Выбрать главу

– Ese capitán, no -replicó Zoé, como si algo la divirtiera secretamente-. Porque es Giuliano Dandolo. Tan sólo le he dicho que se trata de la efigie de una madonna bizantina para la que posó la hija de un mercader, o tal vez su madre. Debéis limitaros a decirle eso.

Ana se quedó rígida.

– ¿Y si… si me niego? -balbució.

– Si os negáis, ya no me sentiré obligada a guardar discreción acerca de vuestra… identidad -dijo Zoé-. Ni con el emperador, ni con la Iglesia ni con Dandolo. Aseguraos muy bien de que es eso lo que deseáis, antes de provocarlo.

– Iré -dijo con voz queda.

Zoé sonrió.

– Por supuesto que iréis -corroboró encantada. Tomó un paquete que había sobre la mesa que tenía al lado y se lo tendió a Ana-. Aquí tenéis el dinero, las instrucciones y un salvoconducto para vos con la firma del emperador. Id con Dios, y que la Santísima Virgen os proteja. -Y a continuación se persignó devotamente.

En el ajetreado muelle, Ana llegó hasta un barco veneciano, provisto de tres mástiles, velas latinas y una popa elevada. Era ancho de manga, y ella calculó que mediría por lo menos cincuenta pasos de una punta a la otra. Preguntó al marinero que estaba al pie de la pasarela, le dio su nombre y el de Zoé, y le permitieron subir a bordo. Halló a Giuliano en la cubierta. Iba vestido con calzas y un jubón de cuero, muy diferente de la túnica y los ropajes cortesanos que lo había visto usar en la ciudad. De pronto se había convertido en un veneciano, un extranjero.

– Capitán Dandolo -dijo Ana en tono firme. Costara lo que costase, no tenía ningún sitio al que huir-. Zoé Crysafés me ha dicho que habéis accedido a llevarme como pasajero en vuestra travesía hasta Acre, y después hasta Jerusalén. Y que os ha pagado el precio que vos habéis considerado justo. -La frialdad de su voz era un indicio de la tensión que le agarrotaba el cuerpo»

Giuliano se volvió lentamente, con una expresión de sorpresa, y al reconocerla se iluminó con una breve chispa que se apagó enseguida, en cuanto recordó la última vez que se habían visto.

– Anastasio Zarides. -Pronunció el nombre en voz baja, inaudible para los marineros que cerca de allí se afanaban con los cabos y los aparejos-. En efecto, Zoé ha hecho preparativos para incluir un pasajero, pero no dijo que fuerais vos. -El semblante de Giuliano se oscureció-. ¿Desde cuándo sois su sirviente?

– Desde que tiene poder para hacerme daño -repuso Ana sin apartar la mirada-. Pero la misión que me ha encomendado es noble: traer de vuelta un retrato que debe estar en Constantinopla.

– ¿Un retrato? -preguntó Giuliano-. ¿Os ha dicho de quién es?

Ana ansió poder responderle con la verdad; mentir era como marcar un terreno acotado pero el daño ya estaba hecho.

– Una dama bizantina de buena familia -contestó-. Que por lo visto fue víctima de alguna tragedia.

– ¿Y qué le importa a Zoé?

– ¿Creéis que se lo he preguntado? -replicó Ana con ligero sarcasmo.

– Más bien creo que podríais haberlo deducido -repuso Giuliano. Ana no supo bien si lo que había en su tono de voz era gentileza o tristeza.

Esta vez le tocó a ella desviar la mirada y fijarla en las agitadas aguas del puerto.

– Deduzco que es una pintura que desea tener porque le proporcionará poder -respondió-. Pero podría desearla simplemente por su belleza. Zoé es una apasionada de la belleza. La he visto contemplar la puesta de sol durante largo rato, el suficiente para que dicha imagen se le quedara grabada en el alma.

– Pero ¿tiene alma? -dijo Giuliano con repentino rencor.

– ¿No opináis que poseer un alma retorcida es mucho peor que no tener alma en absoluto? -le preguntó Ana-. Lo que tortura es la pérdida de lo que pudo haber sido, el hecho de haberlo tenido al alcance de la mano y haberlo dejado escapar. Yo no creo que el infierno consista en fuego, sufrimiento de la carne y azufre, yo creo que es el sabor del paraíso recordado… y perdido.

