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¿Era esto lo que le había ocurrido a Justiniano? Ana sintió que el sudor le resbalaba por el cuerpo y que la sangre le subía a la cara. Helena estaba intentando estimularla sexualmente para divertirse, para demostrar su poder, simplemente para saber si era capaz de hacerlo.

El aire que llenaba la estancia producía un cosquilleo, como si estuviera a punto de estallar una tormenta. Ana lo habría dado todo por escapar. Aquello era insoportable.

Los ojos de Helena recorrieron el cuerpo de Ana.

– ¿Os queda algo, Anastasio? -le preguntó en un tono dulce, no de lástima sino teñido de un interés muy definido, peculiar por lo tosco. Su mano menuda se extendió para tocar la entrepierna de Ana, donde habrían estado sus órganos masculinos, de haberlos tenido. Pero no halló nada.

Ana estaba inundada por el pánico, por una ansiedad que iba creciendo como si fuera a terminar asfixiándola. Helena la miraba con los ojos brillantes, burlones, incitantes y desdeñosos a la vez.

Ningún hombre, aun mutilado, se negaría totalmente a hablar. Y, dijera lo que dijera, tendría que ser lo que diría un hombre, no el asco que la estaba golpeando por dentro, semejante a una enorme ave atrapada en una red que pugnase por liberarse como fuera.

Helena seguía aguardando. Si la rechazaba, ella no se lo perdonaría ni lo olvidaría jamás. Estaba tan cerca, que Ana sentía sobre sí su aliento y veía como le latía el pulso en la garganta.

– El placer ha de ser mutuo, mi señora -dijo al fin, con una voz que se le bloqueó en la garganta-. En mi opinión, haría falta un hombre muy notable para complaceros.

Helena se quedó completamente inmóvil, con el semblante laxo por la sorpresa y la desilusión. Anastasio había sido amable y halagador, en cambio ella sabía que le había robado algo. Hizo un brusco gesto de fastidio y retrocedió. Esta vez fue ella la que no supo cómo responder sin delatarse.

– Tenéis vuestro dinero sobre la mesa que hay junto a la puerta -dijo con los dientes apretados-. Me aburrís. Tomadlo y marchaos.

Ana giró sobre sus talones y salió, y tuvo que hacer un esfuerzo para no echar a correr.

CAPÍTULO 33

Tras su encuentro con Helena, Ana llegó a casa con la cabeza hecha un torbellino y el cuerpo todavía tembloroso, como si hubiera sufrido una agresión física. Pasó por delante de Simonis apenas sin cruzar una palabra y se fue a su habitación. Se quitó la ropa y los rellenos y se quedó desnuda, y a continuación se lavó una y otra vez empleando una loción áspera y astringente, como si pudiera purificarse con ella, aspirando con placer su fuerte olor. Escocía, incluso hacía daño, pero era un dolor que le sentaba bien.

Volvió a vestirse con su sencilla túnica marrón dorada y su dalmática, y salió de casa sin comer ni beber. Era una suerte que Constantino estuviera en casa.

El obispo se levantó de su asiento con una expresión de ansiedad en la cara al verla llegar.

– ¿Qué ocurre? -le preguntó-. ¿Han torturado a otro monje? ¿Está muerto?

¡Aquello era absurdo! Era ridículo que estuviera obsesionada con menudencias tan triviales como la suya cuando había gente que estaba sufriendo una muerte horrible. Se echó a reír, dando rienda suelta a las carcajadas, hasta que por fin terminó sollozando.

– No -jadeó Ana al tiempo que daba unos pasos tambaleantes para ir a sentarse en la silla de costumbre-. No, no es nada, nada importante. -Apoyó los codos en la mesa y hundió la cabeza entre las manos-. Acabo de ver a Helena. He estado curándola… nada serio, sólo doloroso. Ella…

– ¿Qué? -exigió Constantino, tomando asiento enfrente. Su tono de voz era suave, pero iba teñido de cierta alarma.

Ana levantó la vista y se calmó.

– En realidad no es nada -repitió-. Vos me contasteis que se había insinuado a Justiniano, y que a él le resultó violento. -No añadió la experiencia que acababa de vivir ella, pero Constantino comprendió. Vio que su semblante se endurecía y leyó en sus ojos una expresión de lástima y asco, como si lo hubiera sentido en sus propias carnes.

