Anastasio asintió.
– Entiendo. En tal caso, más vale que volvamos a empezar por el principio. La infección ya es grave. Voy a quedarme aquí para vigilarla. Me interesa mucho que os recuperéis, mi reputación se vería muy perjudicada si murierais, de modo que vais a hacer lo que os diga. -Sonrió muy ligeramente, para sus adentros.
Se quedó cuidándola todo el día, y de entrada también toda la noche. Estuvo a su lado, hablándole mientras el dolor iba en aumento. Al principio eso irritó a Zoé. Pero paulatinamente comprendió que al responder a las preguntas que le hacía él pensaba menos en lo mucho que le dolía. En cierto modo, era un acto bondadoso por parte de Anastasio.
– ¿Demetrio? -dijo, contestando a la última pregunta que le había formulado el médico, sonriendo sin querer-. No se parece a su padre. Es más débil. ¿Que si está enamorado de Helena? Probablemente no. Enamorado del poder, sin duda. Él cree disimularlo, pero no es así. Es hijo de Irene, pero carece de la inteligencia de su madre. En cambio el dinero se le da de maravilla, igual que a ella. -Rio, pero fue algo tan interno que Anastasio no llegó a oír nada-. Helena cree que él la ama, pero es que cree muchas cosas. Infeliz.
– ¿La amaba Justiniano? -preguntó Anastasio fingiendo un interés somero, como si únicamente pretendiera distraerla del dolor.
– La aborrecía -respondió Zoé con sinceridad. ¡Maldita pierna, cómo le dolía! Se notaba un tanto mareada. ¿Iba a morir, después de todo?
Anastasio la obligó a tomar otro brebaje más que tenía un sabor horrible. ¿Se lo habría dado Gregorio? Escrutó sus ojos y vio algo en ellos, pero ¿qué, aparte de curiosidad?
– Anastasio -susurró.
– ¿Sí?
– Si mañana aún sigo con vida, os diré por qué Justiniano Láscaris mató a Besarión. ¡El muy necio! No acudió a mí, que era la única persona que le habría creído. Ahora lo veo con toda claridad. Fue el único error que cometió, pero le costó todo. ¡Idiota!
La expresión de Anastasio era la de una persona que acaba de recibir una bofetada, una mezcla de palidez mortal y puntitos rojos en las mejillas, semejantes a verdugones. Zoé sintió que la estancia comenzaba a girar a su alrededor. Estaba cada vez más delirante a causa de la fiebre. Anastasio la obligó a beber algo que sabía todavía peor que el brebaje anterior, pero cuando despertó a media mañana se sentía muy recuperada. Anastasio la miraba sonriente.
– ¿Os sentís mejor? -preguntó con cierta satisfacción.
– Mucho mejor. -Lentamente se incorporó en el lecho, y Anastasio le dio de beber algo que resultó agradable-. Os lo agradezco.
El médico la instó a recostarse de nuevo. Era más fuerte de lo que ella pensaba. O quizás ella estuviera más débil.
– Ya es de día -observó Anastasio.
– ¡Ya lo veo! -saltó Zoé.
Por los ojos de Anastasio cruzó una sonrisa.
– Y bien, ¿vais a decirme por qué Justiniano fue un idiota por no fiarse de vos? -replicó Anastasio en tono cortante-. ¿O el idiota he sido yo por creerlo?
De pronto se acordó.
– ¿Qué es lo que acabáis de darme? -exigió saber Zoé. Anastasio sonrió.
– No habéis respondido a mi pregunta.
– Justiniano sabía que Besarión era un inútil -dijo Zoé con voz queda-. Que habría sido un desastre sentarlo en el trono. Pero los demás no le creyeron. Lo habían apostado todo por él y los planes estaban muy avanzados. La única manera de interrumpirlos era matar a Besarión. Antonino creyó a Justiniano y por eso lo ayudó. -Casi soltó una carcajada al pensar en ello, salvo que sería una reacción fútil-. Qué idiota. Yo le habría creído y le habría impedido que hiciera aquello. Sin mí no habrían podido hacer nada. Pero Justiniano no se fio. ¿Qué es lo que he bebido?
Anastasio la miraba fijamente, como si estuviera en trance.
