Выбрать главу

– No hay nada roto -dijo el hombre con una sonrisa contrita-. Lo siento mucho, deberíamos haber venido antes.

¿Por qué ella no se acordaba de aquel hombre? Volvió a aplicarle el paño húmedo en la cara. En él había sangre.

– ¿Quién sois? -Ana quiso mover la cabeza, pero el más mínimo gesto le producía el mismo efecto que la hoja de un cuchillo.

– Me llamo Sabas -respondió él-. Pero supongo que no lo habréis oído nunca.

– Sabas… -Aquel nombre no le dijo nada.

– Zoé Crysafés temía por vos -explicó-. Sabía que Jorge Vatatzés tenía un temperamento violento y un orgullo de familia un tanto imperioso.

A Ana se le detuvo la respiración y casi se quedó sin aliento.

– ¿Habéis dicho «tenía»? Sabas se encogió de hombros.

– Me temo que también nos ha atacado a nosotros, y para reducirlo ha sido necesario… -Dejó la frase sin terminar.

Ana se incorporó un poco más y miró detrás de Sabas, a Jorge tendido en el suelo con sangre en la cara y la cabeza torcida en un ángulo que indicaba a las claras que tenía el cuello roto. A su lado se encontraba de pie el otro hombre.

– Perded cuidado -se apresuró a decir Sabas-. Lo sacaremos de aquí. Si alguien os pregunta, tal vez os convenga decir que os atacó un ladrón y que conseguisteis ahuyentarlo.

Ana se echó a reír bruscamente, cercana a la histeria.

– Pues si me miran y calculan que él ha salido peor parado que yo, nadie volverá a intentar robarme nunca.

Sabas esbozó una sonrisa que suavizó las duras líneas de su rostro.

– Habéis pagado un precio bastante caro, pero eso que salís ganando. -La ayudó a ponerse de pie y la guio hasta una silla-. ¿Van a poder cuidaros vuestros propios sirvientes, o queréis que hagamos venir a otro médico?

– Os lo agradezco, pero pueden cuidarme ellos -contestó Ana-. ¿Tendríais la bondad de dar las gracias a Zoé Crysafés por sus desvelos y por vuestro coraje? Si alguna vez necesitáis algo de mí, podéis contar con ello, vos y vuestro amigo.

Sabas hizo una reverencia y seguidamente los dos cogieron a Jorge y se lo llevaron al tiempo que dejaban entrar a Simonis, pálida a causa de la conmoción. Mientras hacía lo que podía para lavar las heridas sufridas por Ana y aplicarles un poco de pomada, el cerebro de Ana trabajaba a toda velocidad. Debería haber supuesto que Jorge Vatatzés iba a reaccionar muy mal al rechazo sufrido por su hermana. ¿O sería algo más complejo?

¿Nuevamente el asesinato de Besarión, antiguos miedos, antiguas venganzas? ¿Cómo habían sabido los criados de Zoé qué iban a encontrar, y por parte de quién? La respuesta era demasiado evidente, una vez analizados los hechos. Había sido Zoé la que había envenenado a María, a sabiendas de que aquello iba a ocasionar la perdición de la familia, y con esa intención. Había enviado a Sabas y a otro sirviente, no para rescatarla a ella, sino para cerciorarse de que Jorge resultara muerto.

Pero ¿qué habían hecho ellos para ganarse el odio de Zoé hasta aquel punto?

CAPÍTULO 36

Cuando Anastasio fue conducido a los magníficos aposentos de Zoé iba furioso, pero en silencio, con la mirada dura como las piedras de la orilla. Su estado era deplorable, tenía la cara hinchada y llena de hematomas, y además cojeaba. Dejó unas hierbas sobre la mesa como si ella se las hubiera pedido, pero supuestamente tenían la finalidad de explicar a los criados su presencia en la casa.

– ¿Qué son? -inquirió Zoé con interés, como si no la inquietara la maltrecha figura de su médico, como si no la hubiera invadido un miedo repentino de que le hubieran hecho daño de verdad.

– El antídoto para el veneno que empleasteis con María Vatatzés -respondió Anastasio en tono glacial.

– Lo he traído para que sepáis que lo tengo, y que también tengo otros antídotos. Y que Arsenio sabe que lo tengo -replicó Anastasio.

Zoé elevó las cejas.

