– No -dijo Ana con más de seguridad de la que sentía-, pero es posible que se ponga mucho peor si no encuentro el origen del veneno.
Jorge se puso rígido.
– ¿Por qué decís que es veneno? ¿O es únicamente una excusa porque no sabéis cómo curarla?
– No sé quién está envenenando a María -contestó en voz muy baja-, pero en mi opinión, si analizáis todo lo que sabéis, en particular sobre otras conspiraciones, otras muertes, es posible que lo descubráis.
Jorge estaba totalmente confuso.
– ¿Qué muertes?
– La de Besarión Comneno -sugirió Ana-. O la de Antonino. ¿No era amigo vuestro? ¿Y también de Andrónico Paleólogo?
Jorge se quedó paralizado.
– ¡Dios todopoderoso! -Había palidecido.
– ¿Sabéis algo que pudiera representar un peligro para alguien? ¿O que pudiera ser de utilidad?
– ¿Por eso iban a envenenar a María? -Estaba horrorizado.
– ¿Por qué no? -replicó Ana-. ¿Cómo era Antonino? ¿Y Justiniano Láscaris? -Estuvo a punto de trabarse al pronunciar aquel nombre.
– Eran amigos íntimos -dijo Jorge despacio, haciendo memoria lentamente mientras hablaba-. Justiniano se preocupaba por la Iglesia más de lo que daba a entender, diría yo. -Arrugó la frente-. Antonino era distinto. Cuando estaba con Justiniano era atento, amaba las cosas bellas. Pero cuando estaba con Andrónico e Isaías era como cualquier otro soldado, disfrutaba del momento. Yo nunca supe cuál de los dos Antoninos era el verdadero. -Una sombra cruzó por su semblante-. Íbamos a celebrar una gran fiesta la noche siguiente al asesinato de Besarión. También iban a estar Isaías y Andrónico. Andrónico tenía pensado organizar antes unas carreras de caballos, aunque la idea fue de Antonino, como en los viejos tiempos, antes del exilio. A Justiniano también le gustaban mucho los caballos, siempre decía que no tendríamos la sensación de haber recuperado Constantinopla hasta que hubiéramos abierto de nuevo el hipódromo.
– ¿Justiniano pensaba acudir a la fiesta? -preguntó Ana.
– No. Antonino dijo que tenía que ir a otro sitio. Pero ¿qué diablos tiene eso que ver con María? -De nuevo se le ensombreció el rostro-. ¡Vos curadla! Ya averiguaré yo quién es el responsable.
Era inútil continuar discutiendo. Ana le dio las gracias y se marchó dejándolo allí, con la vista perdida en la ciudad, en dirección a poniente y al antiguo hipódromo.
Comenzó a dar vueltas a todo lo que le había dicho Jorge. ¿Era importante aquella fiesta? Se anuló porque aquel día detuvieron a Antonino. ¿Habría traicionado a Justiniano? ¿Para qué? A él lo ejecutaron de todas formas. ¿O tendría razón Zoé, y había sido otra persona? ¿Tal vez Isaías?
¿Qué tenía que suceder en aquella fiesta? ¿Cuál era el verdadero Antonino, el amante de la diversión, el bebedor, el aficionado a las carreras de caballos que había descrito Jorge y que ella había oído describir a otros, o el hombre apasionado e inteligente al que Justiniano habría querido tener como amigo?
Ana descubrió la índole del veneno que estaba enfermando a María Vatatzés, y que le estaba siendo administrado por medio de los pétalos de las flores frescas que cada día llevaban a su alcoba.
María estaba recuperándose, pero ya era demasiado tarde para salvar su reputación de los rumores que corrían acerca de su virtud. Su boda con Juan Kalamano fue anulada. La familia de él no estaba dispuesta a seguir soportando la situación, y Juan cedió a sus deseos.
María estaba destrozada. Aunque ya gozaba de plena salud nuevamente, se echó sobre su lecho llorando. No había nada que pudiera hacer Ana para ayudar. Era injusto, y no había manera de enmendarlo.
Después de la última visita a María, Ana no llevaba mucho tiempo en casa cuando entró Simonis diciendo que había un caballero que deseaba verla. Ya había anochecido, y Leo todavía estaba fuera, ocupado en un recado. Ana advirtió la expresión de nerviosismo de Simonis; ni siquiera los años que llevaba vistiéndose de eunuco le habían quitado de la cabeza la preocupación por su seguridad.
