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La fe exigía un precio muy alto: fe en Dios, en la luz y en la esperanza. La crucifixión era brutal. Se sintió enferma sólo de imaginarla, de pensar en cómo tenía que ser realmente la lucha por respirar, el dolor insufrible en el vientre, en las caderas y en todos los músculos del cuerpo, el terror extremo. ¿Por qué las efigies suavizaban la crucifixión, como si Cristo no hubiera sido humano como todos, como si el agudo horror que sufrió Él hubiera sido diferente? La respuesta era obvia: para huir de tener que saber todo aquello, porque así nos resultaba más fácil traicionarlo.

Luego, la invadió una curiosa sensación de paz al pensar que se había equivocado al juzgar a Constantino, que además de equivocarse había demostrado ser ignorante y superficial. Se sintió aplastada por la penitencia. Todos iban a tener que luchar, iban a tener que hacer uso de unas armas que iban a herirlos también a ellos, además de al enemigo. Pero el conflicto que se agitaba en su interior había cesado, y en su lugar había dejado un amplio remanso de paz y tranquilidad.

La llamaron una segunda vez para que fuera a atender a otros monjes que habían sido torturados, pero ninguno le causó el mismo terror que le había causado el primero.

No salvó a todos. Hubo ocasiones en las que lo único que pudo hacer fue mitigar el violento dolor, permanecer al lado del herido en sus últimos momentos. Nunca era suficiente.

Odiaba que le dieran las gracias, aceptar la gratitud de las gentes incluso aunque fracasara. No se sentía valiente. Le entraban ganas de escapar, pero las pesadillas que sufriría para siempre, si abandonase a un moribundo, habrían sido peores que todos los horrores que pudiera ver cuando estaba despierta.

Una noche la pasó dando vueltas en su cama, y varias veces se despertó jadeando, con la cara húmeda por el llanto y sintiendo un escozor en los pulmones.

Saltó de la cama y se puso de rodillas para rezar.

– Padre, ayúdame, enséñame. ¿Por qué permites que suceda esto? Son hombres buenos, pacíficos, que intentan con toda su alma y todas sus fuerzas, todas las horas del día, servirte. ¿Por qué no puedes ayudarlos? ¿O es que no te importa?

Nada le respondió salvo el silencio, vacío como la noche. Si había estrellas auténticas, no meros sueños y fantasía, se encontraban infinitamente fuera de nuestro alcance.

Hubo una ocasión en que escapó por poco de los hombres del emperador cuando éstos irrumpieron en la casa, y ella huyó, sacada medio a rastras por la puerta de atrás por otros que se oponían con la misma vehemencia a la unión con Roma. Estaban dispuestos a perder sus casas y sus posesiones para rescatar a los monjes que todavía predicaban en contra de la unión y que estaban convirtiéndose en mártires por su fe.

Corrió con ellos a través de la lluvia y el viento, chapoteando en los regatos de agua descendían de los canalones, tropezando con muros ciegos y saltando escalones a oscuras. Tiraban de ella, alguien cargaba con su bolsa y sus instrumentos. Tenía escasa idea de quiénes eran, tan sólo sentía gratitud por el valor que demostraban.

Cuando por fin irrumpieron en una habitación silenciosa en la que había una anciana sola, junto a la chimenea, Ana vio a la luz de las antorchas que eran tres, dos hombres y una mujer joven de melena larga y mojada.

– Debéis tener más cuidado -jadeó la mujer luchando por respirar-. Habéis acudido a atender demasiados casos de éstos. Ya os conocen.

– ¿Por qué yo? ¿Quién me conoce? -preguntó, luchando contra la verdad.

– El obispo Constantino -respondió el otro-. La gente sabe que sois su médico y que le habéis prestado ayuda con los pobres.

Nadie dijo nada más. Por supuesto que era Constantino la mano que actuaba en aquellos rescates, las medicinas, toda la resistencia de la masa de gente común. Había sido él quien luchó para que Justiniano fuera exiliado en vez de ejecutado por su implicación en el asesinato de Besarión. Todos luchaban por la misma causa: la supervivencia de la fe, la vida, la existencia de Bizancio y la libertad de adorar a quien ellos juzgaran correcto.

