En el aire pesaba el silencio. Últimamente había estado tan ocupada con los pacientes que apenas había tenido ocasión de venir aquí, y agradecía esta soledad.
Sin embargo, le gustaría haber podido hablar con Giuliano, o simplemente mirarlo a los ojos y saber que él veía la misma belleza que ella. Las palabras serían innecesarias.
Pero mientras tenía esos pensamientos era consciente de su propia tontería. Ella no podía permitirse el lujo de pensar en él de aquella forma. Su amistad era algo que degustar y después dejar, no algo a lo que aferrarse como si pudiera ser permanente.
Podía quedarse allí y contemplar cómo la luz iba menguando poco a poco sólo un momento más, después ver cómo las sombras se trocaban en oro para por último oscurecerse y llenar los huecos de morado y ámbar, difuminando los contornos, lanzando llamaradas de fuego contra las ventanas.
No había conseguido gran cosa en su misión de limpiar el nombre de Justiniano. Su hermano seguía prisionero en un monasterio del desierto, recluido y sin poder hacer nada, viendo pasar las horas, los días y los años, mientras ella recopilaba hebras sueltas, demasiado pequeñas para tejer algo.
Ni siquiera estaba segura de que la muerte de Besarión se hubiera producido a resultas de su fervor religioso. Podía haberse debido a algo personal. Estaba claro que era un hombre abrasivo, de trato difícil, y que Helena estaba aburrida de él. Eso lo podía entender fácilmente. Había pensado que el propio Besarión debió de ser la clave de su muerte. No fue difícil pedir información acerca de él. Constantinopla estaba aún repleta de recuerdos, y a medida que se acumulaban los relatos de torturas y encarcelaciones, más crecía su estatura de héroe. Pero Ana había descubierto que no conocía la parte humana de aquel personaje. Había revelado a todos la pasión de su fe, pero nunca el deseo que anidaba en sus sueños.
En tal caso, ¿por qué lo habían asesinado?
Era como mirar el dibujo de un mosaico al que le faltara el centro. Podía haber un centenar de cosas. Sin aquella pieza, Ana no hacía más que dar manotazos al aire, perder un tiempo precioso.
Una y otra vez volvía a pensar en la Iglesia y en el peligro que corría de ser devorada por Roma. ¿La había amado Justiniano con una pasión que lo inducía a dedicar tiempo, energía y lealtad a personas que no apreciaba a fin de evitar que su identidad se corrompiese?
Se estremeció bajo el sol poniente, aunque el susurro de la brisa que estaba levantándose no era en absoluto frío.
Necesitaba hablar con otras personas, como Isaías Glabas, que difícilmente habría sido amigo de Justiniano, y con Irene y Demetrio Vatatzés. Irene a veces tenía mala salud. Ana debía hacer todo lo que estuviera en su mano para convertirse en médico suyo. En eso podría ayudarla Zoé.
Ana tardó siete semanas en arreglárselas para hacer una primera visita profesional a Irene. Le cayó bien de inmediato. Incluso angustiada por su malestar físico, Irene tenía un rostro en el que brillaba la inteligencia, aunque era de una fealdad sorprendente, pero Ana se percató de que ello se debía, cuando menos en parte, a su fuerza interior. La visita fue breve. Ana tuvo la impresión de que principalmente le correspondía a Irene decidir si quería confiar en ella o no.
Sin embargo, en la segunda visita saludó a Ana con alivio y sin dilación, y la condujo a una estancia más privada que daba a un pequeño patio interior. No había murales, a excepción de uno sencillo que representaba unas viñas, pero las proporciones de éste eran tan perfectas que daban la impresión de formar parte de las paredes, en lugar de ser un aditamento.
– Me temo que el dolor ha empeorado -dijo Irene con franqueza, de pie con los brazos caídos a los costados, como si incluso delante de un médico sintiera vergüenza de mencionar algo tan personal.
Ana no se sorprendió. Había notado en Irene una cierta torpeza de movimientos y un poco de rigidez que indicaba agarrotamiento en los músculos y sobre todo miedo. Ahora que estaba quieta, le levantó el brazo izquierdo y se lo sostuvo con la mano derecha.
