Entonces oyó que pronunciaban su nombre. Era la voz de Giuliano. Tardó unos momentos en dominarse antes de saludarlo.
– ¿Habéis vuelto por orden del dux? -le preguntó. Giuliano sonrió.
– Eso cree él. Pero lo cierto es que he vuelto por la puesta de sol y por la conversación. -Hablaba con ligereza, pero por un instante dejó entrever un atisbo de sinceridad-. El hogar nunca es del todo el mismo cuando uno regresa. -Cubrió los pocos pasos que quedaban para llegar hasta ella.
– Todo es más pequeño -dijo Ana en tono festivo. No debía permitir que se notara la ardiente emoción que la embargaba. Se alegró de estar de espaldas a lo que restaba de luz.
Giuliano la miró, y entonces desapareció parte de la tensión de su rostro. La sonrisa se hizo más amplia, más relajada.
– Los cafés del embarcadero no han cambiado, y tampoco las discusiones. Es un hogar de otro tipo.
– Los griegos siempre estamos discutiendo -le contestó Ana-. No nos tomamos la molestia de hablar de temas respecto de los que sólo existe una opinión válida.
– Ya me he dado cuenta -replicó Giuliano con ironía. Todavía quedaba luz suficiente reflejada en el mar para distinguir el brillo de su piel, los leves frunces alrededor de sus ojos-. Pero el emperador ha jurado lealtad a Roma. ¿No servirá eso para poner fin a vuestra libertad para discutir?
– No tanto como una invasión -repuso Ana, cortante-. Habrá otra cruzada, tarde o temprano.
– Temprano -dijo él con una súbita tensión en la voz. -¿Habéis vuelto para advertirnos?
Giuliano se miró las manos, que tenía apoyadas sobre la basta tabla de madera que formaba una especie de barandilla.
– ¿De qué iba a servir? Vos sabéis tan bien como cualquiera que es inevitable.
– Seguiremos discutiendo sobre Dios y sobre lo que desea de nosotros -dijo Ana cambiando de tema-. El otro día me lo preguntó una persona, y caí en la cuenta de que nunca había reflexionado seriamente sobre ese tema.
Giuliano frunció el ceño.
– La Iglesia diría que nada de lo que podamos hacer tendrá mucho valor para Él, pero que exige obediencia, y pienso que también alabanza.
– ¿A vos os gusta que os alaben? -inquirió Ana.
– De vez en cuando. Pero yo no soy Dios. -Por su semblante cruzó una sonrisa efímera.
– Yo tampoco -dijo Ana en tono serio-. Y me gusta que me alaben únicamente cuando he hecho algo bien y cuando sé que la persona que me alaba es sincera. Pero es suficiente con una sola vez. Me molestaría que me alabaran todo el tiempo. No son más que palabras, «eres maravilloso», «eres magnífico»…
– No, por supuesto que no. -Giuliano se volvió, medio de espaldas al mar y con el rostro girado hacia ella-. Eso sería ridículo y… superficial.
– ¿Y obediencia? -continuó Ana-. ¿Os gusta que la gente haga lo que vos le decís, y no porque lo haya pensado ella misma, ni porque quiera hacerlo? Sin crecer, sin aprender, ¿acaso la eternidad no resultaría… aburrida?
– Nunca se me ha ocurrido la posibilidad de que el cielo sea un aburrimiento -replicó Giuliano, ahora riendo a medias-. Pero al cabo de cien mil años, sí, terrible. De hecho, es posible que se transforme en infierno…
– No -dijo Ana-. El infierno consiste en haber tenido el cielo y dejar que a uno se le escape de las manos.
Giuliano se llevó las manos a la cara y apretó las palmas.
– Oh, Dios, estáis hablando en serio.
Ana se sintió azorada.
– ¿No debería? Perdonadme…
– ¡No! -El veneciano la miró-. ¡Sí que debéis! Ahora sé qué es lo que más he echado de menos al estar lejos de Bizancio.
Por un instante a Ana las lágrimas le nublaron la vista. Juntó una mano con la otra y se retorció los dedos hasta que el dolor le recordó la realidad, los límites, las cosas que podía tener y las que no podía tener.
