– Necesitan más tiempo -contestó Giuliano haciendo un esfuerzo para traer de nuevo su pensamiento al momento que lo ocupaba y a aquel exiguo camarote forrado de madera, tan parecido a todos los demás en que había navegado-. Si se lo concedéis, es posible que comprendan la conveniencia de actuar así. Necesitan saber que no están traicionando la fe que entienden. No se le puede pedir a un hombre que niegue a su Dios y después nos jure lealtad a nosotros.
Boito formó una pirámide con sus dedos estrechos y alargados y contempló a Giuliano con expresión pensativa.
– Hay muy poco tiempo que concederles, queramos o no. El dux está seguro de que Carlos de Anjou ya está haciendo planes que lo harán avanzar considerablemente en su ambición de gobernar todo el este del Mediterráneo, incluidas las zonas de comercio y de influencia que pertenecen por derecho a Venecia. Estoy seguro de que vos no deseáis que suceda tal cosa.
Giuliano estaba perplejo.
– Pero Bizancio no detendrá a Carlos, porque no puede -dijo-. Los bizantinos son sagaces y sensatos, y también crueles, pero su poder está disminuyendo. Su fuerza se ha agotado. El saqueo de 1204 los devastó y todavía no se han recuperado.
Boito guardó silencio. Sus ojos tenían la mirada perdida. Por fin sonrió.
– Lo que necesitamos es información, en estos momentos. El dux ha de saber con exactitud qué obstáculos se interponen en el camino del rey de las Dos Sicilias y en su ambición de ser también rey de Jerusalén.
Su expresión era enigmática. No dijo si dichos obstáculos habían de ser eliminados o reforzados. Giuliano tuvo la viva impresión de que bien podía tratarse de lo segundo.
– Para ser más concreto -siguió diciendo Boito-, el dux debe conocer la situación militar de Palestina y cuál sería la predicción que haría un hombre inteligente respecto del futuro. Digamos, para los tres o cuatro próximos años.
Giuliano dio vueltas a aquella idea. Era una información de la máxima importancia, quizá para la totalidad de la cristiandad y para el futuro del mundo. Si Carlos conquistara Tierra Santa y unificara los cinco patriarcados antiguos, formaría el reino más poderoso de Occidente.
– Veo que sí comprendéis -dijo Boito con una sonrisa más cálida-. Os sugiero que viajéis por la ruta más segura que sea posible, y la más discreta, que sería la que va desde aquí hasta Acre bordeando la costa de Palestina, y a partir de ahí podéis dirigiros hacia el interior del continente. Siempre hay peregrinos. Sumaos a uno de esos grupos, y de momento pasaréis inadvertido. Cuando regreséis, informaréis al dux en persona. A nadie más. ¿Queda claro?
– Por supuesto.
– El dux necesita ojos y oídos de los que pueda fiarse. Así como vos, Dandolo, amáis la ciudad de vuestros ancestros y estáis en deuda con ella, por ser una ciudad que os ha dado esperanza y honor, ofrecedle vos ahora este servicio, en aras del futuro.
– Lo haré. No había ninguna otra respuesta posible para Giuliano. Y, aparte de todo, se lo había prometido a Tiépolo.
CAPÍTULO 55
Ana se encontraba en el cuarto donde guardaba las hierbas, mezclando ungüentos y destilando tinturas. En cada uno de los cajoncitos de madera guardaba una hoja entera de cada variedad de planta, para no confundirlas.
Había visto a Giuliano salir de la casa de Zoé casi cegado por el dolor que ella le había infligido al transmitirle aquella información, y Ana sabía que su presencia le había resultado doblemente dolorosa. No esperaba verlo en varias semanas, o quizá meses, y dicho pensamiento le producía una inquietud persistente, como una ansiedad, pero no conocía el modo de curarla.
Las extraordinarias revelaciones que había hecho Zoé cuando estaba asediada por la fiebre no le dejaron dudas. Ellos habían planeado matar a Miguel Paleólogo y que Besarión usurpara el trono, y a continuación tenían pensado negar la unión y poner a la nación a favor de él para así salvar la Iglesia ortodoxa de la amenaza de Roma.
