Выбрать главу

Helena tenía la mirada dura y llameante, y las mejillas enrojecidas. Tragó saliva como si tuviera algo áspero en la garganta.

– Disculpadme, he hablado de manera precipitada. Vuestra destreza es más que suficiente. Es que no estoy acostumbrada al dolor.

Ana mantuvo los ojos bajos por si Helena advertía en ellos el desprecio que sentía.

– Hacéis bien en mostrar cierta aprensión -dijo en tono pausado-. Estas cosas, si no se tratan rápidamente, pueden transformarse en algo muy grave.

Helena tomó aire con un leve siseo.

– ¿De veras? ¿Cómo de rápidamente?

– Como habéis hecho vos. -Ana había exagerado el peligro-. He traído otra hierba que os vendrá bien, pero, si queréis, me quedaré con vos para que, si surte un efecto distinto del deseado, pueda administraros el antídoto. -Aquello era una pura invención, pero iba a llevar un poco de tiempo sacar a colación los temas que deseaba explorar.

Helena tragó saliva.

– ¿Qué efectos? ¿Me pondré enferma? ¿Vomitaré?

– Os desmayaréis -dijo Ana, pensando en algo que no fuera demasiado angustioso-. Puede que sintáis un cierto sofoco, pero pasará enseguida si os doy la hierba que lo contrarresta. No debéis tomarla a menos que sea necesario. Yo me quedaré con vos.

– ¡Y me cobraréis de más, sin duda! -saltó Helena.

– Por la hierba, no por el tiempo empleado.

Helena reflexionó durante unos segundos y al final aceptó. Ana mezcló varias hierbas y ordenó que las remojaran en agua caliente. Tendrían un efecto relajante, bueno para la digestión. Calmó su conciencia diciéndose que estaba cumpliendo su juramento, que si bien no estaba haciendo ningún bien, al menos no estaba causando daño.

Helena vio que Ana recorría los murales con la vista.

– ¿Os gustan? -le preguntó.

Ana respiró hondo.

– Son singulares -contestó-. Nunca he visto nada igual. -En vivo, supongo que queréis decir -observó Helena con tono de burla.

Ana sintió deseos de decirle que en una ocasión había atendido a pacientes de un burdel y que había visto cosas parecidas a aquéllas, pero no podía permitirse ese lujo.

– No -contestó apretando los dientes.

Helena lanzó una carcajada.

La criada regresó con las hierbas remojadas en una copa. Helena bebió un sorbo.

– Están amargas -señaló, mirando a Ana por encima del borde de la copa.

Ana ya no podía retrasarlo más.

– Deberíais cuidaros -dijo, procurando poner cara de preocupación-. Habéis sufrido mucho. -Con un ligero sobresalto, cayó en la cuenta de que, hasta donde ella sabía, aquello podía ser verdad.

Helena intentó disimular su sorpresa, pero sin conseguirlo del todo.

– Mi esposo fue asesinado -confirmó-. Naturalmente, no ha sido fácil.

Mientras la observaba, Ana se dijo que era perfectamente posible que Helena hubiera ayudado a perpetrar el asesinato, pero ocultó su asco detrás de una expresión de preocupación.

– Tuvo que ser terrible. ¿Acaso no lo asesinaron unos hombres que vos considerabais amigos suyos, y vuestros?

– Sí -contestó Helena despacio-. Eso fue lo que pensé.

– Lo siento mucho -murmuró Ana-. No quiero ni imaginar lo que debe de haber sido para vos.

– No podéis -corroboró Helena. Por su semblante cruzó una sombra que pudo ser de desdén, o tal vez un movimiento de la luz-. Justiniano estaba enamorado de mí, ¿sabéis? Ana tragó saliva.

– Ah, ¿sí? Tenía entendido que era Antonino, pero a lo mejor lo he entendido mal. No era más que un chismorreo. Helena no se movió.

– No -negó-, Antonino me admiraba, quizá, pero eso no se puede considerar amor, ¿no? -No lo sé -mintió Ana. Helena sonrió.

– No lo es. Es un apetito. ¿Sabéis a qué me refiero? -Volvió la cabeza y recorrió a Ana con la mirada-. Es un modo eufemístico de llamar a la lujuria, Anastasio.

Ana bajó los ojos para impedir que Helena leyera en ellos.