Ana fue a ver a Constantino en la quietud de su casa, en la galería donde colgaba su icono favorito.

– Quiero daros las gracias -dijo sencillamente, hambrienta y dolorida, todavía agotada físicamente por la pérdida sufrida y la fuga de la noche anterior, por el amargo fracaso que supuso todo ello-. Daros las gracias por todo lo que hacéis, por tener el coraje de guiarnos, de sostener en alto la luz para que podamos ver el camino. La verdad es que no sé con cuánta pasión defiendo una fe más que otra, un credo sobre la naturaleza de Dios y del Espíritu Santo, pero sé con absoluta seguridad que me preocupa el amor a la humanidad que Cristo nos enseñó. Sé con todo mi corazón que eso se merece todo lo que podamos pagar a cambio. Por ello vale la pena vivir y morir. Sin ello, al final las tinieblas lo engullen todo.

Transcurrieron unos instantes de denso silencio, durante los cuales Ana se percató de lo que había dicho.

– Si el infierno no fuera tan hondo como para desgarrarnos el alma, el paraíso no podría ser tan alto. ¿Habríamos de desear que Dios hiciera descender el paraíso? -Ana hizo una inspiración profunda al ver que el obispo alzaba la cabeza e interrumpía su actitud orante para mirarla-. ¿Podría hacer eso, y seguir siendo Dios? -preguntó, aunque podría haberse respondido ella misma.

Constantino no dijo nada, sólo hizo en el aire la señal de la cruz.

Pero no importó, Ana no necesitaba que le contestase.

CAPÍTULO 32

Helena estaba indispuesta por culpa de una dolencia leve pero embarazosa que prefería que le tratase Ana, en lugar del médico al que solía llamar.

Eran las primeras horas de la tarde, y Simonis despertó a Ana, que había aprovechado para descansar un rato. Estaba agotada de curar a los mutilados y los agonizantes, y la primera reacción instintiva que tuvo cuando Simonis le dijo que Helena la había mandado llamar fue de rechazo. ¿Cómo iba a seguir mostrando una paciencia infinita con una leve irritación de la piel, cuando había hombres que estaban siendo torturados hasta la muerte?

– Es la viuda de Besarión -dijo Simonis en tono cortante, mirando a Ana a la cara-. Ya sé que estás cansada. -Su voz se suavizó, pero aún conservaba un tono de apremio y de miedo-. Llevas varias semanas sin dormir como es debido, pero no puedes permitirte el lujo de rechazar a Helena Comnena. Conoció a Justiniano -pronunció su nombre con dulzura- y a sus amigos. -No quiso añadir nada más, pero lo que calló quedó flotando en el aire.

Helena recibió a Ana en una estancia suntuosa, contigua a su alcoba. Los murales se habían renovado, y ahora eran mucho más eróticos de lo que habría permitido Besarión. Ana ocultó una sonrisa.

Helena estaba vestida con una túnica suelta. Tenía un desagradable sarpullido en los brazos. Al principio se mostró asustada y muy cortés; pero más adelante, cuando las hierbas medicinales y los consejos empezaron a surtir efecto, perdió la preocupación y volvió a aflorar su arrogancia natural.

– Todavía me duele -dijo Helena apartando el brazo.

– Todavía os dolerá un poco más de tiempo -le dijo Ana-. Debéis llevar la pomada siempre puesta, y tomar las hierbas al menos dos veces al día.

– ¡Son asquerosas! -exclamó Helena torciendo el gesto-. ¿No tenéis algo que no sepa como si quisierais envenenarme?

– Si quisiera envenenaros, utilizaría algo que fuera dulce -replicó Ana con una ligera sonrisa.

Helena palideció. Ana se percató y su interés se agudizó. ¿Por qué Helena había mencionado el veneno con tanta facilidad? Desvió la mirada y permitió que la seda de la túnica de Helena cayera de una manera más modesta.

– ¿De verdad tenéis idea de lo que estáis haciendo? -le espetó Helena.

Ana decidió arriesgarse.

– Si estáis preocupada -sugirió-, conozco a otros médicos que podrían conveniros mejor. Y estoy segura de que Zoé conoce a muchos más.