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– Empiezo a comprender lo poco que sé de Bizancio -dijo Palombara con calma y con un destello de risa y curiosidad en la mirada-. ¿Cómo os llamáis, por si tuviera necesidad de un médico?

Si caéis enfermo debéis llamar a uno de los vuestros -contestó Ana-. Es más probable que necesitéis un sacerdote antes que una persona que entienda de hierbas, y yo no puedo curar los pecados de un romano.

– ¿Acaso no se parecen todos los pecados entre sí? -inquirió Palombara, ya con una expresión abiertamente divertida.

– Son exactamente los mismos -repuso Ana-. Pero algunos de nosotros no los consideramos pecados, y yo soy responsable de la curación, no de dar la absolución al enfermo… ni de juzgarlo.

– ¿De juzgarlo, no? -Palombara abrió más los ojos.

Ana acusó la pulla con una mueca.

– ¿Son diferentes los pecados? -preguntó Palombara.

– Si no lo son, ¿por qué otra cosa llevan varios siglos luchando Roma y Bizancio?

Palombara sonrió.

– Por el poder. ¿No es eso por lo que luchamos siempre? -Y por el dinero -agregó Ana-. Y supongo que también por el orgullo.

– Hay pocas cosas que se le escapen a un buen médico -comentó Palombara meneando ligeramente la cabeza.

– O a un buen sacerdote -añadió ella-. Aunque el daño que causáis vos es más difícil de atribuir. Que tengáis un buen día, excelencia.

Lo dejó a un lado y descendió los escalones que llevaban a la calle.

CAPÍTULO 34

Zoé había visto el collar cuando estaba casi terminado. Había estado en el taller del orfebre, observando cómo trabajaba el metal, cómo lo calentaba despacio, cómo iba doblándolo y dándole exactamente la forma deseada. Había visto las piedras preciosas porque él las había colocado en orden a fin de fabricar la forma del engarce: topacio dorado, otro topacio claro casi como el sol de primavera, citrinos oscuros y ahumados y cuarzo casi del color del bronce. Tan sólo una mujer que tuviera el cabello del color de las hojas en otoño y un intenso brillo en los ojos podía llevar aquella joya sin quedar dominada por ella y sin parecer eclipsada en lugar de realzada.

El orfebre se sentiría muy halagado de que ella lo luciera. Mostraría a todos su talento artístico y le granjearía más clientes. Y todo el mundo querría piezas fabricadas por él.

Zoé llegó al taller a media mañana, trayendo las monedas en una pequeña faltriquera de cuero. No había querido encomendar aquel recado a Sabas, porque antes de entregar el dinero deseaba cerciorarse de que el collar estuviera perfecto. La irritó ver que ya había allí otra persona, un hombre de edad mediana y rostro hundido, con el cabello entrecano y una prematura calvicie. Tenía unas monedas en la mano; cerró los dedos sobre ellas, sonriente, y se las pasó al orfebre. Éste le dio las gracias y tomó el collar de Zoé. Lo colocó sobre una pieza de seda color marfil, lo envolvió con cuidado y se lo entregó al hombre, el cual lo cogió y se lo guardó entre los pliegues interiores de sus ropas hasta que quedó oculto por la dalmática. Dio las gracias al orfebre y seguidamente dio media vuelta y se dirigió hacia Zoé con gesto de satisfacción.

A Zoé la dominó la furia. Aquel hombre se había llevado su collar, y el orfebre lo había permitido.

Sólo cuando el hombre pasó por su lado logró reconocerlo, incluso después de todos aquellos años. Se trataba de Arsenio Vatatzés, primo de Irene por matrimonio, el jefe de la casa cuyo blasón estaba grabado en la parte posterior de su crucifijo. Fue su familia la que en 1204 robó al padre de Zoé con la promesa de ayudarlo en aquella terrible huida y después los traicionó quedándose con las reliquias, los iconos, los documentos históricos que eran puramente bizantinos. Huyeron a Egipto y los vendieron a los alejandrinos para financiarse un destierro cómodo y opulento, mientras que el padre de Zoé, terriblemente afligido, viudo y con una hija pequeña, tuvo que trabajar con sus manos para poder sobrevivir.

