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Todas las dificultades habían sido previstas y planificadas. Justiniano debía encargarse de los mercaderes y los capitanes de los puertos. La misión de Antonino consistía en contener a los comandantes del ejército. El propio Demetrio debía sobornar o ganarse de alguna otra manera a la guardia varega que estuviera presente aquella noche, y una vez que el emperador hubiera muerto, exigirle, lealtad al nuevo emperador, Besarión.

¿Quién iba a encargarse de matar a Miguel? La guardia varega no permitiría que nadie se acercara lo suficiente. Sólo podía haber una respuesta. Zoé estaría dispuesta a matarlo, si tuviera el convencimiento de que el fin era salvar a Bizancio.

Ana vertió polvo en una jarrita, le puso una etiqueta y limpió los utensilios, y volvió a empezar.

En el pasado las dinastías habían cambiado violentamente, y sin duda volvería a ser así en el futuro. Cuanto más pensaba en ello, más nítidamente se le aparecía Besarión como el típico fanático para el que aquello sería una acción necesaria y noble. Era una explicación que daba respuesta a demasiadas cosas para no tomarla en cuenta. Para responder a las que quedaban iba a tener que esforzarse, pero con muchísimo más cuidado y sin olvidar nunca, en ese segundo que se tarda en pronunciar una palabra o hacer un gesto descuidado, que todos los otros conspiradores seguían estando vivos, quizá buscando otro pretendiente al trono, como por ejemplo Demetrio Vatatzés.

Con un escalofrío, sintió cómo el miedo le retorcía dolorosamente las entrañas.

El siguiente paciente al que trató le ocupó varios días, y además vivía en el barrio veneciano, bajando por la orilla del mar. Había sufrido una grave herida de cuchillo cuando lo agredieron en una reyerta cerca de los muelles. Su familia temía llamar a un médico cristiano, y Ana ya contaba con una fama muy extendida.

Sangraba profusamente. Ana no tuvo más remedio que probar un método que había visto usar a su padre en casos extremos. Éste lo había aprendido durante los viajes que hizo en su juventud por el norte y el este, más allá del mar Negro.

Recogió la sangre en una vasija limpia y situó ésta cerca del fuego. Seguidamente lavó la herida y la rellenó con una tela de algodón hasta que cesó la hemorragia. La operación le llevó poco tiempo, durante el cual habló al paciente con voz relajada a fin de apaciguar su miedo y le administró una tintura para paliar el dolor.

Cuando la sangre recogida en la vasija se hubo coagulado, la aplicó con suavidad sobre la herida abierta, para sellarla. Una vez que tuvo la seguridad de que ya no sangraba más, preparó una mezcla con las hierbas más curativas y vigorizantes, convertidas en un polvo fino, y formó con ellas una pasta que ablandó con manteca y que a continuación utilizó para evitar que la tela del vendaje se quedara adherida a la piel. Permaneció un rato en la casa con el paciente, tan sólo salió para comprar más hierbas y enseguida regresó a la cabecera de su cama.

Al oír a su alrededor el ritmo y el estilo de la lengua veneciana, no pudo evitar que de nuevo le viniera a la memoria Giuliano Dandolo. No tenía idea de por qué se había marchado tan repentinamente, pero se daba cuenta de que lo echaba de menos, sin bien en cierto modo aquello también suponía un alivio. Era imposible que llegaran a ser algo más que amigos ocasionales, personas que pudieran hablar de sueños un poco más profundos, de penas y alegrías que tocaban el alma, y al mismo tiempo reírse de pequeñeces absurdas.

Pero Giuliano despertaba en ella otra cosa que Ana no podía permitirse. Sí, era un alivio que Giuliano Dandolo hubiera regresado a Venecia. Al igual que Irene Vatatzés, ella necesitaba un cierto entumecimiento, un descanso del dolor que causaba amar.

CAPÍTULO 46

Ana volvió a visitar a Irene en cuanto su paciente veneciano estuvo lo bastante recuperado. Encontró las úlceras notablemente mejor. Irene estaba levantada y vestida con una túnica sencilla, casi severa. Mientras Ana estaba allí llegó Helena, pero no fue recibida.