Ana sonrió.
– Hazlo pasar. Imagino que deseará hablar de algún asunto urgente, para venir a estas horas.
Jorge Vatatzés entró furibundo. Traía el rostro congestionado, e irrumpió en la estancia cerrando de un portazo que a punto estuvo de dejar a Simonis fuera.
Ana cuadró los hombros y se irguió todo lo que pudo, pero aun así Jorge la superaba casi un palmo en estatura y le doblaba el peso.
– ¿Habéis descubierto algo? -dijo en el tono más cortante que pudo, pero la voz le tembló un poco y la delató. Habló como una mujer.
– No. En nombre de Dios, ¿qué importa quién ha envenenado a María? -Hablaba con una profunda rabia-. Los Kalamano han retirado su oferta de matrimonio, como si nuestra familia fuera impura. Esa mancha nos afecta a todos. ¡Nadie se acordará de que la culpa fue de un veneno desconocido, lo único que recordarán es que corrió el rumor de que mi hermana era una ramera! Y vos habéis permitido que con esos comentarios obscenos dijeran lo que se les antojara, cuando podríais haberles dicho a todos la verdad.
– Podríais haber dicho que era un veneno -replicó Ana-. Yo no era libre de decirlo.
– ¿Quién va a creernos si vos no estáis dispuesto a respaldarnos? -Estaba borracho y arrastraba las palabras-. El veneno funcionó, ¿no es así? No mató a María, pero ahora es como si hubiera muerto. -Estaba tan cerca de Ana que ésta percibía el acre olor a sudor que despedía, junto con el tufo del vino.
Ana sintió que su cuerpo la estaba traicionando, notaba las piernas flojas y tenía un nudo en el estómago. Hasta respiraba de forma agitada.
– Podríais haber dicho a todo el que quisierais que a vuestra hermana la estaban envenenando.
– Vos la habéis perjudicado con vuestra mojigatería tanto como si la hubierais envenenado vos mismo -se burló Jorge-. Daría igual que estuviera muerta.
– ¿Porque no se ha casado con ella Juan Kalamano? -replicó Ana-. Si la amase, creería en lo que le dijo y la habría desposado de todas formas.
De pronto Jorge arremetió contra ella y le propinó un puñetazo en un lado de la cara que la hizo caer al suelo de espaldas, agitando los brazos. Su mano derecha tropezó con el borde de una mesilla, y el golpe le causó un dolor que le llegó hasta el hombro. Jorge se le echó encima, la asió de la túnica y la golpeó otra vez. Ana apenas podía respirar, por culpa del pánico que parecía paralizarla. Se sentía mareada y notaba un sabor a sangre. Sabía que Jorge iba a continuar golpeándola. En cualquier momento iba a rasgarle las ropas y dejar al descubierto el relleno que llevaba y los pechos. Entonces ya no importaría que la matase o no, porque todo habría acabado.
A la siguiente embestida logró rodar hacia un costado y apartarse de él, y alargó la mano hacia un pequeño taburete que había medio debajo de la mesa. El puñetazo de Jorge la alcanzó en el hombro y le dejó el brazo entumecido. Entonces aferró el taburete con la otra mano y lo descargó sobre la cara de Jorge con todas sus fuerzas.
Lo oyó rugir de sorpresa y dolor. En eso, se oyó un chillido que no había proferido ella y que desde luego era demasiado agudo para provenir de su atacante. ¡Simonis! No podía ser otra.
En la habitación había más personas, más gritos y golpetazos, el ruido sordo de un cuerpo chocando contra otro, bultos humanos que giraban y atacaban, un peso que golpeaba el suelo, y por fin una respiración jadeante y ningún movimiento más. Ana estaba medio cegada y lo único que sentía era su propio dolor.
Alguien estiró una mano hacia ella, y se preparó, intentando pensar cómo devolver el golpe. Sólo iba a tener una oportunidad. Pero aquella mano fue amable y la levantó del suelo. Un paño frío y húmedo le tocó la herida de la mejilla y el mentón. Abrió los ojos y vio el rostro de un hombre, uno al que conocía, aunque no sabía de qué.