Ahora Arsenio era rico y había regresado a Constantinopla. Era el momento oportuno. Se volvió de espaldas, por si él pudiera reconocerla también.

Llegó a su casa con la cabeza todavía hecha un torbellino. Existían muchas maneras de lograr la perdición de una persona, pero dependían de las circunstancias, de los amigos y enemigos de dicha persona, de sus puntos fuertes; y también de sus familiares y sus amantes, de sus apetitos, los puntos débiles que podían volverlas vulnerables. Arsenio era sagaz, y por lo que parecía poseía riqueza, lo cual en aquellos días significaba poder. Los Vatatzés habían gobernado Bizancio en el exilio desde 1221 hasta 1254. Un hermano de Arsenio, Gregorio, se había casado con Irene, que también pertenecía a un linaje de la aristocracia, la dinastía de los Ducas. Tan sólo lograría sus propósitos causándoles una deshonra lo bastante clara y flagrante para que resultara incuestionable.

Pero ¿qué clase de deshonra? Paseó nerviosa por la habitación, se acercó al gran crucifijo y lo miró fijamente, viendo mentalmente la imagen de lo que había por detrás. Ya había conseguido uno de sus objetivos, uno de aquellos cuatro emblemas por fin ya no significaba nada. Los siguientes debían ser los Vatatzés.

¿Para quién sería el collar? Para una persona amada, de Arsenio, pero ¿quién?

No tardó mucho en averiguar que estaba viudo y que tenía una hija, María, que pronto iba a hacer fortuna pasando a formar parte de una familia que no sólo poseía riquezas sino también un poder inmenso y una gran ambición. Sus puntos fuertes eran su belleza y su linaje, y por consiguiente también eran los puntos fuertes de Arsenio. Allí era donde había que atacar.

El plan empezó a tomar forma en su mente. Iba a vengar la humillación que había sufrido en Siracusa tantos años antes. Arsenio iba a pagar por todo aquello, como iba a pagar por haber traicionado a Bizancio.

El vehículo perfecto era Anastasio Zarides. Pero recordó el último encuentro que tuvo con él con una peculiar mezcla de sentimientos. Al principio pensó que el hecho de que hubiera salvado al monje Cirilo no era más que uno de esos raros golpes de suerte que cualquiera tiene de vez en cuando; pero luego vio algo en sus ojos que la hizo pensar que Anastasio sabía que había intentado envenenar a Cirilo y él mismo había deducido de qué manera.

Zoé lo analizó mentalmente y casi fue como si captara a medias una imagen reflejada en una superficie bruñida, de sí misma, y no de sí misma. La ropa era distinta, la forma del cuerpo, sin las curvas del busto y de la cadera. Sin embargo, la manera de girar el cuello, la elegante línea del mentón, el parpadeo, eran los mismos.

Era un espejismo, naturalmente. El parecido radicaba en el ardor intelectual, en la fuerza interior.

Por supuesto, Anastasio tenía varios defectos graves. Perdonaba, y ésa era una flaqueza que tarde o temprano resultaría fatal. Pasaba errores por alto. Aquel defecto la ponía furiosa. Era como una mella en la superficie de una estatua por lo demás perfecta. La mutilación de su virilidad era una lástima, pero era demasiado joven para despertar el interés de ella, aunque resultaba difícil calcular con exactitud la edad de un hombre que no era un hombre. Un ser humano que careciera de temple o de ardor para odiar sólo estaba vivo a medias. Era un desperdicio. Aparte de aquello… Anastasio le gustaba.

Se sacudió con impaciencia. Lo único que tenía importancia era que Anastasio era la herramienta perfecta para realizar aquella tarea, y quizá para realizar otras en el futuro. Cayó en la cuenta, con sorpresa, de lo mucho que iba a lamentar que aquella misión acabara destruyendo a Anastasio.

El sol trazaba luminosos dibujos en el suelo y le entibiaba suavemente los hombros. ¿Cuál sería la causa del odio a Anastasio que veía últimamente en Helena? ¿Sería que él la había superado en algo, y ella era lo bastante tonta para estar resentida, en vez de saborear la diversión que debía proporcionarle? Su hija era una necia; se rendía a los sentimientos en lugar de servirse de ellos.