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Regresó Tomáis con una escudilla y una jarra de agua. Con dedos temblorosos, Zoé vertió en un vaso una cucharadita del contenido de uno de los frascos y dos hojas desmigadas del otro, y bebió. El bebedizo tenía un sabor amargo, y ella sabía que dentro de unos momentos el dolor sería más intenso y que vomitaría terriblemente. Pero el malestar no duraría mucho, y se le vaciaría el estómago. Al día siguiente empezaría a recuperarse.

¡Maldito fuera Gregorio! ¡Maldito!

Tardó casi dos semanas en verlo de nuevo. Fue en el palacio Blanquerna. Se habían congregado allí todos los personajes importantes de la Iglesia y del Estado, ya fueran de familias de alcurnia o nuevos ricos. Tanto los hombres como las mujeres lucían joyas que valían el rescate de un rey, aunque había que decir que había pocas mujeres presentes. Zoé no podía brillar más que la emperatriz, de modo que eligió no llevar ninguna joya y limitarse a lucir su estatura y su magnífico cabello para acentuar la belleza de sus facciones y por consiguiente destacar como una persona diferente. La túnica que vestía era de seda color bronce y hacía visos claros y oscuros al moverse, a juego con un cordón de oro en el pelo, como una corona.

Las cabezas que se volvieron hacia ella y las exclamaciones ahogadas le confirmaron que había acertado.

Vio a Gregorio desde el principio, era inevitable dada su estatura, pero transcurrió más de una hora antes de que él se decidiera a hablarle. Estuvieron solos por espacio de breves instantes, separados del resto de los invitados por una hilera de columnas de exquisitos azulejos que creaban una estancia aparte. Gregorio le ofreció un pastelillo de miel decorado con almendras.

– No, te lo agradezco -lo rechazó Zoé, quizá demasiado deprisa.

Por el semblante de Gregorio se extendió una lenta sonrisa. No hizo comentario alguno, pero ambos se miraron a los ojos, y Zoé adivinó exactamente lo que estaba pensando, de igual modo que él le leyó el pensamiento a ella.

– Estás maravillosa, como siempre, Zoé. A tu lado, las demás mujeres de esta sala dan la sensación de esforzarse demasiado.

– Quizá lo que ellas desean se pueda conseguir con dinero -replicó Zoé, pensando de qué forma interpretaría Gregorio aquella respuesta.

– Qué aburrido -dijo él sin apartar los ojos de los de Zoé- y qué propio de la juventud. Lo que se puede comprar empalaga rápidamente, ¿no crees?

– Lo que una persona puede comprar también puede comprarlo otra -confirmó Zoé-. Con el tiempo, termina siendo vulgar.

– Pero no así la venganza -replicó Gregorio-. La venganza perfecta es un arte, y eso necesita ser creado. De ningún modo puede satisfacer si es obra de otro, ¿no estás de acuerdo?

– Por supuesto. El acto de crearla ya conlleva en sí la mitad del disfrute. Pero, naturalmente, sólo si se alcanza el éxito.

Gregorio la miró detenidamente.

– Desde luego que así debe ser, pero me decepcionas si crees que se ha de alcanzar el éxito de inmediato. Sería como beber un buen vino a grandes tragos, sin saborearlo, sin disfrutarlo sorbo a sorbo. Y, querida, tú nunca has sido tan bárbara como para desperdiciar el placer.

¡De modo que Gregorio no había intentado matarla! Por lo menos hasta el momento. Pretendía jugar antes un rato, un tajo aquí y otro allá, a fin de quitarle valor cada vez. Lo que contaba para Gregorio era el insulto a su orgulloso apellido, la monstruosa temeridad que representaba atreverse a matar a un miembro de su linaje… en realidad, contando a Jorge, a dos. Era la guerra.

Zoé lo miró sonriente y contestó:

– Yo soy bizantina. Y eso quiere decir que soy sofisticada y bárbara al mismo tiempo. Haga lo que haga, lo llevaré hasta sus últimas consecuencias. Me sorprende que tenga que recordártelo. -Lo recorrió de arriba abajo con la mirada-. ¿Flaquea tu salud?

– En absoluto. Ni flaqueará. Soy más joven que tú.

Zoé lanzó una carcajada.

