Выбрать главу

El carro comenzó a moverse. El hombre tiraba de la rienda del caballo, que, empapado en sudor, con los flancos cubiertos de espuma y los ojos en blanco, se negaba a obedecer.

– ¡A la izquierda! -apremió Ana agitando el brazo-. ¡Más! Eso es. Ahora hacia delante.

Se obligó a sí misma a mirar. La visión del cadáver era espeluznante, cualquiera que lo viese supondría que había sido atropellado y arrastrado hasta que finalmente, cuando el animal cayó presa del pánico, las ruedas le pasaron por encima. Desvió la mirada.

– Os estamos agradecidos-dijo el hombre con la voz quebrada por la emoción-. Voy a llevaros a casa.

– Quedaos aquí, limpiad el carro y los cascos del caballo, y hacedlo concienzudamente para que nadie descubra nada si le diera por mirar. Yo diré a las autoridades que me habéis llamado para que acudiera a un accidente. -Ana volvió a tragar con dificultad, sintiendo la cabeza mareada-. Es fácil de explicar. Un suceso en mitad de la noche, un caballo que se asusta, un hombre que acaba de regresar de un largo exilio en Alejandría y no conocía bien el barrio veneciano. Un desgraciado accidente, sin embargo ocurre. No es necesario dar más explicaciones. -Notaba cómo se le retorcía el estómago-. Lo encontrasteis vosotros y me llamasteis porque me conocíais. Como estaba tan oscuro, no os disteis cuenta de lo grave que era la situación.

Ana se alejó a toda prisa y nada más doblar la esquina vomitó. Necesitó varios minutos para recuperarse lo suficiente a fin de incorporarse y continuar andando. Se encontraba a menos de una milla de la casa en que se alojaba Giuliano, y a aquellas alturas éste ya debería haber vuelto. La hora de su cita con Gregorio hacía mucho que había pasado. Antes de dar parte a los vigilantes nocturnos, debía devolverle la daga.

Llegó a la puerta lateral de la casa, la que utilizaba Giuliano, y la golpeó con energía. No hubo respuesta. Probó de nuevo y esperó. Todavía lo intentó una tercera vez, con la intención de marcharse, pero oyó un breve ruido y se abrió la puerta. Tras ella apareció el contorno de un hombre.

– ¿Giuliano? -preguntó en tono apremiante. La puerta se abrió un poco más y el resplandor del farol reveló un rostro en el que se dibujaba la sorpresa.

– ¿Anastasio? ¿Qué ha sucedido? Estáis horrible. Entrad, vamos. -Abrió la puerta del todo-. ¿Estáis herido? Dejadme

Ana había olvidado que estaba cubierta de suciedad de la calle y de la sangre de Gregorio.

– ¡No estoy herido! -exclamó, cortante-. Cerrad la puerta… por favor.

Giuliano estaba vestido con una camisola de dormir y tenía el pelo revuelto como si se hubiera levantado de la cama. Ana sintió que le ardía la cara.

Sacó la daga ensangrentada de su bolsa y se la mostró a Giuliano asiéndola por la empuñadura, pero de forma que él pudiera ver el emblema de los Dandolo. La hoja estaba manchada de sangre ya coagulada pero que aún no se había secado.

Giuliano palideció y miró a Ana con expresión de horror.

– La he encontrado en la calle, a una milla de aquí -le explicó ella-. Junto al cadáver de Gregorio Vatatzés. Le habían degollado.

Giuliano fue a decir algo, pero no le salieron las palabras.

Ana le contó brevemente la salida en mitad de la noche y lo que había tenido que hacer.

– Supondrán que ha sido un accidente -añadió-. Limpiad la daga, sumergidla en agua hasta que no quede el menor rastro de sangre, ni siquiera en las grietas y en el mango. ¿Fuisteis a reuniros con Gregorio?

– Sí-contestó el veneciano con voz ronca, teniendo que aclararse la garganta para poder pronunciar aquella palabra-. Pero no lo vi. Esa daga es mía, me la regaló Zoé Crysafés porque lleva el emblema de los Dandolo. Pero me la robaron hace un par de días.

– ¿Zoé? -dijo Ana con estupor.

