Zoé experimentó un aleteo por dentro, como un pájaro enjaulado. Le vino a la memoria Arsenio agonizando en el suelo, escupiendo sangre, los ojos brillantes de odio.
– Hola, Gregorio -dijo con naturalidad, y dio uno o dos pasos en dirección a él-. Aún pareces bizantino, pese a los años que has pasado en Egipto. ¿Has tenido una buena travesía?
– Ha sido tediosa -repuso él con una leve sonrisa-. Pero segura.
– Encontrarás Constantinopla cambiada.
– Desde luego. Se ha reconstruido mucho, pero no todo. Las murallas de la costa han sido reparadas en gran medida, pero no tenéis juegos ni carreras de cuadrigas en el hipódromo -observó-. Y Arsenio ha muerto.
– Lo sé. -Se había preparado para aquel momento-. Lamento tu pérdida. Pero Irene se encuentra bien, y también Demetrio, aunque sé que te han echado de menos. -Aquello era una formalidad.
Gregorio se encogió de hombros.
– Tal vez -aceptó, desechando el tema-. Demetrio habla mucho de Helena. -Una tenue sonrisa rozó sus labios-. Ya imaginaba yo que se cansaría de Besarión. De hecho, ha tardado más tiempo del que yo había calculado.
– Besarión ha muerto.
– ¿De veras? Era joven, al menos para morir. -Lo asesinaron -le dijo Zoé en tono sereno. Por el semblante de Gregorio cruzó brevemente una expresión divertida que se esfumó con la misma rapidez. -¿En serio? ¿Quién?
Zoé lo miró a los ojos. No había sido su intención, pero el impulso le resultó irresistible. En ellos vio brillar el fuego de la inteligencia, así como una comprensión sin límites. Desviar la mirada equivaldría a una derrota.
– Un joven llamado Antonino, tengo entendido, ayudado por un amigo, Justiniano Láscaris. Éste fue el que se deshizo del cadáver. Gregorio parecía sorprendido.
– ¿Por qué? Si alguna vez ha existido un hombre totalmente inútil, ése era Besarión. No sería por Helena, ¿no? A Besarión no le habría importado lo más mínimo que su esposa tuviera aventuras, siempre que fuera discreta.
– Por supuesto que no fue por Helena -dijo Zoé en tono áspero-. Estaba al frente de la lucha contra la unión con Roma. Se ganó una fama considerable de héroe religioso.
– Qué interesante. -Gregorio lo dijo como si lo sintiera de verdad-. Y esos otros hombres, Antonino y Justiniano, ¿estaban a favor de la unión?
– En absoluto, sobre todo Justiniano -contestó Zoé-. Estaban profundamente en contra. Ésa es la parte que no encaja.
– Esto es interesante de verdad -murmuró Gregorio-. ¿Y Helena? ¿Deseaba ser la esposa de un héroe? ¿O le iba mejor el papel de viuda de un héroe? Por lo que dices, Besarión debía de ser terriblemente aburrido.
– Y lo era. Ya intentaron matarlo antes de que lo lograra Antonino. En tres ocasiones. Dos veces con veneno, y otra en la calle, con un cuchillo.
– ¿Y no fue Antonino?
– Desde luego que no. No era un incompetente. En absoluto. Y Justiniano Láscaris menos aún.
– Entonces, puede que después de todo le interesara Helena -dijo Gregorio, pensativo-. ¿Has dicho «Láscaris»? Un buen apellido.
Zoé no respondió. Sentía cómo le retumbaba el corazón en el pecho y le costaba respirar.
Gregorio sonrió. Seguía teniendo los dientes blancos y fuertes.
– Eso es algo que tú no has hecho nunca, Zoé. -Lo dijo en voz baja, como si la elogiara-. Si tuvieras que deshacerte de alguien, lo matarías tú misma. Sería más eficiente y más seguro. Porque, aunque se haga con el mayor de los cuidados, en el mayor de los secretos, siempre hay una manera de averiguarlo.
– Pero no de demostrarlo -replicó ella con un levísimo temblor en el aliento.
Gregorio había avanzado otro paso más y había salvado la distancia que había entre ambos. Tocó la mejilla de Zoé con los dedos y a continuación la besó, despacio, íntimamente, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Ella decidió atacar. Cuando se duda, lo mejor es atacar. Le respondió con igual intimidad, con los labios, la lengua, el cuerpo. Y fue él quien retrocedió.
– No hace falta que demuestres nada-dijo Gregorio-, si lo que buscas es venganza. Lo único que necesitas es estar segura.