– Puede que haya más de un infierno -sugirió-. Puede que uno de ellos consista en repetir lo mismo una y otra vez hasta que por fin nos damos cuenta de que estamos muertos, en todos los sentidos. Que hemos dejado de crecer.
– Me siento tentado a bromear diciendo que ese comentario es bizantino puro, y probablemente herético -respondió Giuliano-. Pero tengo la horrible sensación de que estáis en lo cierto.
CAPÍTULO 47
Por supuesto Helena había informado a Zoé del regreso de Alejandría de Gregorio Vatatzés. Se había presentado en el centro de la espléndida estancia que daba al mar y lo había dicho con toda naturalidad, como si dicho asunto no tuviera mayor interés que el precio de algún artículo de lujo nuevo en el mercado. Divertido pero intrascendente. ¿Hasta dónde sabía Helena, o, peor aún, había algo que Zoé no sabía?
Contempló la majestuosa cruz de oro. Pobre Irene, había buscado refugiarse en su inteligencia y en su cólera, en lugar de servirse de ambas cosas para obtener lo que deseaba.
Y Gregorio venía de regreso a casa por fin. Llegaría cualquier día. Lo recordaba con la misma nitidez que si se hubiera ido una semana antes, como si no hubieran pasado más años de los que deseaba contar. A lo mejor el cabello se le había vuelto gris. Pero aún sería igual de alto, incluso más que ella.
Tal vez fuera mejor que no se hubieran casado. Podría haberse desvanecido la tensión del peligro, podrían haber terminado aburridos el uno del otro.
Arsenio era primo de Gregorio por parte de una rama más antigua de la familia. Se había quedado con el dinero y con los magníficos iconos robados y no había compartido nada, de manera que su pecado no había llegado a salpicar a Gregorio. De hecho, éste lo odiaba por dicho motivo. Si no fuera así, Zoé no habría podido amarlo de ningún modo.
Pero Gregorio seguía siendo primo de Arsenio, y estaría preocupado por su muerte y naturalmente por la caída en desgracia de su hija y la muerte de su hijo, que Zoé había orquestado de forma tan brillante. ¿Llegaría a deducir lo que había sucedido y de qué modo lo había provocado ella? Siempre había sido tan inteligente como ella, o casi.
Se estremeció aunque el aire que penetraba por la ventana aún era tibio. ¿Buscaría venganza Gregorio? No sentía afecto alguno por Arsenio, pero la familia era importante, el orgullo de la estirpe.
Un día Zoé se vistió de azul oscuro, al siguiente de topacio y carmesí, utilizó aceites y ungüentos, se aplicó perfumes, ordenó a Tomáis que le cepillase el pelo hasta que reluciera lanzando destellos bronceados y dorados al moverse, como el entramado de la seda.
Transcurrieron los días. Se propaló el rumor de que Gregorio estaba en casa. Se lo dijeron los criados, y también Helena. Gregorio iba a venir a verla, no podría resistirse. Y ella podía hacerlo esperar hasta el último momento, siempre había sabido hacerlo, costara lo que costase. Paseó nerviosa por la estancia, perdió los nervios con Tomáis y le arrojó un plato que le acertó en la mejilla. Al ver brotar súbitamente la sangre, un reguero escarlata que resbalaba por la piel negra, mandó llamar a Anastasio para que le cosiera la herida, pero no le explicó nada.
Cuando por fin llegó Gregorio, de todos modos la tomó por sorpresa. Todas las ideas que se había formado se quedaron cortas ante la conmoción que le causó verlo entrar en la habitación. Zoé había estado leyendo con todas las antorchas encendidas para poder ver bien, y ya era demasiado tarde para atenuarlas.
Gregorio entró andando despacio. Su cabello tenía numerosas hebras grises pero seguía siendo abundante, su rostro alargado se veía un poco hundido debajo de los pómulos, sus ojos eran negros como el alquitrán. Pero era su voz lo que siempre había calado en Zoé hasta lo más hondo, aquella dicción meticulosa, como si le gustase el sonido de las palabras, aquella resonancia en tonos graves.
– No veo todo esto muy distinto -dijo con voz suave, paseando la mirada por la sala antes de posarla en Zoé-. Y tú sigues vistiendo los mismos colores. Me alegro. Hay cosas que no deben cambiar nunca.