– ¿Y también en el pecho? -le preguntó.
Irene sonrió.
– Vais a decirme que tengo el corazón débil. Lo aceptaré y os ahorraré el trabajo de buscar palabras de consuelo. -En aquel comentario había humor y un toque de amargura, pero no autocompasión.
– No -replicó Ana.
Irene arqueó las cejas.
– ¿Es consecuencia del pecado? Esperaba de vos mejor criterio. Zoé Crysafés me ha dicho que no erais partidario de la obediencia ni de la seguridad que proporcionan las creencias de los hombres.
– No imaginaba que Zoé tuviera una visión tan aguda -repuso Ana-. Ni que tuviera ojos para mí, aparte de mi capacidad profesional.
Irene esbozó una sonrisa. En su rostro tan poco agraciado, aquel gesto fue como un rayo de sol que ilumina un paisaje sombrío.
– Zoé se fija en todo el mundo, sobre todo en aquellas personas que calcula que le pueden ser de utilidad -replicó-. No os lo toméis como un halago. Simplemente, Zoé sopesa todas las herramientas hasta una fracción de una onza antes de hacer uso de ellas. Bien, dadme una respuesta sincera: ¿qué me pasa? La vez anterior me examinasteis a fondo.
Ana todavía no estaba preparada para contestar. Sabía que el marido de Irene aún vivía, porque en la primera visita se había mencionado su nombre.
– ¿Dónde está vuestro esposo? -preguntó.
El semblante de Irene ardió de furia y sus ojos llamearon.
– Debéis responderme a mí, descarado. Mi cuerpo es asunto mío, no de mi esposo.
Ana sintió el aguijón de la sorpresa, y al instante reparó en cuan esclarecedora había sido la reacción de Irene. ¿Qué había hecho su esposo para lacerarla tan hondo como para que su herida sangrara con sólo rozarla?
– Una gran parte de vuestro mal se debe a la angustia -respondió Ana con voz queda, procurando no transmitir lástima-. Por la visita anterior sé que vuestro hijo se encuentra en Constantinopla, y se me ha ocurrido que quizá vuestro esposo estuviera de viaje, acaso por regiones peligrosas. Aunque no sé cuáles son seguras. El mar nunca cambia sus orillas, sus arrecifes ni sus remolinos. Los piratas van y vienen.
Irene se ruborizó.
– Disculpadme -dijo-. Mi esposo se encuentra en Alejandría. Desconozco si se encuentra a salvo o no. Pero no me preocupa, porque sería inútil.
Seguidamente se volvió y, haciendo un esfuerzo, fue hasta la arcada que daba paso al patio y al frondoso jardín.
Así que Gregorio estaba en Egipto, tantos años después de que la mayoría de los exiliados hubiera regresado a Constantinopla desde otras regiones.
Ana siguió a Irene hasta el patio, el cual también poseía una belleza austera, de líneas limpias. La fuente desaguaba en un estanque en sombra, el agua atrapaba la luz sólo en la parte superior.
Le habló a Irene de las cosas de que suele hablar un médico: el alimento, el sueño, los beneficios de caminar.
– ¿Creéis que no he pensado en todo eso? -dijo Irene, una vez más con un tono de desilusión.
– Estoy seguro de que sí -respondió Ana-. ¿Lo habéis hecho? No os curará, pero permitirá a vuestro cuerpo que se cure solo.
– Sois tan ineficaz como mi sacerdote -señaló Irene-. ¿Os gustaría que rezara una docena de padrenuestros?
– Si sois capaz de rezarlos sin que vuestra mente divague hacia otras cosas -repuso Ana con toda seriedad-. Yo no creo que pudiera.
Irene la miró; en sus ojos había un principio de curiosidad.
– ¿Ésa es una manera un tanto abstrusa de decir que en el fondo todo esto es consecuencia del pecado? No necesito que me protejáis de la verdad. Soy tan fuerte como Zoé Crysafés. -Por sus ojos cruzó un destello de luz, casi como una risa momentánea-. ¿O acaso también a ella le disimuláis la verdad y se la dais envuelta en miel, como el que administra una medicina a un niño?