– No a muchos sitios -repuso Anastasio-. Principalmente a ver a ancianos que sufrían congestión en el pecho y tenían el corazón débil. Pero me acuerdo del primero que murió.
Giuliano abrió unos ojos como platos.
– ¡Un muerto! ¿Qué edad teníais?
– Unos ocho años. Si uno quiere ser médico no puede ser aprensivo con la muerte. Mi padre fue delicado, muy amable, pero en esa visita me hizo fijarme en lo que había ocasionado la muerte a aquel hombre. -Se interrumpió.
– ¿Y qué fue? -insistió Giuliano intentando imaginarse a un niño que tenía los solemnes ojos grises de Anastasio y su complexión delicada, su boca tierna.
Anastasio sonrió.
– El hombre estaba persiguiendo un perro que le había robado la cena, y se cayó. Se rompió el cuello.
– ¡Os lo estáis inventando! -lo acusó Giuliano.
– Nada de eso. Fue el principio de una lección de anatomía. Mi padre me mostró todos los músculos de la espalda y los huesos de la columna.
Giuliano estaba asombrado.
– ¿Se os permite hacer tal cosa? Era un cuerpo humano.
– No -dijo Anastasio con una sonrisa-, pero yo no lo olvidé jamás. Me aterrorizaba que pudieran apresarlo. Hice un dibujo de todo para no tener que repetir la operación. -De repente su voz se volvió triste.
– ¿Fuisteis hijo único? -quiso saber Giuliano. Anastasio quedó desconcertado por un instante. -No. Tuve un hermano… tengo un hermano. Aún vive, creo. -Parecía aturdido, irritado consigo mismo, como si no hubiera tenido la intención de decir aquello. -Desvió la mirada-. Llevo un tiempo sin saber nada de él.
Giuliano no deseaba meter el dedo en la llaga.
– Vuestro padre debe de estar orgulloso de vuestra habilidad, dado que tratáis al emperador. -Lo dijo como una simple observación, no con ánimo de adular.
Anastasio se relajó.
– Lo estaría. -Hizo una inspiración profunda y exhaló el aire despacio. Guardó silencio durante un rato y después se volvió dando la espalda al mar. -¿Los Agallón forman parte de vuestra familia? ¿Por eso los estáis buscando?
– Sí. -Giuliano no tenía intención de mentir-. Mi madre era bizantina. -Al momento advirtió en la expresión de Anastasio que éste comprendía el conflicto que sufría-. He estado investigando un poco. Hay personas que tal vez puedan decirme algo.
Anastasio debió de notar su actitud reacia. No dijo nada más al respecto, pero empezó a señalar varios puntos destacados del oscuro perfil de la costa de enfrente, detrás de la cual se encontraba Nicea.
Giuliano continuó buscando datos que apuntaran a la probabilidad de que llegara una cruzada por mar que se detuviera allí a fin de hacer acopio de provisiones y recabar apoyos, en vez de llegar por tierra, una opción que aún contemplaba la posibilidad de pasar por Constantinopla antes de cruzar a Asia y al sur.
¡Ojalá Miguel pudiera persuadir a su pueblo de que cediera ante Roma! ¡Ningún cruzado se atrevería a atacar el reino soberano de un emperador católico! Ningún cruzado ni peregrino obtendría la absolución de semejante acto, por muchos lugares sagrados que visitara después.
Pero mientras observaba, sopesaba y juzgaba, Giuliano se sentía como un hombre que estuviera evaluando los posibles beneficios de una guerra, y se encontraba sumamente cómodo realizando dicha tarea.
Cerca de terminar el mes, Giuliano recibió un recado de Zoé Crysafés que decía que había logrado averiguar algunos datos acerca de Maddalena Agallón. No estaba segura de que él deseara conocerlos, pero en caso afirmativo, sería para ella un placer recibirlo en el plazo de dos días. Por supuesto que acudió. Fuera cual fuera dicha información, sentía el impulso de conocerla.
Cuando llegó a casa de Zoé y los criados lo hicieron pasar, se esforzó por mostrar un aparente dominio de sí mismo. Ella fingió no haberse percatado de nada.
