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Se estaba levantando un viento del norte que pintaba de blanco las crestas de las olas mientras la nave se movía zarandeada por la corriente. Ana esperó a que Giuliano continuase, feliz al verse rodeada por los murmullos del agua y los crujidos de la madera.

– Ya sé que queremos reconquistar Jerusalén para la cristiandad -siguió diciendo Giuliano-, pero no sé si hemos tenido en cuenta otros aspectos, como el coste de dicha misión.

Giuliano dejó escapar una carcajada fuerte y breve.

– Sacrificamos Bizancio para ganar Jerusalén… y perder el mundo. No sé. Pero tenemos un vino tinto bastante bueno…

– Veneciano, naturalmente -interrumpió Ana en tono desenfadado, rompiendo la tensión que se le empezaba a acumular en las entrañas.

Giuliano rio de nuevo.

– Naturalmente. Venid, lo compartiremos mientras cenamos. Son raciones de marino, pero no están mal. -Habló con soltura, sin titubear.

Ana desechó toda otra reflexión por el momento y aceptó. Al ponerse de pie tuvo que hacer un esfuerzo para conservar el equilibrio sobre la ligera inclinación de la cubierta.

Fue una buena cena, aunque Ana apenas se percató de lo que comía ni de otra cosa que no fueran el dulzor y el calor del vino. Conversaron distendidamente sobre lugares en los que habían estado, personas a las que habían conocido. Giuliano describió lo gracioso y lo absurdo con gesto divertido y, según ella pudo advertir, sin crueldad. Cuanto más lo escuchaba, más irrevocable le resultaba el vínculo que la unía a lo bueno que había en él. Y menos podría decirle la verdad. Giuliano la veía como hombre, pero un hombre del que no tenía que temer ninguna rivalidad. Ana era consciente de que la gentileza que Giuliano tenía para con ella se debía en parte a que él era un hombre entero, capaz de gozar de los placeres físicos de la vida de un modo que a Anastasio le estaba vedado, y la sorprendió la delicadeza que demostraba él al no mencionar nunca aquellas cosas de forma abierta.

Ana se fue a eso de las dos de la madrugada, cuando el deber llamó a Giuliano a cubierta porque el tiempo estaba empeorando. Había bebido más vino de lo habitual, y cuando cerró la puerta de su camarote estaba tan próxima al llanto que de hecho se le saltaron las lágrimas y le rodaron por las mejillas, tibias y doloridas. Si estuviera menos cansada, quizás habría capitulado y se habría entregado al llanto hasta que no le quedara nada dentro. Pero ¿cuándo pararía? ¿Qué otro fin había, excepto atesorar la amistad, o la dicha, la confianza, la tolerancia y la voluntad de compartir? No estaba dispuesta a sacrificar aquello por recrearse momentáneamente en la autocompasión o en la pena por lo que ella misma se había negado.

Al día siguiente el tiempo era peor, se avecinaba una tormenta desde el norte que los obligó a mantenerse apartados más tiempo de lo previsto. Giuliano estaba totalmente enfrascado en la navegación y en impedir que la nave derivara arrastrada por peligrosas corrientes en las que podía perder velas o incluso un mástil.

La siguiente ocasión en que conversaron fue durante la guardia, cuando comenzaba a amanecer por el este, donde se encontraba Chipre, más allá de donde alcanzaba la vista. El mar estaba en calma y soplaba una brisa suave que olía a dulce y a limpio. La pálida luz rozaba apenas las crestas de las olas, demasiado delicada para levantar espuma. En medio de aquel silencio, era como si fueran los primeros seres humanos en ver la tierra o respirar su aire.

Permanecieron largo rato apoyados en la borda, casi a un paso de distancia el uno del otro, absortos en el resplandor que iba esparciéndose por el cielo y que fundía las sombras que había entre una ola y la siguiente. Ana no sintió la necesidad de mirar a Giuliano, estaba segura de que el pensamiento de él también estaba prendido en la enormidad que los rodeaba. No asustaba estar a solas frente al mar, de hecho provocaba una curiosa sensación de consuelo.

