Entonces apareció Sabas, inclinado sobre ella. Sin pedir permiso, arrancó un jirón de la túnica de su señora y lo empleó para vendarle la herida.
– La próxima vez, mira bien por dónde vas -dijo un anciano en tono mordaz.
Zoé estaba demasiado conmocionada para replicar, pero le miró la cara para recordarla más tarde y hacerle pagar algún día su insolencia. El hombre vio algo en aquella mirada y salió huyendo.
Sabas encontró un carruaje y la ayudó a subir a él para llevarla a casa, furiosa y por el momento abrumada por el dolor.
Nada más llegar, Zoé envió al criado a buscar a Anastasio. Sabas se vio obligado a preguntarle a Simonis dónde estaba el médico, y después la siguió a casa de otro paciente que no estaba gravemente enfermo. Anastasio salió casi inmediatamente y fue tras él.
Zoé estaba demasiado angustiada para quejarse de la tardanza. La sangre había empapado el improvisado vendaje y le dolía mucho la herida, sentía cómo se extendía el dolor por la pierna, hasta la ingle. Le contó a Anastasio y observó cómo éste retiraba el jirón de tela ensangrentado y dejaba al descubierto la herida. El aspecto de la misma era horrible, tanto que le revolvió el estómago y le provocó un escalofrío de pánico que le recorrió todo el cuerpo, pero no dejó que Anastasio la viera desviar la mirada.
El médico trabajó deprisa. Zoé observó que tenía unas manos muy bellas, como las de una mujer: esbeltas, de dedos largos, y que las movía con delicadeza y fuerza a la vez. Se preguntó cómo sería si se le hubiera permitido crecer siendo un hombre. Hubo algo en la manera de volver la cabeza, una inflexión en el tono de voz, que le recordó a Justiniano. Sucedió de repente, cuando él frunció el entrecejo y se inclinó para mirar más detenidamente una hierba.
– Voy a tener que coser los bordes de la herida -avisó Anastasio-. De lo contrario, tardará mucho tiempo en curarse y dejará una cicatriz peor. Lo siento, pero va a resultaros desagradable.
– En ese caso, hacedlo deprisa -le ordenó Zoé-. Quiero que se cure. Y no me importa que haya sangre por todas partes. Anastasio enhebró una de las agujas con hilo de seda. -Ahora os ruego que no os mováis en absoluto. No quisiera causaros más dolor del necesario. ¿Preferís que Tomáis os sujete?
Zoé lo miró y le sostuvo la mirada de aquellos ojos grises e inmutables. Era la primera vez que lo miraba tan fijamente. Anastasio tenía pestañas largas y ojos muy bellos, pero era la inteligencia que brillaba en ellos lo que la estimuló, incluso la alarmó. Fue como si la mente de él tocase la suya y le leyera el pensamiento mucho más íntimamente de lo que ella hubiera esperado.
El médico había empezado a coser, y Zoé no se había percatado de ello. Ahora observó la rapidez con que trabajaba y admiró su destreza.
– Por lo visto, actualmente estáis muy ocupado, Anastasio -señaló-. Vuestra fama se ha extendido. Son muchos los que me hablan de vuestra capacidad.
Él sonrió sin levantar la vista.
– Eso tengo que agradecéroslo a vos. A vos os debo mis primeras recomendaciones. Y estoy convencido de que fuisteis vos quien dio mi nombre a Irene Vatatzés. Desde entonces, la vengo tratando.
Zoé se quedó estupefacta y el cuerpo se le puso rígido de pronto.
– Perdonadme -se excusó Anastasio-. Ya casi he terminado.
Zoé tragó saliva.
– Habladme de Irene. Eso apartará mi pensamiento de lo que me estáis haciendo. ¿Cómo se encuentra, ahora que su esposo ha vuelto de Alejandría?
– Recuperándose -contestó Anastasio al tiempo que daba la última puntada y, con mucha delicadeza para no tirar de la piel, cortaba el hilo con una cuchilla-. Puede que le lleve un poco de tiempo.
– ¿Habéis conocido a su esposo?
