Eulogia miró fijamente a Ana por espacio de unos instantes y después desvió el rostro y se puso a conversar con Helena como si Anastasio fuera un criado.
En aquel momento Ana la reconoció. Eulogia era la hermana de Catalina. Se habían visto varias veces en Nicea, años atrás, cuando Catalina todavía vivía. No era de extrañar que al principio Eulogia se hubiera sentido turbada por los recuerdos.
Empezó a sudar, la respiración se le hizo entrecortada y comenzaron a temblarle las manos. Debía vigilar cada gesto. Nada debía recordar a la hermana de Justiniano. No había terminado de dar instrucciones a Helena, la cual se enfadaría si se marchaba. Estaba atrapada en aquel lugar, prisionera de la obligación y de las circunstancias.
Helena percibió su incomodidad y sonrió. Se volvió a Eulogia y le dijo:
– Toma un poco de vino y unos higos. Son muy buenos, los han secado muy rápidamente para que retengan todo su jugo. Has sido muy amable al venir a verme.
Ordenó al criado que trajera algo de beber, incluida una copa para Ana. Al parecer, aquella situación la divertía.
Ana estudió la posibilidad de rechazar la oferta. Eulogia la estaba mirando, nuevamente con una expresión de desconcierto en la cara. Ana no se atrevió a dejar que Helena creyera que la asustaba quedarse.
– Os lo agradezco -aceptó, devolviendo la sonrisa-. Así tendré tiempo para prepararos… las hierbas.
– ¡El ungüento! -exclamó Helena, y al instante se sonrojó, consciente de que podía haber cometido un error-. Me he torcido el pie -explicó dirigiéndose a Eulogia.
Eulogia asintió y se mostró solidaria con ella. Las dos tomaron asiento juntas y dejaron a Ana hurgando en su bolsa en busca de los utensilios que necesitaba.
¿Cómo está Demetrio? -preguntó Eulogio.
– Bien, supongo -contestó Helena con naturalidad. Llegaron el vino y los higos. Sirvió las copas y dejó una aparte para Ana, pero sin ofrecérsela.
– Imagino que Justiniano no va a regresar -apuntó Eulogia mirando a Helena de soslayo.
Helena se permitió componer una expresión triste.
– No. Están convencidos de que estuvo profundamente implicado en el asesinato de Besarión, ¡y por supuesto que no lo estuvo! -Sonrió-. El asesino, el que fuera, ya lo intentó anteriormente, cuando Justiniano se encontraba en Bitinia, muy lejos de aquí.
Ana dejó inmóvil por unos momentos la mano con que manipulaba las hierbas. Por suerte, estaba de espaldas a la sala y ni Helena ni Eulogia podían verle el rostro.
– ¿Intentó matarlo? -preguntó Eulogia con asombro-. ¿Cómo?
– Con veneno -respondió Helena sencillamente-. No tengo idea de quién pudo ser. -Mordió un higo seco y lo masticó despacio-. Y unos meses después sufrió otra agresión, esta vez en la calle. Pareció un intento de robo, pero más tarde el propio Besarión pensó que había sido uno de sus hombres. En cambio, Demetrio los descubrió, por medio de unos amigos suyos de la guardia varega, así que parece poco probable.
Eulogia se sintió picada por la curiosidad.
– ¿Demetrio Vatatzés tiene amigos en la guardia varega? Qué interesante. Poco corriente, para un hombre que desciende de una antigua familia imperial. Pero claro, su madre Irene también es poco corriente.
Helena se encogió de hombros para quitarle importancia al asunto.
– Eso es lo que me parece que dijo. A lo mejor estaba equivocada.
Eulogia mostró preocupación.
– Eso es espantoso. ¿Qué interés podía tener nadie en hacer daño a Besarión? Era el más noble de los hombres. Helena disimuló su impaciencia.
– Lo único que sé es que siempre andaba metido en asuntos de religión, de modo que probablemente tuviera algo que ver con eso. Desde luego, Justiniano y él tuvieron fuertes enfrentamientos por dicha causa, que yo sepa en dos ocasiones, y luego Justiniano acudió a Irene. ¡Dios sabrá por qué! Después de eso, por supuesto, Besarión fue asesinado efectivamente por Antonino. Lo curioso es que yo no sabía que Antonino se preocupara tanto por la religión. ¡Era un soldado, por amor de Dios!
