De repente oyó que venía alguien por la calle. Eran dos hombres jóvenes, del brazo, borrachos, andando a trompicones y agitando las sombras. Los oyó reír y dar voces y se refugió en el umbral de una puerta.
¿Debería atacar a Gregorio desde atrás, apuñalarlo por la espalda? No, aquello era propio de cobardes. Él sospecharía de alguien que pudiera seguirle los pasos, pero no de una anciana que se encarase con él. Se encorvó un poco más, como si estuviera impedida por la edad.
En aquel momento se oyeron risas en la calle, luces que iban en la otra dirección. Allí, junto a la orilla del mar, la brisa era más salada.
Se acercó otro individuo, un hombre alto que portaba un farol. Zoé reconoció su forma de andar. Entonces avanzó unos pocos pasos más cojeando, mirando apenas su rostro, gimiendo con voz aguda y serviclass="underline"
– ¿Tenéis unas monedas para una pobre vieja? Que Dios os lo pague…
El hombre se detuvo y se llevó una mano al costado. ¿Iría a coger el dinero, o un arma? No había tiempo para quedarse a esperar. Zoé extrajo el cuchillo de debajo de la capa y, blandiéndolo en alto, se arrojó sobre el hombre al tiempo que le propinaba una patada en la espinilla con toda su alma. Él, a causa de la sorpresa, se inclinó hacia delante, movimiento que Zoé aprovechó para rebanarle la garganta haciendo uso de todas sus fuerzas, ayudada por el propio peso del cuerpo de su víctima, que se había desequilibrado a consecuencia del puntapié. El farol cayó al suelo y se apagó, pero Zoé tenía la vista hecha a la oscuridad. De la garganta del hombre manaba sangre a chorros, caliente y pegajosa, Zoé percibió el olor. El hombre no dejó escapar un solo grito, únicamente emitió un terrible gorgoteo mientras se ahogaba, debatiéndose, intentando hacer presa en Zoé conforme la vida se le iba a borbotones. Alcanzó a aferrarse de su hombro y tiró de sus músculos causándole un dolor similar al de una cuchillada, pero ya estaba perdiendo el equilibrio y arrastrando consigo a su asesina. Ésta se notó caer y terminó chocando contra el suelo. El golpe le causó un violento dolor en el codo que le cortó la respiración.
Pero su víctima estaba aflojando la garra. Zoé no quería que muriera sin saber que lo había matado ella.
– ¡Gregorio! -exclamó con claridad-. ¡Gregorio!
Por un momento el hombre enfocó los ojos en ella y su boca formó una palabra que podría haber sido el nombre de Zoé, pero de pronto su luz se apagó y sus ojos negros como el alquitrán quedaron inexpresivos.
Poco a poco, con todos los huesos doloridos y los músculos agarrotados, Zoé se puso en pie y se volvió con la intención de marcharse. Tenía la visión borrosa y le resbalaban las lágrimas por la cara. No comprendía por qué tenía la sensación de que el vacío no estaba a sus pies, sino dentro de ella misma, y supo con toda certeza que jamás podría volver a llenarlo.
CAPÍTULO 51
Ana despertó en mitad de la noche y encontró a Simonis de pie a su lado, sosteniendo una vela.
– Ha venido un hombre del barrio veneciano, a caballo. -La voz de Simonis sonó irritada-. Dice que tienes que ir ahora mismo, que ha tenido lugar un accidente y necesitan ayuda. Quiere que montes en su caballo. Están locos, voy a decirle que vayan a buscar a uno de los suyos.
– Dile que voy enseguida -ordenó Ana. Simonis se encogió de hombros.
Luego Ana salió acompañando al veneciano y aceptó su mano para montar en la silla del caballo detrás de él, aferrada a su bolsa.
– No vais a necesitar eso -le dijo el hombre-. Ha muerto. Es que… necesitamos vuestra ayuda para deshacernos del cadáver de modo que no lo encuentren y no nos responsabilicen a nosotros del asesinato.
Ana estaba perpleja.
– ¿Y por qué diablos iba a ayudaros? -dijo, preparándose para desmontar y regresar a su cama.
Pero el hombre arreó al caballo, el cual enseguida adquirió demasiada velocidad para que ella pudiera descabalgar. Bajaron por la colina con un estruendo de cascos. Si el hombre contestó a su pregunta, desde luego ella no lo oyó.
