– No me atrevería -replicó Ana-. A no ser, claro está, que tuviera la seguridad de poder hacerlo con tanta perfección que ella no llegara a descubrirlo nunca.
Esta vez Irene rio abiertamente, una carcajada que contenía varias capas de significados, y por lo menos algunas de ellas maliciosas. ¿De qué modo le habría hecho daño Zoé?
– Tengo para vos un extracto de hierbas… -empezó Ana.
– ¿Qué es? ¿Un sedante? ¿Algo que me quite el dolor? -Irene tenía el desprecio pintado en la cara-. ¿Ésa es vuestra solución a las aflicciones de la vida? ¿Encubrirlas? ¿No mirar qué es lo que puede causar daño?
Ana debería haberse sentido insultada, pero no fue así.
– Es un sedante -contestó-. Os relajará los músculos para que vuestro cuerpo no luche consigo mismo y no os cause espasmos. Os calmará la respiración para que podáis comer sin tragar aire que os produzca indigestión y retortijones de estómago. Os relajará el cuello para que no os duela de tanto sostener la cabeza erguida. Y además evitará que sufráis jaquecas debido a que la sangre está intentando pasar por unos tejidos que están tensos, como si la paz fuera vuestro enemigo.
– Supongo que sabréis de qué estáis hablando -dijo Irene con un encogimiento de hombros-. Podéis decir a Zoé que mi familia sabe que habéis venido por recomendación suya. La hago responsable de todo lo que me suceda. Volved mañana.
Cuando Ana volvió, encontró a Irene mucho mejor. Que el dolor hubiera disminuido se podía atribuir al reposo nocturno, inducido en parte por el sedante. Todavía estaba cansada y con el ánimo bastante irascible.
Después, Ana vio que el hijo de Irene, Demetrio, la estaba aguardando. Le preguntó, con cierta preocupación, por el estado de su madre. Ana comprendió sin dificultad por qué Helena se sentía atraída hacia él.
– ¿Cómo está mi madre? -repitió con ansiedad.
– Yo diría que la angustia y el miedo la están devorando por dentro -respondió evitando la mirada del joven, cosa que no habría hecho de tener la conciencia tranquila.
– ¿De qué tiene que tener miedo? -preguntó Demetrio. Observaba a Ana estrechamente, pero lo disimulaba con una expresión de desdén.
– Podemos temer toda clase de cosas, reales e irreales -dijo ella-. Que Constantinopla sufra nuevamente un saqueo, si hay otra cruzada. -Por el rabillo del ojo vio el gesto de impaciencia que hizo Demetrio con la mano, como descartando aquella idea-. La forzada unión con Roma -siguió diciendo, y esta vez él se quedó totalmente inmóvil-. La violencia que asolaría esta ciudad si sucediera eso -añadió, midiendo sus palabras con la máxima precisión-. Posibles intentos de usurpar el poder que tiene Miguel sobre la Iglesia -ahora le tembló un poco la voz-, por parte de los que se oponen fervientemente a la unión.
Se hizo un silencio tan intenso que se oyó un tenedor que se le escapó de las manos a un criado y chocó contra las baldosas del suelo, dos habitaciones más allá.
– ¿Usurpar el poder que tiene Miguel sobre la Iglesia? -preguntó Demetrio por fin-. ¿Qué diablos queréis decir? -Estaba muy pálido-. Miguel es emperador. ¿O acaso os referís a usurpar el trono?
Con el corazón desbocado, Ana lo miró a los ojos.
– ¿Qué creéis vos?
– ¡Eso es ridículo!
– Hay algo que tiene alterada a vuestra madre -mintió Ana, pensando a toda velocidad-. Algo que le impide dormir y disfrutar de la comida, de tal modo que come mal y demasiado deprisa.
– Supongo que eso es mejor que decir que su enfermedad es consecuencia del pecado -concedió Demetrio con ironía. De pronto cruzó por su semblante una tristeza muy auténtica-. Pero, si pensáis que mi madre es una cobarde, es que sois un necio. Jamás la he visto atemorizarse por nada.
«Naturalmente que no la has visto», pensó Ana. Los temores de Irene eran del alma, no de la mente ni del cuerpo. Como la mayoría de las mujeres, ella temía la soledad y el rechazo, perder al hombre que amaba a manos de alguien como Zoé.