En aquel momento Ana se dio la vuelta llevando en las manos las hierbas y una jarrita llena de ungüento, y se las tendió a Helena.
– Oh, gracias, Anastasio -dijo Helena con gran encanto, clavando los ojos en ella-. Os pagaré mañana, cuando no esté ocupada.
Ana regresó, tal como le ordenaron, a cobrar sus honorarios.
Cuando llegó, Helena la recibió tras hacerla esperar sólo quince minutos, y casi con amabilidad. Se encontraban en la sala recién decorada, la de los murales exóticos. Iba vestida con una túnica de color ciruela que le sentaba de maravilla. Llevaba un mínimo de joyas, pero con aquella piel dorada y aquella cabellera tan hermosa no necesitaba más. La seda de su dalmática ondeó a su alrededor cuando cruzó la sala; era uno de los escasos momentos en que estaba tan bella como su madre.
– Os agradezco que hayáis venido -dijo en tono afectuoso-. Ya tengo el tobillo mucho mejor, y pienso recomendaros a todas las personas que conozco. -Sonreía, pero no hizo referencia alguna al dinero.
– Gracias -repuso Ana, tomada por sorpresa.
– Fue una rara casualidad que Eulogia viniera a verme justo cuando estabais vos aquí-siguió diciendo Helena-. Era pariente de Justiniano Láscaris, ¿lo sabíais?
Ana sintió que se ponía en tensión.
– Ah, ¿sí?
– Estuvo casado, hace algún tiempo. -El tono de voz de Helena indicaba que aquel detalle había dejado de venir al caso-. Su esposa murió. Era hermana de Eulogia. -Mientras hablaba, observaba atentamente el rostro de Ana.
Ana estaba inmóvil, incómoda. Sentía las manos torpes y parecía que le estorbaran, como si no supiese qué hacer con ellas. Tragó saliva.
– Ah, ¿sí? -Procuró dar la impresión de que aquel asunto no le interesaba, pero estaba temblando.
Helena tomó una cajita enjoyada que había sobre la mesa. Era exquisita, plata con incrustaciones de calcedonia, y estaba orlada de perlas. Ana no pudo evitar mirarla.
– ¿Os gusta? -Helena la sostuvo en alto para que Ana la viera.
– Es preciosa -respondió Ana con sinceridad.
Helena sonrió.
– Fue un regalo de Justiniano. Una imprudencia, supongo, pero, como ya os dije, me amaba. -Lo dijo con satisfacción, pero sin dejar de mirar a Ana por debajo de sus pestañas-. Que yo recuerde, Besarión me regaló muy pocas cosas. Si hubiera escogido algo, habrían sido libros o iconos, iconos oscuros, por supuesto, graves y serios. -Volvió a mirar a Ana-. Pero Justiniano era divertido, ¿sabéis? ¿O no lo sabéis? Era un poquito esquivo, uno nunca acababa de conocerlo del todo, siempre te sorprendía. Y eso me gusta.
La sensación de incomodidad de Ana iba en aumento. ¿Por qué le estaba diciendo Helena todo aquello? ¿Seguro que eran mentiras, como había dicho Constantino? Helena era bella y profundamente sensual, pero Justiniano sin duda vio que por dentro era fea, y si no lo vio de inmediato seguramente lo percibió poco después. Helena seguía dando vueltas a la cajita, cuyas perlas centelleaban bajo la luz. ¿Por qué Justiniano se había gastado tanto dinero con ella? ¿O aquello también era mentira?
Helena la observaba fijamente. En su mirada había una intensidad casi hipnotizante. La luz arrancaba destellos a la cajita, a la seda color ciruela de su dalmática, al brillo de sus cabellos.
– ¿A vos os gustan las cosas hermosas, Anastasio? -preguntó.
Sólo había una única respuesta, negarlo sería ridículo.
– Sí.
Helena arqueó sus cejas en forma de ala y la miró con los ojos muy abiertos.
– ¿Sólo «sí»? Qué poco imaginativo por vuestra parte. ¿Qué cosas hermosas? -insistió-. ¿Joyas, adornos, cristal, pinturas, tapices, esculturas? ¿O tal vez os gustan la música y la buena mesa? ¿O algo que se pueda tocar, como la seda o las pieles? ¿Qué os proporciona placer, Anastasio? -Depositó la cajita sobre la mesa y dio tres pasos en dirección a Ana-. ¿Tienen placer los eunucos? -dijo con voz queda.