En otras ocasiones robadas aquí y allá, Giuliano y ella hablaron de recuerdos, experiencias buenas y malas, algunas increíbles. Ana extrajo muchas de ellas de lo que le había contado su padre y se identificaba muy bien con ellas. A veces, cuando ella exageraba en exceso con los detalles, Giuliano se daba cuenta y los dos reían juntos. Era una broma sin mala fe. Ana no tenía necesidad de explicar sus fantasías.

Una noche que estaban en cubierta contemplando cómo el sol poniente derramaba fuego sobre el negro contorno de la isla de Chipre y sintiendo el azote del viento frío en la cara, la conversación giró hacia la religión y la unión con Roma.

– Dejando a un lado el orgullo y la historia -dijo Giuliano con seriedad-, ¿de verdad separarse de Roma es una causa por la que merezca la pena morir? ¿Tú lo consideras así? -Era una pregunta directa y personal, en absoluto genérica.

Ana fijó la mirada en la luz que iba muriendo, cambiando por momentos. No había dos puestas de sol iguales.

– No lo sé. No estoy seguro de si estoy preparado para que cualquier persona me diga lo que tengo que pensar. Pero también sé con seguridad que no estoy preparado para exigir a otra persona que sacrifique su vida, o la vida de un ser querido, porque yo estoy seguro de las diferencias que hay entre la fe de Roma y la de Bizancio. Es posible que la Iglesia sólo pueda guiarnos huta ahí, hasta proporcionarnos un marco en el que podamos subir lo suficiente para ver cuánto camino nos queda por andar y darnos cuenta de que dicho viaje merece infinitamente la pena. Tarde o temprano el marco se nos queda pequeño, y entonces se transforma en un grillete que aprisiona el espíritu.

– Entonces, ¿cómo tenemos que hacer el resto? -El tono que empleó Giuliano no era de broma. Ana distinguía a duras penas el perfil de su cabeza y sus hombros recortados contra la oscuridad del cielo, pero percibía su calor.

– Es posible que tengamos que desearlo con tanto fervor que nadie pueda impedirnos alcanzarlo -repuso Ana en voz baja-. No podemos seguir a un líder ni obedecer las órdenes de nadie, hemos de trabajar valiéndonos de nuestras propias fuerzas, alumbrándonos con la luz de la razón, aunque sólo nos ilumine un breve trecho por delante. Será suficiente.

– Eso es muy duro. -Giuliano exhaló el aire despacio-. Me gustaría creerlo, aunque parece implicar dificultad y una profunda soledad. Tu paraíso sí merecería la pena buscarlo, creando algo a partir de mis propios errores, construyendo a partir del perdón y buscando en cada lugar nuevo que va apareciendo.

Se reclinó un poco y observó el cielo.

– Haríamos mejor en construir unas cuantas escaleras de mano, Anastasio.

CAPÍTULO 59

Tras hacer una breve escala en Famagusta, en la costa oriental de Chipre, atravesaron una zona de mar agitado, contra el viento y avanzando con dificultad. Las enormes velas latinas pesaban mucho y crujían al flamear, para después coger viento e hincharse de nuevo. En todas aquellas ocasiones, Ana se maravillaba de la destreza de los hombres, cerraba los puños al ver con qué precisión calculaban y actuaban, consciente de lo fácil que podría ser que se partiera un mástil.

Fueron avanzando trabajosamente con rumbo sur, siguiendo la costa de Palestina, tocaron tierra en Tiro, después en Sidón y finalmente en Acre, un puerto amplio que bullía de actividad. Abarcaba desde las altas y majestuosas murallas construidas por los cruzados hasta los barrios de los mercaderes: pisanos, genoveses y por supuesto venecianos, y contaba con unos muelles atestados de gente y unas aguas salpicadas de embarcaciones.

Aquélla era la puerta de entrada a Tierra Santa y el punto de partida del viaje de entre seis y diez días para llegar a Jerusalén. Ana se quedó a bordo mientras Giuliano saltaba a tierra, para supervisar el desembarco del cargamento y obtener otro para el viaje de vuelta.