CAPÍTULO 38
Una vez que el veneciano se hubo marchado, Zoé se quedó sola. Giuliano le había caído bien. Era un hombre apuesto, y se cuidaba mucho, Zoé lo tenía tan claro como si pudiera tocarlo con los dedos.
Pero tenía que odiarlo. Era un Dandolo. Aquélla podía ser la mejor de todas las venganzas que ansiaba. Debía rememorar todo lo peor, lo que más daño había causado en su corazón y en su alma. Deliberadamente, como si se clavase un cuchillo en la carne, volvió a vivirlo todo en su imaginación.
A finales de 1203 los cruzados que asediaban Constantinopla enviaron un mensaje insolente al emperador de entonces, Alejo III. Aquello se hizo a instancias de Enrico Dandolo. Era una amenaza, y el cabecilla de una conspiración contra el emperador, su yerno, incitó una revuelta en Santa Sofía. Hicieron añicos la majestuosa estatua de Atenea que había adornado la Acrópolis de Atenas en su época dorada.
Hubo más disturbios. En el puerto hubo intentos de prender fuego a la flota veneciana. Los sitiadores tuvieron que luchar o morir. Dandolo en representación de los venecianos, acompañado por Bonifacio de Montferrat, Balduino de Flandes y otros caballeros franceses, inició el ataque. A mediados de abril la ciudad estaba en llamas y sus calles invadidas por el pillaje, los robos y los asesinatos.
Se robaron tesoros que había en casas, iglesias y monasterios, los cálices destinados al sacramento de la Eucaristía se utilizaron para servir vino a los borrachos, los iconos se usaron como tableros de juegos, las joyas se arrancaron de sus engastes y el oro y la plata se fundieron. Los monumentos antiguos que llevaban siglos venerándose fueron saqueados y destrozados; las tumbas imperiales, incluso la de
Constantino el Grande, fueron expoliadas, y el cadáver del jurista Justiniano fue profanado. Las monjas fueron violadas.
En la propia Santa Sofía, los soldados destruyeron el altar y despojaron a la iglesia de todo el oro y la plata que tenía. Para cargar el botín metieron caballos y muías, cuyos cascos resbalaban continuamente con los charcos de sangre esparcidos por los suelos de mármol. En el trono del patriarca bailó una prostituta cantando canciones obscenas.
Según se dijo, el valor del tesoro robado ascendió a 400.000 marcos de plata, cuatro veces más de lo que había costado toda la flota. El dux de Venecia, Enrico Dandolo, se quedó personalmente con 50.000 marcos.
Pero eso no fue todo. Los cuatro grandiosos caballos de bronce dorado fueron robados y ahora adornaban la catedral de San Marcos de Venecia. Enrico Dandolo escogió quedarse con los caballos de bronce, y también se llevó la ampolla que contenía varias gotas de la sangre de Cristo, el icono enmarcado en oro que Constantino el Grande había llevado consigo a la batalla, una parte de la cabeza de san Juan Bautista y un clavo de la cruz.
Y por último, y quizá lo peor de todo, el Sudario de Cristo.
La pérdida de todas esas cosas representó mucho más que un sacrilegio cometido contra reliquias sagradas: logró cambiar la personalidad de Constantinopla entera, como si le hubieran arrancado el corazón. Dejaron de afluir peregrinos y viajeros, desapareció el trueque, el comercio del mundo, y se dirigieron a Venecia, Roma o Alejandría. Constantinopla sufría sumida en la pobreza, como un mendigo llamando a las puertas de Europa. Zoé apretó los puños con fuerza hasta que comenzaron a dolerle los huesos y se hizo sangre en las palmas de las manos. Aunque Giuliano muriera un millar de veces, ello no bastaría para pagar su deuda. No iba a haber clemencia, sino sólo sangre y más sangre.
CAPÍTULO 39
Que Zoé Crysafés hiciera indagaciones era excelente, pero no era lo único que podía hacer Giuliano. También investigó en los otros barrios en busca de alguien que supiera qué familias se habían marchado durante el largo exilio. Aquella tarea debía llevarla a cabo en el tiempo que le sobrara después de cumplir con sus obligaciones con Venecia, y ya estaba acercándose el final del mes que le había fijado Zoé para que volviera, cuando un día subió a la colina desde la que Anastasio le había comentado que se veía en todas direcciones.