CAPÍTULO 43
En mayo de 1277, se hundió un techo del palacio papal de Orvieto. Se rompió en un millar de astillas de madera, yeso y escombros y mató al Papa Juan XXI. Cuando la noticia llegó a Roma, fue recibida con estupor y silencio, y después se propagó por el resto de la cristiandad. Una vez más, el mundo carecía de una voz divina que lo guiara.
Palombara se había enterado de la noticia en el palacio Blanquerna, durante una audiencia con el emperador. Ahora se encontraba en una de las grandiosas galerías, frente a una estatua de porte majestuoso. Era una de las pocas que habían sobrevivido, y tan sólo había sufrido una ligera mella en un brazo, como si quisiera demostrar que ella también estaba sometida al azar y al paso del tiempo. Era griega, de antes de Cristo, y descansaba al abrigo de aquel rincón que rara vez se utilizaba, hermosa y casi desnuda.
Ana caminaba por aquel mismo corredor, regresando de atender a un paciente. Vio al obispo Palombara, pero éste se hallaba ensimismado en sus pensamientos y no reparó en su presencia. En aquel momento de descuido, Ana advirtió en su rostro una cierta vulnerabilidad ante la belleza, como si ésta fuera capaz de llegarle al corazón atravesando sin dificultad todas las barreras que él había levantado y tocar sus llagas. Aun así él lo permitía. Ansiaba sentir una emoción avasalladora, aunque estuviera entreverada con el dolor. Pero la realidad de dicha emoción se le escapaba. Ana lo detectó cuando él volvió la cabeza, lo vio durante un brevísimo instante en sus ojos.
Luego, como si actuaran de mutuo acuerdo, él se apartó y regresó a la galería principal, y ella se sintió avergonzada de haberse entrometido, aunque hubiera sido sin querer. En eso, oyó unos pasos rápidos y se volvió bruscamente, como si la hubieran sorprendido en un sitio en el que no debía estar. ¿Por qué se sentía tan en evidencia? ¿Porque había experimentado un momento de empatía con aquel romano?
Esto era lo inmediato, lo duro del cisma, no las discusiones acerca de la naturaleza de Dios; la ponzoña que había dentro de la naturaleza del ser humano era la que trazaba las líneas de separación, y daba miedo estirar la mano y rebasarlas.
CAPÍTULO 44
De mayo a noviembre hubo otro prolongado vacío en la lucha entre Roma y Bizancio, hasta que a finales de noviembre se eligió nuevo Papa, Nicolás III. La noticia no llegó a Constantinopla hasta primeros del año nuevo, 1278. El nuevo pontífice era italiano, muy italiano. Desposeyó a Carlos de Anjou de su puesto de senador de Roma a fin de que no pudiera votar en futuras elecciones de Papa, con lo cual redujo considerablemente su poder. Los puestos más elevados y más cercanos a él los ocupó con hermanos, sobrinos y primos suyos, y así se construyó un fuerte baluarte sobre Roma.
Asimismo, exigió otra afirmación de la unión entre Roma y Bizancio. Esta vez no eran Miguel y su hijo quienes debían firmar la promesa de respetar las nuevas restricciones, sino todos los obispos y el alto clero existente en lo que quedaba del imperio.
Ana encontró a Constantino desesperado.
– ¡No debería haberlo hecho! -exclamó con voz grave-. Pero ¿cómo pude equivocarme? -Parecía estar al borde del llanto, tenía los ojos enrojecidos, buscaba escapar de una realidad que no podía soportar. Abrió las manos en un ademán de súplica-. El Papa Juan obligó al emperador a firmar la promesa de obedecer a Roma, y un mes después, sólo un mes, se le cae encima el techo del palacio. Ha sido un acto divino, tiene que serlo.
Ana no discutió.
– Así se lo he dicho a las gentes -prosiguió Constantino-. Hasta los cardenales de Roma deben de haberlo visto así. ¿Qué otra señal necesitan? ¿Acaso no creen que fue Dios el que derribó las murallas de Jericó con los pecadores dentro? -Iba subiendo el tono de voz en un furioso alegato-. Les he dicho que es el milagro que estábamos esperando. Les había prometido que la Santísima Virgen nos salvaría, sólo con que tuviéramos fe. -Se interrumpió, falto de aire-. Y los he traicionado.