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– Dios santo, ¿quién es éste? -exclamó Lena.

– Otro para Fleischman. Se llama Erich.

– Pero ¿de dónde…?

– Es el hijo de Renate. ¿Te acuerdas?

– ¿Renate? Pero creía que todos los judíos…

Jake la interrumpió.

– Es una larga historia. Ya te la contaré más tarde. Antes, llevémoslo a la iglesia.

– Antes, démosle algo de comer -sugirió ella, arrodillándose-. Mira qué flaco está. ¿Tienes hambre? No tengas miedo, aquí estarás seguro. ¿Te gusta el queso?

Lo condujo a la mesa y sacó una pequeña porción de queso correoso procedente del economato militar. El niño lo miró recelosamente.

– Es de verdad -le explicó Lena-. Es que en América es de ese color. Ten, aquí tienes un poco de pan. No pasa nada, come.

El niño cogió el pan con ademán diligente y le dio un mordisco.

– Así que te llamas Erich, ¿eh? Es un nombre muy bonito. Conocí a un Erich una vez; tenía el pelo negro, como tú. -Alargó el brazo y le tocó la cabeza-. ¿Te gusta el pan? Ten, come un poco más. -Partió un pedazo y se lo ofreció con la mano, con cariño, como si estuviera dando de comer a un gatito callejero-, ¿Lo ves? Ya te lo decía yo. Y ahora, un poco de queso.

Estuvo dándole de comer unos minutos hasta que el chico empezó a comer por sí mismo, absorbiendo la comida tan calladamente como las imágenes que había visto a través de la ventanilla del jeep. Lena alzó la vista para mirar a Jake.

– ¿Dónde está ella?

Jake negó con la cabeza, dando a entender que no quería hablar delante del niño.

– Hasta ahora ha vivido con una mujer en Prenzlauer. Me parece que lo ha pasado bastante mal. No habla demasiado.

– Bueno, no es tan importante, ¿verdad? Lo de hablar -le dijo al chico-. A veces yo también me quedo callada, cuando todo es nuevo. Comeremos algo y luego descansaremos un poco. Debes de estar cansado, venir hasta aquí desde Prenzlauer nada menos…

Jake vio que el niño asentía con la cabeza, sintiéndose más seguro con el alemán de ella, familiar, sin el acento extranjero del de Jake.

– Tendríamos que llevarlo con Fleischman -sugirió Jake-. Se está haciendo tarde.

– Tenemos mucho tiempo -contestó ella con calma. Luego, se volvió y añadió-: Pero si la madre está viva… ¿Se lo vas a quitar a su madre? ¿Para llevárselo a Fleischman?

– Le prometí a ella que le buscaría un sitio. Ya te lo explicaré luego -dijo, sintiendo cómo la mirada del chico se clavaba en él.

Lena le ofreció otro trozo de queso.

– Está bueno, ¿a que sí? Hay más… Coge todo el que quieras. Luego nos iremos a dormir, ¿qué me dices? -Hablaba con dulzura, como arrullándolo.

– Lena -interrumpió Jake-. No puede quedarse aquí. No podemos…

– Sí, ya lo sé -repuso, sin escucharlo realmente-. Pero sí por una noche. Ese sótano… Ya ves qué cansado está. Todo es extraño para él. ¿Sabes cómo me llamo? -le dijo al chico-. Lena. -Bostezó con ademán exagerado, llevándose la mano a la boca-. Ufff, yo también estoy muy cansada…

– Lena -dijo Jake-, ya sabes lo que quiero decir.

Ella lo miró.

– Sí, ya lo sé. Será sólo esta noche. ¿Se puede saber qué te pasa? No puedes llevártelo así… Mira qué ojos tiene el pobrecillo. ¡Hombres!

Sin embargo, el chico todavía tenía los ojos abiertos como platos, y los iba desplazando del uno al otro como si estuviese a punto de tomar una decisión. Al final, los fijó en Jake, se levantó, se acercó a él y volvió a levantar la mano. Por un segundo, confuso, Jake pensó que quería marcharse, pero en ese momento abrió la boca para hablar con una claridad asombrosa tras el prolongado silencio:

– Tengo que ir al baño -anunció, extendiendo la mano.