No le fue difícil encontrar el lugar exacto, y la vista resultó tan espectacular como él se la había descrito. Además, aquel punto estaba resguardado del viento del oeste y en el aire flotaba un cierto bálsamo. La vegetación que había a sus pies se hallaba en flor y desprendía un perfume suave y delicado. Tardó unos instantes en darse cuenta de que era por la suavidad de la luz reflejada en el mar, que le recordaba el hogar. Levantó la vista, entornando los ojos, hacia las nubes, y vio que también eran las mismas: pequeñas y rizadas, como las escamas de un pez, cirros deshilachados semejantes a una fina gasa que se dirigían hacia el noreste filtrando los rayos del sol como los dedos de una mano.
Regresó al día siguiente y esta vez encontró allí a Anastasio. El médico se volvió y sonrió, pero dejó pasar varios minutos sin decir nada, como si el mar que se extendía ante él ya fuera bastante elocuente.
– Es un sitio perfecto -dijo Giuliano por fin-. Pero tal vez sea un error convertirlo en propiedad de una sola persona.
Anastasio sonrió.
– No se me había ocurrido eso. Tenéis razón, debería quedarse aquí para que lo contemple todo el mundo, y no para un ignorante incapaz de apreciarlo. -Luego movió la cabeza en un gesto negativo-.
Estoy hablando con demasiada dureza. He pasado todo el día tratando con necios, y estoy irritable. Disculpadme.
Giuliano se sintió extrañamente complacido al descubrir que Anastasio era falible. En la ocasión anterior le había resultado un tanto amedrentador, aunque se diera cuenta ahora.
Le sonrió a su vez.
– ¿Conocisteis en Nicea a una familia de apellido Agallón? -Formuló la pregunta sin pensar.
Anastasio reflexionó unos momentos.
– Recuerdo que mi padre mencionó una vez ese apellido. Trataba a mucha gente.
– ¿También era médico?
Anastasio fijó la mirada en el mar.
– Sí. Me enseñó la mayor parte de lo que sé.
Se había interrumpido, pero Giuliano percibió que había más, un recuerdo íntimo, tan dulce que resultaba doloroso reavivarlo ahora que la realidad era otra.
– ¿Y vos aprendisteis por voluntad propia? -preguntó.
– ¡Por supuesto! -De pronto a Anastasio se le iluminó el semblante, le brillaron los ojos, entreabrió los labios-. Me encantaba. Hasta donde me alcanza la memoria. Cuando nací no demostró mucho interés hacia mí, pero cuando aprendí a hablar me enseñó toda clase de cosas. Recuerdo que lo ayudaba en el huerto -siguió diciendo-. Por lo menos yo creía que lo ayudaba. Supongo que en realidad para él era una molestia, pero nunca me lo dijo. Cuidábamos juntos de las hierbas medicinales, y yo me las aprendí todas, cómo eran, a qué olían, qué parte de ellas había que utilizar, si la raíz o la hoja o la flor, cómo recogerlas y preservarlas para que no se estropearan.
Giuliano visualizó mentalmente la escena, el padre enseñando al hijo, repitiéndole las cosas una y otra vez, sin perder la paciencia.
– A mí también me enseñó mi padre -dijo rápidamente, en un súbito recuerdo-. Todas las islas de Venecia, los canales, el puerto, dónde estaban los astilleros. Me llevaba a ver trabajar a los obreros, a ver cómo disponían las grandes quillas y ensamblaban las cuadernas y las planchas de madera, y después el calafateado, y los mástiles.
Era lo mismo, un hombre enseñando a su hijo las cosas que amaba, el oficio del que vivía. Lo recordaba con total nitidez, siempre su padre, nunca su madre.
– Conocía todos los puertos que había desde Génova hasta Alejandría -continuó Giuliano-. Y lo bueno y malo que tenía cada uno.
– ¿Os llevó consigo? -preguntó Anastasio-. ¿Visteis todos esos lugares?
– Algunos. -Giuliano se acordó del estrecho espacio que había en los barcos, del mareo y la sensación de encierro, pero también de la extrañeza y la emoción que le produjo Alejandría, el calor y los rostros de los árabes, aquella lengua que no entendía-. Era aterrador y maravilloso -dijo con una sonrisa triste-. Creo que me pasé la mitad del tiempo tieso de miedo, pero preferiría haber muerto antes que confesarlo. ¿Adónde os llevó vuestro padre a vos?