– Siempre has sido más joven, querido. Como todos los hombres. Es un hecho que las mujeres debemos aprender a aceptar. Pero me alegro de que no lo hayas olvidado. Olvidar los placeres sería como morir un poco, paso a paso. -Le sonrió con los ojos brillantes-. Mi memoria es perfecta.

Gregorio no respondió, pero Zoé observó que tensaba los músculos de la mandíbula. Con independencia de que quisiera admitirlo o no, ella aún tenía poder para excitarlo. Era una verdadera lástima que tuviera que morir.

Gregorio retrocedió un paso para distanciarse apenas.

Zoé se permitió reírse con un brillo de diversión en los ojos.

– ¿Pecas por exceso, o por defecto? -le preguntó en voz suave.

De pronto estalló la furia en el tinte rosa de las mejillas de Gregorio. Alzó una mano y asió a Zoé del brazo cerrando los dedos con fuerza. Ella no habría podido escapar, aunque hubiera querido. De repente, el recuerdo físico de la pasión vivida le recorrió todo el cuerpo como un líquido ardiente.

Lo miró a la cara. Si Gregorio no cedía a la tentación de hacerle el amor, ella no se lo perdonaría nunca. Y entonces sería fácil matarlo, difícilmente podría arrepentirse de ello, siquiera. Pero si cedía, y le hacía el amor con toda la pasión y la fuerza de antes, por Dios que tener que matarlo iba a ser lo más difícil que habría tenido que hacer nunca.

Gregorio, sin soltarle el brazo, echó a andar tirando de ella, hasta que se alejaron de las estancias públicas y se encontraron en otros aposentos más privados, provistos de sillones y cojines. Por un momento, Zoé tuvo miedo. No debía permitir que él viera que estaba asustada.

Pero Gregorio ya lo había visto. Lo tenía tan claro como si lo hubiera olfateado en el aire. Sonrió despacio, y luego se permitió lanzar una carcajada, una risotada de puro placer.

Zoé tomó aire y lo exhaló muy lentamente. Los segundos dejaron de transcurrir, quedaron suspendidos en el aire.

Entonces Gregorio soltó el brazo de Zoé, le puso la mano en el pecho y empujó. Ella se desplomó hacia atrás, sorprendida y un tanto avergonzada, y fue a caer sobre los cojines, donde se quedó inmóvil.

– ¿Tienes miedo, Zoé? -preguntó Gregorio.

Zoé no sabía si iba a hacerle el amor o a matarla, o posiblemente las dos cosas. Cualquier palabra que dijera podría resultar un desatino. ¿A qué estaba esperando?

Zoé dejó escapar un suspiro, como si estuviera aburrida.

Entonces Gregorio le abrió la túnica de un tirón y la besó, con fuerza, una y otra vez, como la besaba en la época en que eran amantes. Zoé comprendió que por lo menos no iba a ser capaz de matarla aquella noche. Había demasiados apetitos que saciar, demasiado ardor.

Fue fácil para los dos, como si no hubieran pasado los años. No dijeron nada. Al terminar se besaron una vez, y ambos supieron que iba a ser la última.

CAPÍTULO 49

Zoé sabía sin el menor asomo de duda que sólo iba a tener una oportunidad de matar a Gregorio. Si no la aprovechaba, lo perdería todo, porque él no fallaría.

Iba pensando en estas cosas, de regreso a casa al salir de los baños seguida a pocos pasos por su criado Sabas, cuando de improviso chocó contra un mensajero que venía corriendo tras esquivar a un grupo de mujeres que estaban hablando en la calle. Zoé perdió el equilibrio, y al intentar recuperarlo sin caerse pasó a la calzada. La golpeó una carreta que justo acababa de echar a andar. Cayó pesadamente y sintió un dolor agudo en la pierna.

Al punto se formó a su alrededor todo un revuelo de gritos de alarma y solidaridad. La gente acudió hacia ella en una maraña de brazos que se tendieron para ayudarla, entre ellos los de Sabas, y que se afanaban en empujar la carreta hacia atrás procurando no sobresaltar al caballo para evitar que saliera huyendo despavorido. Varios brazos la incorporaron, tirándole de la túnica, y la colocaron sin miramientos en el suelo, con la espalda apoyada en la pared de la tienda que estaba más cerca, mientras una anciana meneaba la cabeza y miraba con expresión de alarma la sangre que manchaba la tela.