– ¿Os estoy turbando? -preguntó Helena con evidente placer.

Ana deseaba fervientemente contraatacar, gritarle a la cara que no, que sentía repugnancia por su avaricia, sus manipulaciones y sus mentiras, pero no podía permitírselo.

– Os estoy turbando -dedujo Helena con regocijo-. Pero vos no conocisteis a Antonino. Era apuesto, en cierto modo, pero carecía de la profunda personalidad de Justiniano. Él era extraordinario… -Dejó la frase sin terminar, una sugerencia infinita.

– ¿Eran amigos? -inquirió Ana.

– Oh, sí, en muchas cosas -repuso Helena-. Pero a Antonino le gustaban las fiestas, la bebida, los juegos, los caballos, esas cosas. Era muy amigo de Andrónico, el hijo del emperador, aunque tal vez no tanto como Isaías. Justiniano también era un jinete excelente, pero poseía más inteligencia. Leía de todo. Le gustaban la arquitectura, los mosaicos, la filosofía, las cosas hermosas. -En su rostro apareció un gesto de pesar, momentáneo pero muy sentido.

Ana también se sintió conmovida. Experimentó un sentimiento de lástima y también de cercanía hacia Helena, en aquel instante fue como si ambas estuvieran unidas por la aflicción, y a lo mejor así era.

Pero al momento aquella sensación se quebró.

– Tenéis razón -dijo Helena con voz ronca-. He sufrido. Mucho más de lo que piensa mucha gente. Debéis cuidar de mí. No pongáis esa cara de consternación, sois un buen médico.

Ana hizo un esfuerzo para centrar de nuevo la atención en el momento presente.

– No sabía que Justiniano estaba enamorado de vos -dijo. Su propia voz le sonó artificial. Recordó que Constantino había dicho que Justiniano se sentía asqueado por las insinuaciones de Helena y la rechazó. ¿Sería ésa la verdad?-. Debéis de echarlo de menos -agregó.

– Así es -confirmó Helena con una sonrisa breve e imposible de interpretar, como no fuera que con ella pretendía enmascarar otra cosa. Ana era un sirviente y un eunuco; ¿por qué iba Helena a desvelarle nada sin necesidad?

– Y también a vuestro esposo -añadió Ana juiciosamente.

Helena se encogió de hombros.

– Mi esposo era muy aburrido -dijo-. Siempre estaba hablando de religión y de política, y se pasaba la mitad del tiempo fuera de casa, con ese maldito obispo.

– ¿Con Constantino? -dijo Ana con sorpresa.

– Naturalmente que con Constantino -saltó Helena. Miró la copa que sostenía en la mano-. Esto es asqueroso, pero no me está sentando mal. No es necesario que os quedéis -la despidió-. Volved dentro de tres días. Entonces os pagaré.

Ana regresó, y llevaba allí sólo diez minutos con Helena cuando anunciaron otra visita, la de Eulogia Muzakios. Helena no tenía más remedio que invitarla a pasar en cuanto estuviera vestida o permitir que Eulogia supiera que había un médico presente, o, más peligroso aún, algún otro visitante al que no quería que conociera Eulogia.

– Si os atrevéis a decirle que habéis venido a tratarme de alguna enfermedad, me encargaré de que no volváis a trabajar nunca -rugió con el rostro encendido-. ¿Me habéis entendido?

– Es mucho más sensato decir que os habéis torcido un tobillo -aconsejó Ana-. Vuestra visitante percibirá el olor del ungüento que flota en el aire. Yo no os llevaré la contraria.

Helena se estiró la túnica y no se molestó en contestar.

Unos momentos más tarde entró Eulogia trayendo en las manos unas frutas con miel a modo de obsequio. Era una mujer elegante, rubia y más bien delgada, un poco más alta que Helena. Había en ella algo que a Ana le resultó familiar y la dejó perpleja. Buscó el nombre en su memoria, pero no dio con él.

– Mi médico -dijo Helena indicando a Ana con la mano después de saludar a su invitada-, Anastasio. -Esbozó una ligera sonrisa, con infinita condescendencia. Había dicho el nombre para que Eulogia reconociera a Ana instantáneamente como un eunuco, una criatura femenina con nombre masculino y totalmente carente de sexo.