Выбрать главу

Transcurrieron unos momentos de silencio.

– Esto debe de ser difícil para vos -dijo Zoé con voz queda.

Ana sonrió.

– Pero no imposible. Soy yo quien decide lo que soy, y no vos. Pero tenéis razón, la belleza puede ser peligrosa. Puede llevar a la persona a hacerse la ilusión de ser amada, cuando en realidad es sólo un objeto que se consume, como un higo o un melocotón. Irene Vatatzés me dijo que a Gregorio le gustaban los higos.

Del pie de Zoé fluyó la sangre más copiosamente, y fue formando un charco de color escarlata.

– Me parece que ya se puede aplicar el vendaje -continuó Ana. Miró a Zoé a los ojos y sonrió-. Tengo aquí mismo el ungüento adecuado para la herida. Sería muy grave que se infectase ahora, estando tan… vulnerable.

Por el semblante de Zoé cruzó una repentina sombra de pánico.

– Andaos con cuidado -susurró-. El amor que sentís hacia Dandolo podría saliros muy caro, incluso costaros la vida. Si mi pie no llega a curarse, lo lamentaréis.

Ana le respondió con una sonrisa, pero la expresión de sus ojos era fría como el hielo.

– Se curará -prometió-. En él no hay nada que no se haya curado al extraer la astilla. Habéis hecho bien en no escoger una madera venenosa.

La sorpresa brilló un instante en los ojos de Zoé.

– No quisiera destruiros -dijo como si le diera igual-. No me obliguéis.

CAPÍTULO 54

Giuliano salió de la casa de Zoé y echó a andar por la ancha calle, sin tener apenas conciencia de adonde se dirigía. El dolor que lo oprimía parecía tan inmenso, que amenazaba con desgarrarle la piel desde el interior y dominarlo por completo. Se sentía abrumado por la vergüenza y por la idea de que aquella mujer que él apenas recordaba -un rostro encantador, lágrimas, calidez y un aroma agradable- no sólo no lo había querido lo suficiente para no abandonarlo, sino que además se había rebajado a practicar el más despreciable de los oficios.

Él rara vez había recurrido a las rameras; era bien parecido y poseía encanto, por consiguiente no había tenido necesidad. Se estremeció con un sentimiento nuevo de asco hacia sí mismo al recordar las ocasiones en que sí se había acostado con prostitutas.

Apenas veía la calle que tenía alrededor. Las demás personas eran tan sólo manchas borrosas de color en movimiento. Tuvo ganas de vomitar. Sentía un frío glacial que le calaba los huesos y temblaba. Gracias a Dios, por lo menos su padre no llegó a saber que ella había muerto por su propia mano y alejada de la Iglesia, incluso en el momento de morir.

Cruzó la calle atestada, interrumpió el paso de los carros, los carreteros le gritaron algo que no penetró en su cerebro. Continuó bajando por la fuerte pendiente en dirección al barrio veneciano, siguiendo la orilla del mar.

Ella lo había traído al mundo, lo había llevado en su vientre y le había dado la vida. La odió por lo que había terminado siendo. Al lado de su padre había aprendido lo que era el cariño. El nombre de su madre era la última palabra que él había pronunciado. ¿Qué era Giuliano ahora, si negaba a su madre?

Maldita fuera Zoé Crysafés, ojalá fuera arrojada a un infierno de sufrimiento que le durase toda su vida… como le había ocurrido a él.

Anastasio había estado extraordinario. Era un verdadero amigo, primero lo había rescatado de que lo acusaran del asesinato de Gregorio Vatatzés, cosa que él se merecía por haber sido tan necio, cuando menos por eso, y después lo había defendido de Zoé. En ambas ocasiones dicha forma de actuar supuso un riesgo para sí mismo, ahora comprendía hasta qué punto. Y, sin embargo, no había pedido nada a cambio.

Pero, después de lo sucedido, ya no soportaría volver a estar con Anastasio. Era la única persona que había visto y oído, y no iba a ser capaz de olvidarlo, aunque sólo fuera por indignación contra Zoé. O por lástima. La lástima era lo que más dolía.