– No estoy de humor para recibir a Helena, ahora que parezco más una Gorgona que otra cosa -dijo Irene en tono irónico, como si fuera algo divertido, pero por debajo se percibía un resquemor que se le notó en los ojos y en la tensión de los hombros al darse la vuelta. Era el mecanismo defensivo de una mujer que sabía que era fea.

Ana se obligó a sí misma a sonreír.

– Me gustaría saber cómo era Helena de Troya, para que por ella estuvieran dispuestos a quemar una ciudad y destruir una civilización -siguió diciendo Irene, continuando con la conversación como si no hubiera ninguna otra observación que hacer.

– A mí me enseñaron que en aquella época el concepto de belleza era mucho más profundo que una mera cuestión de formas -replicó Ana-. Era necesario poseer belleza también en la inteligencia, en el intelecto y la imaginación, y en el alma. Si lo único que desea uno es un rostro bello, le valdría con una estatua. Y además, una estatua puede poseerse por entero, ni siquiera necesita que le den de comer. -Se preguntó si el rechazo que sentía Gregorio tenía su origen en la inseguridad de Irene. ¿Era posible que el hecho de estar convencida de su fealdad la hiciera parecer fea a los demás? ¿Podrían haberse olvidado los demás de eso, si ella se lo hubiera permitido?

Ana la miró fijamente. La torpeza de sus movimientos no era más acusada que la de otras muchas mujeres de su edad. El paso del tiempo y la inteligencia habían conferido una distinción a sus facciones que seguramente éstas no tenían cuando era joven. ¿Ella misma no se había permitido verlo?

Amaba y odiaba a la vez a Gregorio. La expresión de sus ojos, la tensión de las manos, todo ello la traicionaba. Irene estaba convencida de que no podía ser amada, de que nadie podía quererla con pasión, alegría o ternura, con aquel deseo desesperado de ser amado a su vez que hacía de la pasión algo recíproco.

Más tarde, cuando Ana estaba en la sala principal con Demetrio, que le estaba pagando las hierbas medicinales, observó a Helena, que vestía una túnica de color claro ribeteada de oro y lucía un complicado peinado. Sin querer la comparó con Zoé, y Helena salió perdiendo.

– Gracias -dijo Ana cuando Demetrio le hubo entregado las monedas-. Volveré dentro de uno o dos días. Estoy convencido de que Irene continuará mejorando, y para entonces es posible que convenga modificar ligeramente el tratamiento. -No añadió que estaba procurando no administrar a Irene una dosis excesiva del intoxicante que había empleado, por si se volvía dependiente de la sensación artificial de bienestar que proporcionaba. Su intención era seguir usándolo mientras le fuera necesario a Irene para enfrentarse al regreso de Gregorio.

– No se lo modifiquéis -dijo Demetrio apresuradamente y con el rostro contraído por la preocupación-. Está funcionando muy bien.

Ana salió y fue a visitar a su siguiente paciente, y después a otro más. Por fin, ya tarde y cansada, se desvió para subir las escaleras que llevaban a aquel lugar favorito desde el que se contemplaba el mar.

Aquel lugar la atraía por el silencio que se respiraba en él. El viento y las gaviotas no alteraban el vuelo del pensamiento. No deseaba todavía responder a las insistentes preguntas de Leo acerca de su bienestar ni ver en los ojos de Simonis cómo iba apagándose la esperanza de que algún día lograran demostrar la inocencia de Justiniano.

Ana se detuvo en el exiguo parche de tierra lisa que había en lo alto del sendero, sintiendo el azote del viento en los árboles por encima de ella. Poco a poco el color se extinguió en el horizonte y el crepúsculo se apoderó del cielo.

La irritó oír pisadas que se acercaban por el camino. Se volvió de espaldas a propósito y se puso mirando al este y a la borrosa costa de Nicea, ya oscurecida.