– ¿Habéis conocido un poco mejor la ciudad? -preguntó Zoé en tono informal al tiempo que lo conducía hacia los magníficos ventanales. Eran las últimas horas de la tarde y había una luz suave que difuminaba las líneas más duras.
– Así es -respondió Giuliano-. He dedicado un poco de tiempo a visitar muchos de los lugares de que me hablasteis. He disfrutado de vistas lo bastante cautivadoras para dejarme hechizado. Pero ninguna tan maravillosa como ésta.
– Me aduláis -repuso Zoé.
– No me refería a vos, sino a Constantinopla -se corrigió Giuliano con una sonrisa, pero su tono de voz dejaba ver que la distinción era mínima.
Zoé se volvió para mirarlo.
– Es una crueldad prolongar la espera -dijo con un ligero encogimiento de hombros-. Hay personas que encuentran hermosas a las arañas. Yo, no. El hilo de seda que atrapa las moscas es inteligente, pero desagradable.
Giuliano sintió que el pulso le latía con tanta fuerza, que lo sorprendió que Zoé no lo viera en sus sienes. ¿O sí que lo veía?
– ¿Estáis seguro de que queréis saberlo? -preguntó Zoé en voz queda-. No tenéis necesidad. Si lo preferís, puedo olvidarme de ello y no contárselo a nadie.
A Giuliano se le secó la boca.
– Quiero saberlo.
Al momento dudó de sí mismo, pero ahora sería de cobardes dar marcha atrás.
– Los Agallón eran una familia excelente. Tenían dos hijas -empezó-. Maddalena, vuestra madre, se fugó con un capitán de barco veneciano, Giovanni Dandolo, vuestro padre. Por lo que parece, en aquella época estaban muy enamorados. Pero transcurrido menos de un año, de hecho unos pocos meses, vuestra madre lo abandonó y regresó a Nicea, donde se casó con un bizantino que poseía considerables riquezas.
Giuliano no debería sentirse sorprendido, era lo que esperaba. Sin embargo, el hecho de oírlo expresado con palabras que resonaban tan nítidas en aquella exquisita estancia fue el fin de toda negación anterior, de toda posibilidad de refugiarse en la esperanza.
– Lo siento mucho -dijo Zoé en voz baja. La tenue luz que penetraba por el ventanal suprimía todas las arrugas de su rostro y la mostraba tal como debió de ser en su juventud-. Pero cuando el flamante marido de Magdalena descubrió que ya estaba esperando un hijo, la arrojó a la calle. No estaba dispuesto a criar al hijo de otro, de un veneciano además. Había perdido a sus padres y a un hermano en el saqueo de Constantinopla. -Se le quebró la voz, pero flaqueó sólo un momento-. Ella no deseaba la responsabilidad ni la carga que suponía un niño pequeño, de modo que os regaló. Dicha noticia debió de llegar a vuestro padre, el cual vino, os encontró y os llevó consigo a Venecia. Ojala hubiera podido contaros una historia menos cruel, pero si hubierais persistido en vuestra pesquisa os habríais enterado tarde o temprano. Ahora ya podéis enterrar el asunto y no volver a pensar más en él.
Pero aquello era imposible. Apenas tuvo conciencia de cuándo le dio las gracias a Zoé ni de cómo pasó el resto de la velada. No sabía qué hora era cuando por fin se excusó y salió de aquella casa dando tumbos, para perderse en la noche.
CAPÍTULO 40
Tres meses después, Giuliano llegó de nuevo a Venecia para informar al dux. Pero para él era más importante todavía la necesidad de recuperar la antigua sensación de pertenecer a un lugar concreto. Aquél era el hogar en el que había sido feliz, aún sentía que una parte de él ya había abandonado Venecia por última vez.
Aquella tarde el dux lo hizo llamar, y tuvo que acudir a palacio. Todavía le provocaba una sensación ligeramente extraña el hecho de hallar allí a Contarini en vez de a Tiépolo. Pero era una necedad: los duces morían, igual que los reyes y los Papas, y eran sucedidos por otros nuevos. Pero Giuliano apreciaba a Tiépolo, y ahora lo echaba en falta.