Giuliano seguía sin comprender.

– Sí -afirmó-. Me está ayudando a… encontrar a la hermana de mi madre, que puede que aún viva. Por eso iba a reunirme con Gregorio. Me escribió un recado en el que me decía que tenía noticias de ella.

Al tiempo que hablaba fue hasta un arcón situado contra la pared, llevando consigo el farol para poder buscar el papel. Se lo tendió a Ana sosteniendo la luz en alto para que lo leyera.

Ana lo leyó. Lo que decía era casi inmaterial. La letra era la de Zoé, si bien se observaba en ella una inclinación distinta de la habitual, más audaz, más masculina, pero reconoció aquellas mayúsculas características, las había visto en numerosas ocasiones, en cartas, instrucciones, listas de ingredientes.

– Así que Zoé Crysafés -dijo Ana con voz queda, teñida por la furia-. ¡Necio! -Temblaba a pesar del esfuerzo que hacía por controlarse-. ¡Es bizantina hasta la médula, y vos no sólo sois veneciano, sino además un Dandolo! ¿Y habéis consentido que os regalara una daga que cualquiera puede reconocer? ¿Dónde tenéis la cabeza?

Giuliano se había quedado petrificado en el sitio.

Ana cerró los ojos.

– Quiera Dios que nadie os haga preguntas, pero si eso sucediera, ceñíos a la verdad de que habíais salido. Es posible que os haya visto alguien. No voy a deciros dónde ha tenido lugar el hecho, porque no os conviene saberlo. No mencionéis la daga; creo que yo soy la única persona que la ha visto de verdad. ¡Vos ocupaos de limpiarla bien!

Sin dedicarle otra cosa que una mirada somera, abrió la puerta y salió al pasillo y después a la calle. Rápidamente, tropezando y temblando, corrió al punto de vigilancia de las autoridades civiles que tenía más cerca. Gracias al cielo, no sería preciso que saliera del barrio veneciano, y los vigilantes no estarían dispuestos a contemplar la posibilidad de que aquello pudiera ser otra cosa que el percance que parecía haber sido.

– ¿Y qué estabais haciendo vos allí? -inquirió el vigilante.

– Tengo varios pacientes en ese barrio -repuso ella.

– ¿A esas horas de la noche?

– No, señor. Yo era tan sólo un médico al que llamaron, y sabían que iba a acudir.

– Decís que el hombre estaba muerto. ¿Qué podíais hacer vos por él? -preguntó el vigilante con el ceño fruncido.

– Nada, me temo. Pero estaban muy nerviosos, sobre todo las mujeres. Necesitaban ayuda… atención médica.

– Entiendo. Gracias.

Ana se quedó un rato más para dejar su nombre y su dirección por si necesitaban hablar nuevamente con ella. Acto seguido, todavía temblando a resultas del horror y el miedo, todavía asaltada por las náuseas y empapada en un sudor frío, emprendió el largo camino de regreso colina arriba, en dirección a su casa.

CAPÍTULO 52

Zoé estaba demasiado alterada para dormir cuando regresó a casa. Se quitó los harapos de vieja y los quemó en la chimenea. No debía verlos nadie, sobre todo empapados de sangre como estaban. Por suerte ella apenas se había manchado. Como si simplemente tuviera una noche de insomnio, mandó llamar a Tomáis y le ordenó que calentase agua para un baño y que le trajera unas toallas. Escogió detenidamente los aceites y perfumes más preciados y lujosos, así como ungüentos para la piel.

Cuando el agua estuvo a punto, despidiendo vapor, húmeda en la piel y dulce al olfato, se introdujo en la bañera lentamente, saboreando dichas sensaciones. El calor, con su suave contacto, fue disipando la tensión acumulada por las preocupaciones y los miedos. Rememoró, con un placer intensificado por la pena, lo mucho que la deseaba Gregorio, la lentitud con que la paladeaba. Había hecho bien en matarlo físicamente, violentamente, cara a cara. Así era como se habían amado y odiado. El veneno resultaba adecuado para hombres como Arsenio, pero para Gregorio, no.

Cuando el agua empezó a enfriarse, se levantó y observó divertida que Tomáis aún la estaba mirando con admiración.