– Lo siento mucho -dijo con voz muy queda-. Tened cuidado. Es una mujer peligrosa.

– Lo sé. Creo haberla rechazado con razonable elegancia, pero sé que no lo va a olvidar. Espero no tener que atenderla de nuevo, es posible que no quiera que yo…

– No confiéis en eso, Anastasio. Le divierte humillar a los demás.

Ana recordó el semblante de Helena.

– Yo creo que sabe lo que es la humillación. Me ha contado que Justiniano estaba enamorado de ella. Me ha enseñado una preciosa caja que según ha dicho fue un regalo suyo. -La imaginó mentalmente al tiempo que la describía. Era precisamente el objeto que habría escogido Justiniano, pero desde luego no para Helena.

Constantino torció la boca en un gesto de disgusto, y quizá con una pizca de compasión.

– Mentiras -dijo sin dudar-. Justiniano la despreciaba, pero estaba convencido de que Besarión era capaz de conducir al pueblo en contra de la unión con Roma, de modo que ocultó lo que sentía.

– Helena dice que tuvo un grave enfrentamiento con Besarión, muy poco antes de que lo asesinaran. ¿Eso también es mentira?

Constantino se la quedó mirando.

– No -dijo en voz muy baja-. Eso es cierto. Él mismo me lo contó.

– ¿Por qué discutieron? -preguntó Ana-. ¿Fue por Helena? ¿Justiniano le dijo a Besarión que Helena había…? Pero ¿cómo pudo decirle algo así?

– No se lo dijo. -Constantino negó con la cabeza-. El enfrentamiento no tuvo que ver con Helena. -Entonces, ¿con qué?

– No puedo decíroslo. Lo siento.

Ana sintió el impulso de protestar. Vio en la cara de Constantino que éste conocía la respuesta y que no iba a dársela.

– ¿Os lo dijo en secreto de confesión? -preguntó con voz entrecortada-. ¿Justiniano? -Esta vez sintió cómo se le enroscaba el miedo a las entrañas, semejante a una tenaza de hierro.

– No puedo decíroslo -repitió Constantino-. Si os lo dijera, traicionaría a otras personas. Hay cosas que sé, y otras que supongo. ¿Os gustaría a vos que yo desvelara cosas que guardáis en secreto en vuestra alma?

– No -respondió Ana con voz ronca-. Naturalmente que no me gustaría. Perdonad.

– Anastasio… -Constantino tragó saliva. Ana vio cómo se le movían los músculos de la garganta. Había palidecido-. Tened mucho cuidado con Helena, con todos. Hay muchas cosas que no entendéis, vida y muerte, crueldad, odio, antiguos anhelos y deudas, cosas que las personas no olvidan nunca. -Se inclinó un poco más hacia ella-. Ya han muerto dos hombres y un tercero ha sido exiliado, y eso es tan sólo una parte pequeña de lo que ocurre. Servid a Dios a vuestra manera, curad a las personas de sus males, pero dejad el resto en paz.

Discutir con Constantino era inútil, e injusto. No le había contado la verdad, así que ¿cómo iba a entenderlo? Estaban intentando llegar el uno al fondo del otro, y el obispo no lo lograba porque estaba limitado por el secreto de confesión, y ella porque no podía confiarle la verdadera razón por la que no podía dejar en paz aquel asunto.

– Gracias -dijo con voz serena-. Gracias por escucharme.

– Vamos a rezar juntos -repuso Constantino-. Venid.

Ana se encontraba en el palacio Blanquerna, acababa de atender a uno de los eunucos, que sufría una grave infección en el pecho, y había pasado la noche entera con él hasta que superó la crisis. Después la había mandado llamar el emperador, por una irritación sin importancia en la piel. Todavía estaba con él cuando llegaron los dos legados papales de Roma, Palombara y Vicenze, a los que se había concedido una audiencia y que entraron precedidos, como era costumbre, por la guardia varega. La guardia estaba siempre presente, hombres fuertes de cuerpos fuertes y fibrosos, vestidos con armadura completa. El emperador nunca prescindía de ellos, ni de noche ni de día, ni en las ocasiones formales ni en las triviales.