Pero ¿cómo pensaban contener a los ejércitos cruzados? ¿O no habían estudiado aquel detalle? ¿Tan obsesionados estaban por su fervor religioso, que tenían el convencimiento de que los salvaría la Virgen?
Justiniano en Nicea era muy equilibrado mentalmente, en ocasiones se reía de sí mismo, poseía un intelecto demasiado agudo y un gran conocimiento de las ironías de la vida para fiarse de un hombre como Besarión, sin saber exactamente qué se proponía hacer y cómo.
Ana permaneció unos instantes con las hojas en la mano, aspirando el aroma de su perfume, intentando serenar su mente inquieta.
¿Cómo había descubierto Justiniano la conspiración? ¿O había formado parte de ella desde el principio? En ese caso, ¿cómo había tardado tanto en darse cuenta de que no podía salir bien?
Fijó la mirada en el astrolabio que reposaba sobre la mesa, con sus bellas incrustaciones, sus anillos, sus órbitas dentro de otras órbitas. ¿Sería así aquella conspiración, o mucho más simple: un acuerdo desesperado entre todos los implicados, aunque partiendo de prioridades distintas? Besarión por fe y tal vez, lo quisiera reconocer él o no, por ambición y gloria para sí mismo, para que volviera a su familia el poder que había tenido antiguamente. Helena, sencillamente por poder. Ella tenía la sinceridad, o quizá la inconsciencia, de admitir que nunca había fingido tener fe.
De Isaías continuaba sabiendo muy poco. Otras personas habían dicho de él que era un hombre superficial, pero aquello no tenía por qué ser cierto. Ahora que sabía que había habido una conspiración, se daba cuenta de que cada uno de los implicados podía tener una personalidad profundamente diferente de la que había mostrado con el fin de alcanzar el objetivo, que superaba a todo lo demás.
Había terminado de guardar las hierbas, y ahora empezó a verter las tinturas en ampollas y ponerles etiquetas.
Antonino podría ser exactamente lo que parecía: un hombre leal a la Iglesia, aun a costa de su propia vida; buen amigo de Justiniano, reconoció el papel desempeñado por él bajo tortura y únicamente cuando ya resultaba inútil negarlo. Pero se había juntado con Justiniano no para matar a Miguel, a fin de salvar a la Iglesia, sino a Besarión, ¿y para qué? ¿Para salvar a Bizancio, porque Besarión no alcanzaba a comprender la realidad ni poseía el temple necesario para hacer lo que estaba haciendo Miguel Paleólogo y buscar la única paz posible?
Justiniano estaba fervientemente en contra de la unión desde el principio. Su lealtad hacia Constantino daba testimonio de ello. ¿Y la lealtad de Constantino hacia él? ¿Acaso no era ésa una pasión en la que se podía confiar?
Ana dejó de trabajar y se puso a lavar el mortero y los platos para volver a ponerlos en su sitio.
Justiniano fue el primero, como forastero que era, en ver las flaquezas y los sueños de Besarión y en darse cuenta de que, lejos de salvar Constantinopla, más bien sellaría el destino fatal de la misma.
Intentó imaginar lo que debió de sentir su hermano a medida que las pruebas fueron imponiéndose y poco a poco fue comprendiendo que no se podía consentir que Besarión tomara el trono. Si él se retirase de la conspiración, simplemente su sitio sería ocupado por Demetrio. Era a Besarión a quien había que detener. Pudo ser que acudiera a él para intentar persuadirlo, cada vez con más insistencia a medida que Besarión se resistía. Las disputas fueron cada vez más agresivas. En un momento de desesperación recurrió a otras personas, incluso a Irene, pero a Zoé no. ¿Por qué Justiniano y ella no se aliaron para servir a la causa común?
La única persona de la que se fiaba Justiniano era Antonino, el cual, al final, murió torturado y solo. Entonces, ¿quién entregó a Justiniano a las autoridades?
Si Besarión hubiera conservado la vida, la conspiración habría seguido adelante. La noche siguiente habrían intentado matar al emperador. Zoé tenía el valor y la capacidad necesarios para ello, fueran cuales fueran los fallos de Besarión. Pero, ¿de verdad creía Zoé que Besarión poseía el valor y el ardor necesarios para salvar a Bizancio de los latinos y a la Iglesia de Roma?