– ¡Dios nos proteja, Anastasio! -exclamó Giuliano-. ¿De dónde diablos habéis sacado esas cosas?

Él le apoyó una mano en la espalda en un gesto de compañerismo, nada parecido a una caricia. Al momento la retiró, y para Ana fue como si de repente le faltase el calor del sol.

– Más os vale viajar con nosotros hasta Jerusalén y rescatar esa pintura para Zoé -dijo en tono jovial-. Zarparemos mañana por la mañana, pero supongo que eso ya lo sabíais. -Giuliano rio brevemente, pero la sonrisa perduró en sus ojos-. Nunca hemos viajado con un médico a bordo.

CAPÍTULO 58

Ana estaba junto a la borda bajo el sol de media tarde, que ya pendía a baja altura sobre el horizonte. El viento que le azotaba el rostro era frío y el aire que llenaba sus pulmones era cortante y traía sabor a sal. Hacía varios días que habían zarpado de Constantinopla y habían atravesado el mar de Mármara para salir al Mediterráneo, y ya había comenzado a hacerse al cabeceo y el bamboleo de la cubierta del barco. Incluso se había acostumbrado a las calzas de marinero que le habían prestado, ya que la túnica y la dalmática no eran prendas cómodas para subir escaleras y moverse por espacios reducidos. No había sitio para sujetarse las faldas, y éstas resultaban menos modestas de lo que había calculado al principio. Giuliano le sugirió el cambio, y pasadas unas horas lo encontró agradable.

Giuliano estaba ocupado durante la mayor parte del tiempo. Tenía que hacer uso de toda su capacidad para gobernar a hombres que apenas conocía y para mantener el rumbo sur en aquella época del año, contra la corriente que subía desde Egipto y Palestina y después giraba hacia el oeste. Incluso cuando el barco navegaba a favor del viento, tenían que ceñir y virar con suma precisión.

Ana oyó sus pasos por cubierta, detrás de ella. No necesitó darse la vuelta para saber que era él.

– ¿Dónde estamos? -le preguntó cuando lo tuvo a su lado.

Giuliano señaló con la mano.

– Allí enfrente está Rodas. Por allá está Chipre, más al sur y al este.

– ¿Y Jerusalén?

– Más lejos todavía. Alejandría está en esa dirección. -Giró en redondo y extendió el brazo hacia el sur-. Roma está por allí, al oeste, y Venecia más al norte.

Era la primera vez que disponían de más que unos instantes para conversar sin que los oyera la tripulación. El pensamiento de Ana estaba ocupado por Zoé y por la muerte de Gregorio, pero no quiso decir nada que pudiera romper la costra de la herida e impedir la frágil curación de la misma.

Pensó en la gran roca que según se decía vigilaba el otro extremo del Mediterráneo y lo protegía del océano, que, hasta donde se sabía, se extendía hasta los confines del mundo.

– ¿Habéis cruzado las columnas de Hércules que dan paso al Atlántico? -preguntó, con la imaginación inflamada por aquella idea.

– Aún no. Me gustaría cruzarlas algún día. -Giuliano entornó los ojos para protegerse del sol y sonrió-. Si pudierais viajar a donde se os antojase, ¿qué lugar elegiríais?

Aquella pregunta la pilló por sorpresa. Su cerebro pensó a toda velocidad. No quería hablar de antiguos sueños que ya no tenían importancia.

– ¿Venecia? ¿Es muy hermosa? -Quería sentir la vehemencia y la ternura en su voz.

Giuliano sonrió y la complació:

– No se parece a ningún sitio -dijo-. Es tan hermosa que uno imagina que debe de ser una ciudad de ensueño, una idea que flota sobre la superficie del agua. Que tocarla sería como intentar atrapar el resplandor de la luna con una red. Y en cambio es tan real como el mármol y la sangre, y tan brutal como la traición. -En su mirada había pasión y amargura. Posee el encanto efímero de la música en la oscuridad, y sin embargo permanece en la mente, como ocurre con todo lo que es majestuoso, y regresa una y otra vez, cuando uno cree que por fin lo ha dejado en paz. -Contempló el horizonte, que iba perdiendo color-. Pero no creo que ya pueda olvidarme tampoco de Bizancio. Bizancio es sutil, un animal herido, más tolerante que Occidente y acaso más sabio. -Respiró hondo.