– Entiendo la venganza -le contestó Zoé, acariciando las palabras con la voz-, no por mí misma, porque nadie me ha perjudicado lo suficiente para vengarme, sino por mi ciudad, por haberla visto violada y despojada de sus sagradas reliquias. La entiendo, Gregorio.
– Yo jamás pensaré en Bizancio sin pensar en ti, Zoé. Pero hay otras lealtades, como la de la sangre. Algún día moriremos todos, pero cuando te llegue a ti la hora Bizancio no volverá a ser lo mismo. Habrá desaparecido algo, y yo lo lamentaré profundamente. -Gregorio paseó una vez más la mirada por la sala, y acto seguido giró sobre sus talones y salió.
Zoé permaneció inmóvil. Gregorio sabía que a Arsenio lo había matado ella. Aquello era lo que había venido a decirle. La dejaría esperar, dejaría que especulase qué se proponía hacer él y cómo. Gregorio nunca se precipitaba a la hora de gozar de sus placeres, fueran físicos o emocionales. Zoé lo recordaba bien. Gregorio los paladeaba lentamente, bocado a bocado.
Se quedó de pie en la sala abrazándose la cintura. El rapto de Constantinopla no podía ser perdonado hasta que se hubiera pagado por todo, no iba a quedar relegado a un lugar recóndito del cerebro para que fuera curándose poco a poco.
Entre las personas a las que debía exprimir hasta la última gota se encontraba Giuliano Dandolo, el bisnieto de aquel viejo monstruoso que había dirigido la cruzada.
Zoé fue hasta la ventana y contempló la luna, que se alzaba en el cielo derramando plata sobre el Cuerno de Oro. Comenzó a planificar la destrucción de Gregorio. Lo lamentaba. A lo mejor se acostaba con él una última vez. Lloraría su pérdida, puede que más que Irene.
CAPÍTULO 48
Para Zoé, más importante que las consideraciones sobre cómo destruir a Gregorio, era el hecho de que él estaba avisado. Su arma era el veneno, administrado a la mente o al cuerpo. Sabía enfurecer a las personas, tentarlas o provocarlas, incluso engañarlas para que se destruyeran ellas mismas. Toda cualidad tiene el potencial de convertirse en una debilidad, si se lleva demasiado lejos. Hasta el besante de oro, la más exquisita de las monedas, tenía dos caras.
Se contempló a sí misma en el cristal. En la penumbra de aquella estancia, a la sombra de la luz del sol, todavía era hermosa. Nunca había sido una persona indecisa ni cobarde. ¿Emplearía Gregorio aquellos rasgos en su contra? Por supuesto que sí, si descubriera cómo.
El cómo consistiría en ofrecerle un cebo para que ella lo atacase. Así era como habría actuado ella. Gregorio se valdría de su coraje para tenderle la tentación de aprovechar la oportunidad, de forma temeraria, y entonces atraparla. ¿Debería hacer ella lo mismo? ¿Echarse un farol? ¿Un doble farol? ¿Uno triple? ¿Abandonarlos todos y actuar con simplicidad? Nada bizantino ni egipcio, sino un modo de actuar tosco como el latino, y por lo tanto inesperado, viniendo de ella.
¿Y si se limitase a esperar y observar, a ver qué hacía él? ¿Cuándo decidiría actuar? A fin de cuentas, era él el que quería vengar la muerte de Arsenio, así que ella tenía tiempo de sobra.
Debía tener cuidado, muchísimo cuidado.
Con todo, tres días más tarde, después de hacer una visita a los baños y comer fruta, se sintió sumamente enferma. Llegó a casa afligida por náuseas y con un dolor punzante. Ya estaba empezando a nublársele la vista. ¿Cómo habría hecho Gregorio para envenenarla? Había tenido mucho cuidado, sólo había comido lo que había visto comer a los demás, alimentos inocuos, albaricoques y pistachos de un plato común.
Entró en su alcoba con paso vacilante, apoyándose en Tomáis.
– ¡No! -exclamó con voz ahogada cuando Tomáis intentó ayudarla a que se tendiera en la cama-. ¡Me han envenenado, idiota! Tengo que tomarme un vomitivo. Tráeme una escudilla y mis hierbas. ¡Date prisa! ¡No te quedes ahí como una imbécil! -Ella misma percibió el pánico que teñía su propia voz. La estancia comenzó a girar a su alrededor y a volverse borrosa y oscura, como si las velas estuvieran consumiéndose.