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Ana se sentía violenta por él. Aquélla era la típica crisis de fe que uno debía sufrir a solas, y después poder fingir que no había ocurrido.

– Nadie dijo que fuera a ser fácil -empezó a decir Ana-. Por lo menos nadie que diga la verdad. Ni que no iba a causar dolor, ni que íbamos a ganar siempre. La crucifixión debió de parecer el final de todo.

Constantino expulsó el aire con cansancio.

– Hemos de seguir luchando, hasta la muerte, si es preciso. Hemos de encontrar nuevas fuerzas como sea. Si no tenemos la verdad, no tenemos nada en absoluto. -Una levísima sonrisa rozó sus ojos, y se pasó la mano por la túnica con gesto distraído-. Gracias, Anastasio. La fe que tenéis en mí me ha dado fuerzas. Esto es un paso atrás, pero no una derrota. Mañana veremos la resurrección, si tenemos fe. -Enderezó los hombros-. Empezaré de inmediato.

– Excelencia… -Ana alargó una mano como si fuera a tocarlo, pero en el último instante la dejó caer-. Tened cuidado -le recomendó, pensando en un posible apresamiento o en algo peor.

– Si habláis con demasiada claridad en contra de la unión, os desposeerán de vuestro cargo -dijo Ana en tono urgente-. Y entonces, ¿quién se encargará de atender a los pobres y a los enfermos? Acabaréis en el exilio, igual que Cirilo Coniates, ¿y de qué nos servirá eso?

– No tengo la menor intención de ser tan poco práctico -le prometió Constantino-. Guardaré silencio y conservaré la fe.

Tres días después Constantino se encontraba en las escaleras de la iglesia de los Santos Apóstoles. Un nutrido grupo de personas empujaba hacia delante, hacia Constantino, esperando a que éste les hablase para tranquilizarlas, les dijera que las anteriores palabras de consuelo no eran vacuas. Él no vio a Ana, que se encontraba en la sombra, a pocos pasos. Su mirada y su pensamiento estaban centrados en los rostros ávidos que tenía ante sí.

– Tened paciencia -dijo en tono calmo, y para poder oírlo todos cesaron de hablar y poco a poco se instaló el silencio-. Estamos entrando en tiempos difíciles. Debemos ser obedientes en apariencia, o de lo contrario causaremos disensiones en la comunidad, puede que violencia. Las antiguas costumbres están en pugna con las nuevas, pero nosotros conocemos la verdad de nuestra fe y practicaremos la virtud en nuestros hogares, aun cuando resulte imposible en nuestras calles o en nuestras iglesias. Mantendremos la fe y permaneceremos firmes en la esperanza. Dios acudirá en nuestro rescate.

El pánico fue cediendo. Ana vio que los rostros comenzaban a sonreír y que la agitación cesaba.

– ¡Dios bendiga al obispo! -exclamó alguien-. ¡Constantino! ¡Obispo Constantino!

Aquel grito fue recogido y repetido como un ensalmo.

Constantino sonrió.

– Id en paz, hermanos míos. Jamás perdáis la fe. Para los fuertes de corazón no existe la derrota, sino sólo un período de espera, un ejercicio de confiar y guardar los mandamientos de Dios, hasta que llegue el amanecer.

De nuevo se elevó el cántico, gritaron su nombre, luego bendiciones, luego su nombre otra vez, repitiéndolo sin cesar. Ana lo miró y vio la actitud humilde de la cabeza, el gesto de rechazar las alabanzas. Pero también vio que le temblaba el cuerpo, que su puño, semi-oculto entre los ropajes, se cerraba con fuerza, y que la piel se le cubría de sudor. Cuando se volvió hacia ella, apartándose modestamente de las adulaciones, tenía los ojos brillantes y las mejillas arreboladas. Ana había visto aquella misma expresión en la cara de Eustacio la primera vez que le hizo el amor, al principio, cuando a ambos los consumía el deseo y la pasión, antes del rencor.

De repente se sintió asqueada y avergonzada, deseó no haberlo visto, pero era demasiado tarde. La expresión que vio en Constantino se le quedó grabada. Él ni siquiera se percató. Estaba gozando inmensamente de la sensación de ser adorado.

