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La noche siguiente las pesadillas empeoraron. Arsenio tardaba más en morir. Había más sangre. Vio sus desorbitados ojos fijos en ella en todo momento, desnudándola literalmente, hasta que quedó de pie ante él, vulnerable, con los pechos colgando y el vientre hinchado, una imagen repulsiva. Arsenio reptó por el suelo hacia ella, negándose a quedar paralizado, a ahogarse y morir. La aferró del tobillo con una mano semejante a una garra y provocándole dolor nuevamente, como cuando la asió de la muñeca.

¡Tenía la intención de matarla! Eso había dicho. Pero ella no había tenido más remedio, su acción estaba justificada. Actuó en defensa propia, un derecho que le asiste a todo el mundo. ¡En esto no había justicia alguna!

Despertó empapada en sudor y con las ropas pegadas al cuerpo, y sintió un frío glacial nada más apartar los cobertores y levantarse de la cama. Se arrodilló sobre el suelo de mármol, estremecida y con las manos en oración, con los nudillos blancos a la luz de la vela.

– Virgen Santa, bendita Madre de Dios -susurró en voz baja-. Si he pecado, perdóname. Lo he hecho sólo para impedir que ese hombre tuviera en su poder los iconos que pertenecían al pueblo. Perdóname, te ruego que laves mis pecados.

Volvió a meterse en la cama, aún temblando de frío, pero no se atrevió a quedarse dormida.

La noche siguiente hizo lo mismo, pero pasó más tiempo hincada de rodillas, contándole de nuevo a la Virgen los iconos que se había llevado Arsenio y la falta de piedad que había mostrado al conservarlos en su poder durante todos aquellos años. Y eso aparte de otros iconos, menos preciados y menos hermosos, que había vendido, y que cualquiera podía adivinar a quién: al comprador que tuviera más dinero. ¡Como si aquello tuviera importancia!

Al cuarto día le llegó la noticia por la que había rezado. Habían enterrado a Arsenio Vatatzés. Dijeron que había muerto de una hemorragia de estómago poco después de que lo visitara Zoé. Lo habían encontrado sus sirvientes. Ella escuchó con atención, pero los rumores no echaban la culpa a nadie. ¡Había salido impune!

La conclusión era obvia. El cielo estaba de su parte, ella era un instrumento en las manos de Dios. Lo demás eran sólo malos sueños, nada más, y había que olvidarse de ellos igual que de otras tonterías.

Al día siguiente saldría a la calle y le daría las gracias a la Virgen, con cirios, en la iglesia de Santa Sofía, segura de contar con la aprobación divina. Las velas no bastaban, pero pensaba ofrecerlas de todos modos, por centenares, suficientes para iluminar la cúpula entera y acaso también uno de los iconos de menor importancia pertenecientes a su colección.

CAPÍTULO 37

A Giuliano Dandolo le gustó encontrarse de nuevo en Constantinopla. La vitalidad de aquella ciudad le infundía vigor; la tolerancia y la amplitud de miras que se respiraban allí eran como un viento que soplara del océano. Cada vez que la veía sentía que lo llamaba más y más.

Esta vez regresaba obedeciendo órdenes de Contarini, para observar por sí mismo, en vez de depender de rumores, si Bizancio por fin estaba cumpliendo las normas de la unión con Roma o, como antes, las cumplía sólo de boquilla y continuaba actuando a su antojo.

Lo que había visto hasta el momento debería haberlo complacido ante la perspectiva de que pasara por allí una nueva cruzada que arrasara la ciudad, y con miras al provecho que sacaría Venecia. Pero Giuliano no podía regocijarse en ello. Cuando le informaron de la fuerza que oponía la resistencia, tuvo un profundo presentimiento. No sólo los jefes de dicha oposición habían sido cegados, mutilados o desterrados, además muchos habían huido a estados bizantinos separatistas. Las prisiones estaban abarrotadas, y lo que era más penoso para Miguel, muchos de sus parientes participaban activamente en conspiraciones contra él. Por lo visto, los ataques le venían de frente, y estaba acosado por todos lados.

El palacio Blanquerna era muy bello, aunque no pudiera compararse con las glorias de Venecia. Aún conservaba las marcas del fuego y del pillaje, y no poseía en absoluto la elegancia del mármol blanco ni los infinitos reflejos de la luz a los que él estaba acostumbrado.

