

– Además, debéis mantener húmedos los labios y la boca -instruyó-. Pero no toquéis aún la herida, sobre todo con agua. Si lo admite, dadle a beber un poco de vino con miel, pero con mucho cuidado. No dejéis que se atragante.

– ¿Y de comer? -preguntó alguien-. ¿Qué puede comer?

– Gachas. Tibias, nunca calientes. Y sopas. Ya aprenderá a masticar y a tragar como es debido, pero hay que darle tiempo. -Esperaba que fuera cierto, no tenía experiencia con mutilaciones como aquélla.

– Os estamos muy agradecidos -dijo de corazón el sacerdote que la había ido a buscar-. Tendremos vuestro nombre presente en todas nuestras oraciones.

Ana se quedó con ellos toda la noche, vigilando, escuchando las voces que procuraban tranquilizarse unas a otras y hacer acopio de valor para lo que sabían que los aguardaba, quizás a todos ellos. Nicodemo había sido el primero, pero no iba a ser el último.

– ¿Quién ha hecho esto? -preguntó, temiendo la respuesta.

Los monjes se miraron unos a otros y después a ella.

– No sabemos quiénes eran -contestó uno-. Actuaban con el permiso del emperador, pero los mandaba un extranjero, un sacerdote romano de cabello claro y ojos parecidos al mar en invierno. -Respiró despacio, y bajó todavía más el tono de voz-. Tenía una lista.

Ana sintió que la recorría un escalofrío que pareció robarle toda la fuerza del cuerpo. Se equivocó al dudar de Constantino, tuvo demasiados miramientos, fue demasiado cobarde de espíritu para reconocer la verdad porque no deseaba ensuciarse las manos. Se sintió avergonzada de haber sido tan obtusa.