– ¿Qué es lo que acabo de beber? -repitió Zoé, más enfadada y asustada de lo que habría deseado.
– Una infusión de camomila -contestó Anastasio-. Es buena para la digestión. Unas hojas de camomila en agua caliente, nada más. Os sabe amarga porque habéis estado enferma, y eso altera el paladar.
No quería sentir admiración por Anastasio, y el hecho de confiar en él le producía una sensación curiosa; en cambio, en lo que tenía que ver con la medicina confiaba en él. Por fin se recostó en el lecho, contenta por el momento.
Tres días después empezó a recuperar las fuerzas. La herida dejó de estar tan enrojecida y la hinchazón comenzó a disminuir. Al cabo de una semana Anastasio declaró que la evolución era satisfactoria y anunció que se marchaba y que regresaría dentro de otros tres días. Zoé le dio las gracias, le pagó generosamente y además le regaló una cajita de plata, esmaltada e incrustada de aguamarinas. Él la acarició con delicadeza fijándose antes en lo bella que era y después miró a Zoé. Por su expresión se advertía que la apreciaba profundamente, y Zoé sintió gran satisfacción. Le dijo que podía irse.
Se alegró de que le hubiera gustado. Anastasio la había atendido no sólo con habilidad, sino también con delicadeza. Se había sentido presa del pánico al verse tan vulnerable. Aquello no podía continuar así.
Había una idea que estaba empezando a tomar forma en su cabeza. Haría que la muerte de Gregorio contara para algo. Idearía un modo de que la culpa recayera sobre Giuliano Dandolo; así podría soportar el acto de matar a Gregorio. Incluso podía encargarse ella misma.
CAPÍTULO 50
Con Gregorio, Zoé no iba a tener una segunda oportunidad. De manera perversa, aquella última batalla entre ellos representaba otro tipo de vínculo. Reflexionó sobre ello durante el día, y por la noche permaneció despierta rememorando cómo era estar con él.
De pronto le cayó otra pieza en las manos. Lo que le dio la idea fue la agresión sufrida por Besarión en la calle y después el accidente que había tenido ella misma.
Lo primero era plantar en la mentalidad de la gente la semilla de que había una disputa entre Gregorio y Giuliano Dandolo. Debía ser apenas un rumor superficial, tan tenue que su significado se recordara sólo después, y se entendiera entonces.
Lo segundo era acudir a un fabricante de dagas que ella conocía y del que se había fiado en el pasado. Se puso su dalmática más recia y salió a las calles azotadas por el viento y bajo una ligera llovizna. Apretó el paso y dejó a Sabas más rezagado de lo habitual, discreto, sin ver ni oír nada. El dolor de la pierna ya casi no lo sentía.
– Sí, señora -dijo el herrero de inmediato, complacido de verla de nuevo. Tan sólo un necio se olvidaba de sus benefactores o incumplía la palabra dada a una mujer que nunca olvidaba ni perdonaba-. ¿Qué puedo hacer por vos en esta ocasión?
– Quiero una buena daga -dijo-. No tiene por qué ser la mejor, pero deseo que lleve un emblema de familia en la empuñadura y que seas discreto al fabricarla. Es un regalo, y si llegara a oídos de alguien la sorpresa se echaría a perder.
– Vuestros asuntos no incumben a nadie más, señora. ¿Qué emblema deseáis?
– El de Dandolo -respondió Zoé.
En cuanto tuvo la daga ya hecha, la cual era bellísima -Bardas trabajaba mejor que hablaba-, envió una carta a Giuliano Dandolo, que seguía alojado en el barrio veneciano. El mensaje era simple: había hecho nuevas averiguaciones acerca de su fallecida madre.
Y Giuliano fue a verla, tal como había esperado. Lo observó de pie en su magnífico salón. Aunque no se le notaba muy tranquilo e intentaba disimular el ansia que lo devoraba por dentro, se movía con elegancia, y Zoé tuvo que reconocer de mala gana que era más que bien parecido: poseía una vitalidad intelectual que ella no podía pasar por alto. Si fuera más joven, habría deseado acostarse con él. Pero era un Dandolo, y ni la expresión soñadora de sus ojos, la forma de sus pómulos, la anchura de sus hombros ni su manera de andar servían para perdonarlo.