Mientras se encontraba cara a cara con Miguel, Giuliano vio a un hombre de notable compostura. En el rostro del emperador había hastío, pero ni un punto de miedo. Lo recibió con cortesía e incluso una chispa de humor. Giuliano, en contra de su voluntad, sintió por él lástima y admiración al mismo tiempo. Si algo le faltaba a Miguel, no era coraje.

– Y por supuesto está Oriente -le dijo un eunuco a Giuliano mientras lo guiaba hacia la salida una vez finalizada la audiencia. Se llamaba Nicéforo.

Giuliano hizo un esfuerzo para centrarse mientras recorrían un pasillo de techo abovedado y suelo de mosaico.

– Todo cambia constantemente -añadió Nicéforo escogiendo las palabras con cuidado-. En estos momentos da la impresión de que la mayor amenaza que se cierne sobre nosotros es la que proviene de Occidente, de la próxima cruzada, pero francamente yo soy de la opinión de que tenemos lo mismo que temer, si no más, de Oriente. Simplemente ocurre que Occidente llegará primero, si no encontramos la manera de alcanzar un acuerdo con Roma, por más que la odiemos. En cambio, con Oriente no hay forma de alcanzar acuerdo alguno.

Miró a Giuliano.

– Hay muchos asuntos que equilibrar, y cuesta trabajo decidir por qué lado empezar.

Giuliano deseaba decir algo inteligente y solidario sin traicionar a Venecia y sin parecer condescendiente, pero no se le ocurría nada.

– He empezado a creer que la política de Venecia es relativamente simple -dijo en voz baja-. Es como echar al mar un barco que tiene diez vías de agua diferentes.

– Una buena analogía -concordó Nicéforo con aprecio-. Pero sabemos manejarnos muy bien. Hemos tenido mucha práctica.

Giuliano aún estaba en la escalinata, saliendo del palacio, cuando llegó al pie de la misma otro eunuco que por lo visto también se iba. Se trataba de una persona considerablemente más menuda y medio palmo más baja que el propio Giuliano, y de constitución más delicada. Cuando volvió la cabeza, hubo en sus ojos grises oscuros un destello que indicaba que lo había reconocido, y Giuliano se acordó de haberlo visto en Santa Sofía. Era el mismo hombre que lo había observado mientras limpiaba la tumba de Enrico Dandolo y cuyo semblante había mostrado tanta compasión y tanta pena.

– Buenos días -se apresuró a decir Giuliano; al momento pensó que quizá se había precipitado al dirigirse a él, un gesto que podía interpretarse como un exceso de familiaridad-. Giuliano Dandolo, embajador del dux de Venecia -se presentó.

El eunuco sonrió. Tenía un rostro afeminado, pero desde luego no le faltaba carácter, y Giuliano percibió una vez más la ardiente inteligencia que había notado en el interior de Santa Sofía.

– Anastasio Zarides -respondió el eunuco-. Médico ocasional del emperador Miguel Paleólogo.

Giuliano se llevó una sorpresa. No había imaginado que aquel hombre fuera médico. Pero aquel hecho sirvió precisamente para recordarle cuan extraño le resultaba Bizancio. Se dio prisa en añadir algo más:

– Vivo en el barrio veneciano -hizo un vago ademán con la mano en dirección al mar-, pero estoy empezando a pensar que tal vez eso me esté impidiendo conocer mejor la ciudad. -Calló unos instantes para perder la mirada más allá de los tejados. A sus pies se extendía el Cuerno de Oro, reluciente bajo el sol matinal y punteado de embarcaciones venidas de todos los rincones del Mediterráneo. El aire era tibio, y Giuliano se imaginaba sin esfuerzo los aromas a sal y a especias que debían emanar del puerto.

– Yo, si pudiera elegir-dijo Anastasio pensativo, siguiendo su mirada-, viviría donde pudiera ver salir y ponerse el sol sobre el Bósforo, y para eso se necesita estar muy alto. Esos sitios son caros. -Se rio ligeramente de sí mismo-. Para poder pagar algo así, tendría que salvar la vida al hombre más rico de Bizancio, y afortunadamente para él, aunque menos para mí, goza de una salud excelente.