Lena sonrió, riéndose para sus adentros.

– Bueno, pues tú puedes acompañarlo, desde luego -dijo mientras Jake lo guiaba, dos hombres yendo al lavabo.

Después a Jake, ya no le quedó más remedio que dejar que ella tomara las riendas de la situación, de manera que lo que fuera que él hubiese planeado se desmoronó como un castillo de naipes. Desde la mesa, la vio acostar al niño en la cama, vio cómo le acariciaba la frente y le hablaba despacito, en voz baja y con un torrente de palabras de ritmo regular. Jake encendió un cigarrillo, inquieto, y luego miró su cuaderno de notas. Renate sentada en el café, un flirteo inocente, el Greifer de la Greiferin. La historia que Ron quería que compartiese con el mundo entero. Volvió a mirar al dormitorio, donde Lena seguía arrullando al niño para que se durmiera, y sin saber qué otra cosa hacer, empezó a ordenar sus notas para hilvanar la historia, preguntándose cómo contarla sin contar lo único que había importado de veras. Sin embargo, cuando cogió una hoja de papel, el relato pareció desplegarse por sí solo, empezando por Marthe Behn y remontándose luego en el tiempo hasta la primera delación en un café, un giro inesperado tras otro, hundiéndose un poco más en la miseria humana de manera paulatina, hasta el momento de la señal incriminatoria. No era una apología, sino algo más complejo, una historia de crímenes en la que todo el mundo era culpable. Escribía atropelladamente, con ganas de acabar cuanto antes, como si todo fuese a desaparecer una vez estuviese plasmado sobre el papel, como si sólo fuesen a quedar las palabras. Los zapatos, la madre, Hans Becker, el intercambio de favores… Seguía pareciendo increíble. ¿Qué le había pasado a todo el mundo? En una ciudad en la que solía tomar jarras de cerveza bajo las copas de los árboles. ¿Cuántos habían llegado a levantar la vista en el café cuando aparecían aquellos hombres? No eran cómplices, sólo gente que miraba para otro lado. Excepto Renate, que aún veía sus rostros.

Llevaba un buen rato escribiendo, completamente absorto, cuando se dio cuenta de que el murmullo del dormitorio había cesado y de que lo único que se oía en el piso era el débil sonido del trazo de su estilográfica. Lena estaba de pie en el umbral de la puerta, observándolo, con una sonrisa cansada en el rostro.

– Se ha dormido -le informó-. ¿Estás trabajando?

– Quería escribirlo todo mientras aún está fresco.

– Cosiendo con una aguja encendida -dijo, una expresión alemana. Se sentó frente a él y le cogió un cigarrillo-. Creo que no está del todo bien. Le diré a Rosen que le haga un chequeo, sólo por si acaso. Hoy lo he vuelto a ver. Por lo visto, se pasa el día aquí.

– Se ocupa de las chicas.

– Ah -dijo Lena, un tanto aturullada-. No lo sabía. Bueno, pero es médico…

– Lena, no podemos quedarnos con él. No te conviene encariñarte.

– Sí, ya lo sé. Pero por una noche… -Interrumpió la frase, mirándolo-. Eso es lo más terrible, ¿no te parece? Nadie se ha encariñado con él. Nadie. Estaba pensando, mientras estaba ahí de pie, que parecemos una pequeña familia. Tú ahí trabajando, él durmiendo…

– No somos su familia -dijo él, aunque con dulzura.

– No, tienes razón -convino ella, zanjando la conversación-. Bueno, cuéntame lo de Renate. ¿Qué ha pasado? Ahora el niño no te oirá.

– Ten -le dijo, pasándole las hojas-. Está todo aquí.

Jake se levantó, fue a coger la botella de coñac y llenó dos copas. Dejó la de ella encima de la mesa, pero Lena no le hizo ningún caso, enfrascada en la lectura de las páginas.

– ¿Ella te ha contado esto? -exclamó, leyendo.

– Sí.

– Dios mío… -Pasó la página despacio.

Cuando terminó, volvió a colocar los papeles donde estaban y luego tomó un sorbo de la copa.