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Ana no quiso saber si a Giuliano aquel pensamiento le resultaba tan amargo como a ella. Él era veneciano, por lo tanto debía de juzgar la situación de diferente manera. Pensó en los primeros soldados romanos, avanzando con sus legiones para conquistar a los díscolos judíos. ¿Podría el más audaz de ellos haber imaginado siquiera que un hombre de Judea iba a cambiar el mundo para siempre? Más de mil años después, el camino de Jerusalén estaba ya desgastado a causa de las muchedumbres que lo recorrían tanto en invierno como en verano, convencidas de que de alguna manera estaban siguiendo los pasos de Jesús.

¿Era así en realidad? ¿Servía para algo lo que hacían? Sin haber tenido la intención, dirigió una mirada fugaz a Giuliano y se encontró con que éste la estaba mirando fijamente. El veneciano le sonrió, y en aquel gesto Ana percibió una intensa dulzura. Durante un terrible instante pensó que él comprendía la verdadera razón de su debilidad física, pero enseguida se dio cuenta de que lo que lo conmovía era la confusión que veía en su semblante.

Ana le devolvió la sonrisa y se sorprendió al comprobar hasta qué punto se le levantaba el ánimo sólo con saber que Giuliano estaba allí.

CAPÍTULO 60

Cinco días después alcanzaron la cumbre del cerro con las piernas doloridas y el cuerpo cansado. Desde que salieron de Acre habían ascendido casi trescientos pies. Ante ellos se extendía Jerusalén, esparcida por las colinas, toda luz y sombras. Las murallas que miraban hacia el sol relucían de un blanco deslumbrante; las callejuelas, tortuosas e impenetrables, semejaban cuchilladas oscuras. Los tejados de los edificios eran planos y entre ellos surgía esporádicamente la suave curva de una cúpula o los inesperados escalones de una torre.

Había escasos árboles, en su mayoría olivos de color verde plateado o alguna palmera datilera, más oscura. Las enormes murallas almenadas estaban intactas y no presentaban más aberturas que las grandes puertas de entrada, que en aquel momento estaban abiertas y pobladas de figuras diminutas, como si fueran hormigas, que iban y venían formando manchas de color.

Ana se detuvo junto a Giuliano y contempló aquel panorama conteniendo a duras penas una exclamación. Le dirigió una mirada rápida, y en los ojos de él vio la misma expresión de asombro.

El árabe hizo una seña de impaciencia y todos reanudaron la marcha en dirección a la puerta de Jaffa, por donde entraban los peregrinos. Conforme fueron aproximándose vieron que las murallas eran gigantescas y tenían multitud de marcas dejadas por el tiempo y por la erosión, y también por la violencia del asedio. La puerta en sí era imponente, como la mitad de un castillo. Frente a ella había corrillos de hombres barbudos y de ojos oscuros, cubiertos de polvo a causa de la sempiterna arena. Hablaban y gesticulaban con las manos discutiendo acerca de una opinión o de un precio. También había un grupo de niños que jugaban con piedrecillas que lanzaban al aire y después atrapaban con el dorso de la mano, una mano delgada y morena, formando complicados dibujos. Una mujer estaba sacudiendo una alfombra y provocando una nube de polvo. Todo era corriente, la vida cotidiana y un instante de la eternidad.

Pero enseguida volvió a engullirlos la realidad. Había que pagar dinero, preguntar por el camino a seguir y buscar alojamiento antes de que anocheciera. Ana se despidió de sus compañeros de viaje con verdadero pesar. Habían compartido demasiadas penurias para separarse así sin más.

La seguridad del viaje había dejado de existir; atrás había quedado el peligro de estar demasiado cerca, de delatar sentimientos o debilidades físicas, al menos de momento, y ahora empezaba una forma nueva de soledad.