Ana permaneció en las sombras, asediada por un sentimiento de culpabilidad, porque era consciente de la indignidad que había en el obispo, había conocido sus dudas y después su lujuria, y no tenía la sinceridad necesaria para decírselo.

Constantino le había proporcionado de nuevo un vínculo con el cuerpo de la Iglesia, un propósito para esforzarse más allá de la labor diaria de curar a los enfermos. Separarse de manera irrevocable de él, porque sería irrevocable, significaba quedarse sola.

¿Qué suponía mayor traición: enfrentarse a él con la verdad, o no enfrentarse? Dio media vuelta y echó a andar, por delante de Constantino, para que éste no pudiera verle los ojos ni ella pudiera ver los suyos.

CAPÍTULO 45

Ana se encontraba en el elegante y silencioso dormitorio de Irene Vatatzés, contemplando a la mujer tendida en la cama. Tenía la ropa arrugada y salpicada de sangre, y presentaba manchas de ungüento alrededor del cuello. En dos lugares se le apreciaba también mucosa amarilla que había supurado. Tenía una úlcera abierta en la mejilla y otra justo debajo de la línea del mentón, en el lado contrario. Sus manos estaban cubiertas de llagas rojas, algunas ya hinchadas, en las que asomaba el pus.

Ana sabía por su hijo Demetrio que su esposo, Gregorio, iba a regresar de Alejandría dentro de poco, y esta vez para quedarse indefinidamente. Irene sufría dolor físico, pero era mayor su angustia.

– ¿También tenéis afectado el resto del cuerpo? -preguntó Ana con delicadeza.

Irene la traspasó con la mirada.

– Eso no importa. -Hizo un ademán brusco con las manos-. Curadme la cara. Haced lo que tengáis que hacer, no me importa lo que cueste. -Hizo una inspiración profunda-. Ni tampoco lo que duela.

Su voz sonaba quebradiza. Ana percibió el filo de sus palabras como si fueran pedazos de cristal rozando uno contra otro.

Ana pensaba a toda velocidad buscando cualquier otra posibilidad, cualquier tratamiento, por radical que fuera, cristiano, árabe o judío. ¿Sería de utilidad alguno de ellos en el caso de que el origen de la dolencia de Irene fuera el miedo?

La imaginación de Ana voló hasta las heridas que adivinaba que sufría su paciente, inteligente, fea y vulnerable, viéndose rechazada a cambio de la sensual Zoé, que se reiría y disfrutaría y después se marcharía llevándose consigo lo que le apeteciera, sin necesitar nada. ¿Era Gregorio un hombre aburrido de lo que podía tener y fascinado por lo que no podía tener? Qué superficial. Qué cruel. Y, no obstante, qué comprensible.

¿Qué objeto tenía curar la piel por fuera, cuando al día siguiente iba a ulcerarse de nuevo?

– ¡No os quedéis ahí como un idiota! -saltó Irene volviéndose un poco para mirarla-. Si no sabéis qué hacer, decidlo. Llamaré a otra persona. Si os acosa la pobreza, por Dios, tomad algo de dinero, pero no me miréis como si esperarais que me cure sola. ¿Qué vais a decirme? ¿Que debería rezar? ¿Creéis que no he rezado en toda mi vida, estúpido…? -De repente giró la cabeza, con lágrimas en la cara.

– Estoy estudiando qué remedios existen y cuáles serían los más apropiados -dijo Ana en tono suave. Alguna forma de intoxicación aliviaría el sentimiento de inseguridad y timidez que había impedido a Irene expresar su pasión o su rabia, y que quizás la había hecho más difícil de conocer. Incluso era posible que le permitiera expresar la sensualidad que podría haberla convertido en una persona amena pero inalcanzable para Gregorio. Sería una solución provisional, pero ¿de qué servía una cura que tuviera efecto a largo plazo si la paciente perecía ahora ahogada en su sufrimiento?

– Voy a daros un ungüento que eliminará la sensación de quemazón -dijo.

– ¡Me da igual la sensación, idiota! -le gritó Irene-. ¿Es que no veis nada, sois tan…?