– Ah, ¿sí? Según parece, os ha llevado bastante tiempo encontrarlo. Supongo que no averiguasteis nada de la muerte de Besarión por medio de Jorge, antes de que os agrediera. Por desgracia, ahora ya no averiguaréis nada.

Los ojos de Anastasio llamearon de cólera.

– Si vuelve a suceder, no tardaré tanto -contraatacó haciendo caso omiso de la pregunta sobre Jorge y la muerte de Besarión-, porque sabré dónde mirar. Naturalmente, si la víctima fuerais vos, sería distinto. A lo mejor lo encontrabais vos antes, si os sintierais lo bastante bien para levantaros de la cama.

Zoé se quedó perpleja. ¿Estaba amenazándola?

– Qué desagradecido sois, Anastasio -le dijo con un ligero tono de reproche-. A pesar de que tuve la previsión de enviar a Sabas y Manuel a rescataros. -Lo recorrió con la vista de arriba abajo-. Estáis horrible. No es que haya dudado de Sabas, él nunca miente.

Anastasio endureció el gesto.

– Sabas os ha dicho la verdad. De no haber llegado él, ahora yo estaría muerto. Si no fuera por la gratitud que siento a causa de ello, habría hecho público que vos envenenasteis a María. Lo sé por la vendedora de flores, la cual no va a decir nada; pero si a ella le ocurriera algo, yo hablaré. No podéis envenenar a todo el mundo. Pero por si acaso ésa es vuestra intención, Arsenio está totalmente al corriente de que habéis sido vos la causante de la caída en desgracia de su hija y de la muerte deshonrosa de su hijo. No sé por qué motivo lo odiáis, pero sabe la verdad y ha tomado medidas para protegerse.

– ¡Me estáis amenazando! -exclamó Zoé con asombro. Sintió un placer malévolo.

– ¿Os divierte? -le dijo Anastasio, torciendo la boca con asco-. Pues no debería. Cuando más peligrosas son las personas es cuando no les queda nada que perder. Si odiáis a Arsenio, deberíais haberle dejado algo por lo que le mereciera la pena vivir. Ha sido un error. -Dio media vuelta y se marchó, aún cojeando.

Por supuesto, la cuestión de permitir que Arsenio continuara propalando los rumores estaba zanjada. Zoé no podía permitirlo. Tenía que ocuparse de él, pero la cuestión era cómo.

Nuevamente, el arma más obvia era el veneno. Era la habilidad suprema con que contaba. Por supuesto, Arsenio jamás tomaría comida ni bebida que le diera ella, ni siquiera en un lugar público. Iba a tener que buscar otra manera de administrárselo.

Otro centenar de velas a la Virgen.

Escogió cuidadosamente el veneno, uno para el que no existiera antídoto. Eligió aquél en particular porque no tenía ni color ni olor, y porque actuaba lo bastante deprisa para que Arsenio no tuviera tiempo de pedir socorro ni de agredirla a ella antes de quedar incapacitado. Resultaba ideal. Esta vez iba a parecer una hemorragia. Nadie iba a poder relacionarla con ella, ni por la sustancia empleada ni porque alguien supiera que ella la había comprado. Hacía años que la tenía en su poder, y nunca había tenido necesidad de usarla hasta ahora.

Cien velas más que encender. El sacerdote le sonrió, ahora ya era una cara conocida.

Zoé llegó a casa de Arsenio llevando un icono de su propia colección, el más preciado y hermoso de todos, el azul oscuro de ojos lánguidos y marco incrustado de citrinos y perlas de río. Lo envolvió primero en seda, después en otro paño de seda aceitada para protegerlo de la intemperie en caso de que empezase de repente a llover. El cielo estaba encapotado y soplaba un viento ligero del oeste, pero Zoé no acusó el frío que traía, ni siquiera a la hora del crepúsculo. Arsenio había accedido a verla sólo porque le llevaba el icono; notó que estaba asustada, para desventaja de ella, y la sed de venganza de él se acrecentó. Aquello era precisamente con lo que contaba Zoé, pero era un juego peligroso.

A Sabas le prohibieron que pasara y le ordenaron que aguardase fuera. La condujeron a la presencia de Arsenio. Tal como había esperado. Se fiaba de Sabas, pero no quería que viera cómo mataba a Arsenio, porque aquello podía poner a prueba su lealtad. Era un buen hombre, y su ciega disposición no pasaría de ahí.