Encontraron alojamiento en una posada. La primera noche Ana apenas pudo dormir, de puro agotamiento. Hacía frío y las tinieblas estaban pobladas de ruidos extraños y olores totalmente distintos de aquellos a los que estaba acostumbrada. Las voces que oía hablaban en árabe, hebreo y otras lenguas que no supo reconocer. En el aire flotaba un olor rancio a calles cerradas, a animales y a vegetación desconocida, seca y amarga. No resultaba desagradable, pero le causaba una sensación de incomodidad y extrañeza.

Leyó una y otra vez las instrucciones de Zoé. Debía buscar a un judío llamado Simcha ben Ehud, que sabía dónde se encontraba la pintura y daría fe de ella, aunque Zoé ordenaba que Ana también la examinara concienzudamente. La descripción era muy precisa. No podía fallar. Ni por un solo instante dudó que Zoé aprovecharía la primera oportunidad que tuviera para hacer uso de su poder destructivo. Una vez que tuviera la pintura en su poder, era muy posible que atacara de todos modos. Ana había sido una ingenua al imaginar que iba a poder cumplir la misión y marcharse sin más, sana y salva, porque Zoé así se lo había prometido. Para cuando llegara dicho momento, debería tener pensada alguna arma que poder utilizar.

Cuando consiguiera hacerse con la pintura, tendría tiempo para pensar en Justiniano y encontrar la forma de llegar al monasterio del Sinaí.

Al día siguiente desayunó en compañía de Giuliano. Habían terminado acostumbrándose a los dátiles y a un pan un tanto tosco.

– Ten cuidado -le advirtió él cuando se separaron en la calle. Pensaba examinar primero el laberinto de callejuelas, las trayectorias semi-escondidas de fuentes y ríos subterráneos. Una ciudad ubicada en el desierto vive y muere dependiendo del agua de que disponga, al igual que cualquier ejército que le ponga sitio.

– Descuida -respondió Ana con voz queda-. Zoé me ha dado el nombre de la persona a la que debo preguntar, y también una razón que dar a todo el que me pregunte para qué quiero la pintura. Además, sé cómo es. Cuídate tú también. Andar por ahí examinando las fortificaciones tampoco es una actividad en la que convenga que lo sorprendan a uno.

– No voy a hacer nada de eso -contestó Giuliano rápidamente-. Soy un peregrino que va a rezar en cada uno de los lugares que visitó Cristo, igual que todos los demás.

Ana sonrió, y seguidamente dio media vuelta y echó a andar sin mirar atrás. Sentía los pies doloridos al pisar el suelo desigual, iba tropezando aquí contra otros transeúntes, allá contra un muro que sobresalía en la callejuela, cada vez más angosta. De pronto aparecieron unos escalones, y comenzó a descender.

Empezó por el barrio judío, en la dirección que le había proporcionado Zoé.

– ¿Simcha ben Ehud? -preguntó Ana a varios comerciantes. Respondieron negando con la cabeza.

Lo intentó una y otra vez, cada vez más temerosa de estar llamando la atención sobre sí. Una mañana, cuando ya llevaba poco más de tres semanas en Jerusalén, subiendo por un estrecho tramo de escaleras con las piernas doloridas y los músculos tan agotados que tenía toda su concentración fija en ir poniendo un pie delante del otro, estuvo a punto de chocar contra un hombre que venía en sentido contrario. Le pidió disculpas y ya iba a proseguir su camino cuando él la agarró por el hombro. Su primera reacción instintiva fue luchar, pero entonces el hombre le dijo en voz baja, casi al oído:

– ¿Buscáis a Simcha ben Ehud?

– Sí. ¿Vos sabéis dónde puedo encontrarlo? -Ana llevaba una daga al cinto, pero no se atrevió a echar mano de ella.

Aquel individuo era sólo dos o tres dedos más alto, en cambio era musculoso y, a juzgar por la presión de su mano cuando la aferró del hombro, también fuerte. Tenía una nariz aguileña y ojos de párpados gruesos, casi negros, pero la boca era suave, casi sonriente, rodeada de profundas arrugas causadas por las emociones vividas.

– ¿Sois vos Simcha ben Ehud? -le preguntó.

– ¿Venís de Bizancio, enviado por Zoé Crysafés? -replicó él.