Tras un cuarto de hora de camino, Ana agarrándose incómoda a él en medio de la oscuridad y soportando el golpeteo constante de la bolsa contra las piernas, por fin se detuvieron en una callejuela. Había un corrillo de personas apiñadas frente a la puerta de una pequeña tienda. En el suelo yacía el cuerpo de un hombre. Uno del grupo sacó un farol y lo sostuvo en alto; bajo aquella luz oscilante Ana vio el miedo pintado en la cara del muerto y la mancha escarlata que formaba la sangre sobre el empedrado.
– Lo hemos encontrado en nuestra puerta -dijo el hombre con voz serena-. No lo hemos matado nosotros. No es uno de los nuestros, es un noble, y además bizantino. ¿Qué tenemos que hacer?
Ana tomó el farol y lo acercó al cadáver. Al ver el rostro advirtió de inmediato que se trataba de Gregorio Vatatzés. Presentaba una herida terrible y desigual en el cuello, y a su lado, en el suelo, manchada de sangre, había una hermosa daga en cuya empuñadura destacaba el emblema de los Dandolo. La había visto en otra ocasión, hacía menos de una semana, en las manos de Giuliano: éste la había utilizado para cortar un melocotón maduro del cual le ofreció a ella una mitad. Ambos rieron juntos de cuestiones triviales. Sólo había habido aquel melocotón, era de Giuliano y éste lo había compartido con ella.
Pasó las manos por el cadáver para ver si estaba armado, si había tenido lugar una pelea. Sintió una punzada de pánico al pensar que Giuliano también hubiera resultado herido.
Encontró un arma, otra daga enjoyada, pero con la hoja de una forma distinta, todavía guardada en su funda y limpia. Ni siquiera la había sacado. En el bolsillo llevaba un papeclass="underline" una invitación para un encuentro que debía tener lugar a unos trescientos pasos de allí, firmado por Giuliano.
Con las manos rígidas, rompió el papel en pedazos y se guardó la daga de Dandolo en su propia bolsa. A continuación se volvió hacia el hombre que había ido a buscarla.
– Ayudadme a ponerlo en el centro de la calle -ordenó-. Que alguien traiga un caballo y un carro. Todos los que podáis, subid a él y pasad con el carro por encima del cadáver, una sola vez, aplastándole el cuello para que podamos disimular la herida. ¡Vamos! ¡Daos prisa!
Ana se agachó e hizo un esfuerzo para agarrar el cadáver de Gregorio. Pesaba mucho. Le costó un gran trabajo arrastrarlo hasta el centro de la calle, donde el paso de los carruajes había desgastado el empedrado con los años. Empezó a sudar, y sin embargo temblaba con tal violencia que le castañeteaban los dientes. Procuró no pensar en lo que estaba haciendo, sólo en lo que iba a suponer para Giuliano si fracasaba en aquella operación, y en las personas que habían confiado en ella y que iban a pagar un precio terrible a las autoridades si se pensaba que aquello había sido un asesinato.
Una vez terminada la tarea bajo la luz parpadeante del farol, las mujeres ayudaron a Ana a buscar el sitio en que habían matado a Gregorio para que cuando se hiciera de día la sangre no dejara pruebas de que se había trasladado el cadáver. Trabajaron con ahínco empleando cal, potasa y cepillos para eliminar todo rastro a base de frotar, barrer y rascar entre las piedras. Para cuando por fin quedaron satisfechas, ya había regresado el hombre con el carro, del cual tiraba un caballo de andar cansino.
Fue una operación laboriosa. El caballo estaba asustado por el olor a sangre y a muerte, y hacía todo lo posible por no pisar el cadáver. Hubo que conducirlo, calmarlo a base de hablarle, instarlo a obedecer en contra de su voluntad, para poder pasar las ruedas por encima del cuello y los hombros de Gregorio.
– Aún no es suficiente -les dijo Ana observando la carne desgarrada y el hueso que quedaba horriblemente a la vista-. Una vez más. No van a creerse que ha sido un accidente a no ser que quede claro que el carro le pasó por encima varias veces, podrían pensar que el caballo se asustó y retrocedió. Ten cuidado.