Antes de regresar a la casa en que se alojaba, recorrió los muelles, buscando barcos venecianos que pudiera haber en el puerto. Había dos. El primero era un mercante que se dirigía a Cesárea, y el segundo acababa de atracar y tenía previsto zarpar de regreso a Venecia en el plazo de una semana.

– Soy Giuliano Dandolo y estoy al servicio del dux -se presentó-. Busco un billete para volver a casa, a fin de informar al dux lo antes posible.

– Excelente -dijo el capitán con entusiasmo-. Un poco más temprano de lo que esperaba, pero excelente de todos modos. Bienvenido a bordo. Boito va a alegrarse mucho. Podéis utilizar mi camarote, así no os interrumpirán.

Giuliano no tenía idea de qué hablaba aquel hombre.

– ¿Boito? -repitió despacio, intentando encontrarle algún significado a aquel nombre.

– El emisario del dux -repuso el capitán-. Tiene varias cartas para vos, y no me cabe duda de que también otras cosas demasiado complejas o secretas para ponerlas en un papel. No estaba al tanto de que ya os había mandado recado, pero me dijo que pensaba hacerlo hoy, y lo antes posible. Venid, os acompaño.

En el estrecho pero bien provisto camarote que era el territorio del capitán, Giuliano se encontró sentado frente a frente con un hombre de cincuenta y pocos años, apuesto y de rostro alargado, que redactaba cartas de recomendación del dux. Dio las gracias al capitán y solicitó permiso para que nadie lo interrumpiera hasta que Giuliano y él hubieran finalizado sus asuntos.

En cuanto se cerró la puerta, Boito dirigió una mirada grave a Giuliano.

– Os conozco de otras ocasiones -le dijo-. Yo serví al dux Tiépolo. Debéis de tener noticias, para querer entrevistaros conmigo incluso antes de que yo os mandara recado de que me encontraba aquí. Habladme del barrio veneciano.

Giuliano había llevado a cabo la labor encomendada, había conversado con todas las familias importantes del barrio veneciano y, quizá lo más aleccionador, había hablado con hombres jóvenes en los cafés y las tabernas de los muelles y en los puestos de la calle en los que se servía la mejor comida. Habían nacido en territorio bizantino y sus lealtades estaban divididas.

– Los que aún tienen familia en Venecia es probable que permanezcan fieles a nosotros -dijo con prudencia.

– ¿Y los jóvenes? -dijo Boito con impaciencia.

– Ahora la mayoría de ellos son bizantinos. No han estado nunca en Venecia. Algunos se han casado con bizantinos, tienen aquí el hogar y el oficio. Siempre existe la posibilidad de que, si no los ha conmovido la lealtad a Venecia, tal vez logre conmoverlos la fe en la Iglesia de Roma.

Boito respiró muy despacio y relajó los hombros, si bien tan levemente que dicho gesto sólo se apreció en una mínima alteración de los pliegues de su manto.

– ¿Y vos creéis que la fe no los contendrá?

– Lo dudo -respondió Giuliano.

Boito frunció el entrecejo.

– Entiendo. ¿Y qué posibilidades hay de que Constantinopla acepte la unión con la Iglesia de Roma? Sé que algunos de los monasterios, quizá la mayor parte de las ciudades más alejadas y tal vez toda Nicea se negarán. Incluso hay miembros de la familia imperial en prisión por haberse negado.

Giuliano era veneciano, donde debían estar sus lealtades era en Venecia. Y se lo había prometido a Tiépolo. La idea de que su madre hubiera sido bizantina era demasiado amarga para tocarla siquiera. Y al fin y al cabo, los amigos que había hecho allí eran sobre todo venecianos. Constantinopla era Zoé Crysafés y personas como ella. Excepto Anastasio. Pero no se podía torcer el destino de naciones enteras ni el curso de una cruzada basándose en la amistad de una única persona, por muy apasionada, generosa o vulnerable que fuera ésta.

Anastasio no había dudado en arriesgar su vida para salvarlo a él de la acusación de haber asesinado a Gregorio. De hecho, ni siquiera le había preguntado si era culpable. Y se había mostrado dispuesto a enfrentarse a Zoé de un modo que ella no le perdonaría jamás. ¿Cómo puede hacer un hombre de honor para satisfacer las deudas contraídas con dos fuerzas opuestas?