Anastasio levantó la vista.
– Sí. Es un hombre interesante. Mencionó que os conocía. -De hace mucho tiempo. ¿Qué dijo?
Anastasio sonrió como si supiera exactamente lo que había en la mente de Zoé y en la de Irene.
– Dijo que erais la mujer más bella de Bizancio, no por vuestro rostro, ni por vuestra figura, sino por la pasión que lleváis dentro.
Zoé desvió la cara. No podía aguantar la mirada de Anastasio.
– ¿De veras? No me cabe duda de que lo dijo para molestar a Irene. Su mujer tiene mal genio, y eso a él lo divierte.
– ¿Y qué dijisteis vos? -exigió, volviendo a mirarlo a la cara. El color que le teñía las mejillas pasaba por representar enojo.
– La respuesta que di carecía de importancia -dijo Anastasio.
– Oh. ¿Y cuál fue?
– Le dije que no me encontraba en situación de valorar dicha opinión, pero que estaba convencido de que sin duda él estaba en lo cierto -respondió Anastasio.
Zoé lanzó una exclamación ahogada al presenciar su temple, sintió de nuevo el conocido calor en la cara y luego prorrumpió en carcajadas de puro placer.
Anastasio vertió un poco más de polvo en un saquito de seda y acto seguido depositó sobre la mesa un tarro de ungüento, a su lado.
– Tomad una cucharada de esto diluido en agua caliente una vez al día. -Le entregó una cuchara de cerámica ancha pero poco profunda-. Rasa, sin colmar del todo. Para aseguraros, pasad un cuchillo por encima. Evitará que la infección vaya a más. Y si empieza a escocer, aplicaos la pomada. Es muy posible que así sea, conforme vaya curándose. Volveré dentro de una semana para retirar algunos de los puntos, y el resto a la semana siguiente, más o menos. Pero si sentís angustia porque la herida se inflama o supura, mandadme llamar de inmediato. O si tenéis fiebre.
Cuando Anastasio se hubo marchado y Tomáis la hubo ayudado a bañarse y a ponerse ropa limpia, Zoé tomó vivida conciencia del dolor de la pierna, que iba en aumento. Para cuando cayó la noche le dolía con tanta intensidad que apenas podía pensar en otra cosa. Mandó que le trajeran agua caliente, midió la dosis de polvo que le había dejado Anastasio y lo vertió en la copa. Estaba a punto de bebérselo, cuando de pronto la asaltó una idea horrible. ¿Y si Gregorio estuviera valiéndose de Anastasio, tal vez la única persona ajena a su familia de la que ella se fiaba?
Con cuidado, por si acaso se la derramaba encima, tiró la medicina. Al principio pensó en destruirla por medio del fuego, pero advirtió justo a tiempo que podía tratarse de una sustancia que al arder desprendiera unos efluvios que fueran igualmente letales. Terminó por volcar todo el polvo en el agua caliente y tirarlo por el desagüe.
Al cabo de tres días el dolor se había intensificado. A pesar de que intentó paliarlo tomándose unos polvos suyos para eliminar la fiebre, la herida aparecía enrojecida e inflamada, y le escocía terriblemente. De vez en cuando se le iba la cabeza. Bebió un vaso de agua tras otro, que le supo todavía más salobre que de costumbre, y sin embargo tenía sed todo el tiempo.
Ya tenía la certeza de que detrás del percance sufrido estaba Gregorio, y de que de alguna manera se las había arreglado para introducir veneno en la herida.
– ¡Buscad veneno! -le dijo a Anastasio cuando llegó-. La herida está infectada. Están intentando matarme.
Anastasio la miró y observó la intensidad de sus ojos dorados, el rubor de su piel y por último la herida infectada de la pierna, que estaba empezando a supurar. La tocó muy suavemente con un dedo y después volvió a mirar a Zoé.
– ¿Habéis usado la medicina que os di? Y no mintáis, a no ser que queráis perder la pierna.
– No -respondió en voz baja-. Temía que el que ha querido envenenarme os hubiera utilizado a vos.