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– Mil cien -leyó Jake en voz alta, insistiendo en las cifras-. ¿Eso son calorías? -Miró al anciano-. Explíquemelo.

El profesor Brandt bebió un sorbo de agua.

– Al día. ¿Cuánto tiempo sobrevive un hombre con mil cien calorías al día? Depende del peso corporal original. Las series aparecen a la derecha. Si se redujesen hasta novecientas, por ejemplo, el promedio arroja un total de sesenta: sesenta días, dos meses. Aunque, por supuesto, eso no es exacto, porque las variables no aparecen en los números, sino en los hombres. Algunos más y otros menos, cada uno muere a su propio ritmo, pero el promedio resulta útil. Se pueden calcular cuántas calorías se necesitarían para aplazar la muerte un mes más, por ejemplo. Sin embargo, nunca llegaron a hacerlo: en realidad, el trabajo del primer mes, antes de que se debilitasen, era más productivo que cualquier aplazamiento. La tabla que figura al pie de la página lo demuestra. No tenía sentido mantenerlos vivos a menos que fuesen especialistas. Los números lo demuestran. -Levantó la vista-. El tenía razón, he comprobado los cálculos. La segunda página muestra cuánto hay que incrementar las raciones de los trabajadores especializados. Verá, creo que mi hijo estaba utilizando estas cifras para persuadirlos, para que les dieran más comida, pero no estoy seguro. Los otros murieron según la fórmula. Sólo era un promedio, aunque preciso. Basó los cálculos en las cifras reales del mes anterior. No entrañaba demasiada dificultad.

Se interrumpió de nuevo para tomar otro sorbo de agua y luego prosiguió, como un maestro resolviendo un largo ejercicio en la pizarra.

– Los otros también. Muy simple. Tiempo de montaje, unidades por cada período de veinticuatro horas. No hace falta que mire, recuerdo todos los números. Optimo número de trabajadores por cadena. A veces tenían demasiados y el montaje era complicado: era mejor disponer de un solo trabajador experto que de tres hombres que no supiesen lo que estaban haciendo. El lo demuestra en alguna parte. Lo lógico sería saber eso por sentido común, pero salta a la vista que les gustaba tenerlo por escrito. Con números. Esa era la clase de problemas en los que ponían a trabajar a mi hijo.

Jake miró el papel sin decir nada, dejando que el profesor Brandt se serenase mientras bebía el último trago de agua.

– Debió de trabajar en algo más, no sólo en esto.

– Sí, por supuesto. Es un gran logro, técnicamente hablando. Eso es obvio. Matemáticas aplicadas, ingeniería. Todos los alemanes pueden sentirse orgullosos. -Meneó la cabeza con gesto de incredulidad-. Sueños espaciales… Esto es lo que valían, mil cien calorías al día.

Jake hojeó las páginas restantes y luego cerró la carpeta y se la quedó mirando. No sólo Emil, casi la totalidad del equipo.

– ¿Le sorprende? -preguntó el profesor Brandt en voz baja-. ¿Su viejo amigo?

Jake no contestó. Sólo eran cifras en un papel. Al final, levantó la vista para mirar al profesor Brandt y hacer la sencilla e inadecuada pregunta.

– ¿Qué le ha pasado a todo el mundo?

– ¿Quiere saberlo? -repuso el profesor Brandt, asintiendo, y luego hizo una pausa antes de añadir-: No lo sé. Yo también me lo preguntaba. ¿Quiénes eran esos niños? ¿Nuestros hijos? ¿Y cuál es mi respuesta? No lo sé. -Desvió la mirada hacia las estanterías repletas de libros-. Toda mi vida había creído que la ciencia era una cosa aparte. Todo lo demás son mentiras, pero la ciencia no. Tan bonitos, los números… Siempre dicen la verdad. Si los entiendes, te explican el mundo. Eso era lo que pensaba. -Volvió a mirar a Jake-. No lo sé -repitió, con una exhalación, un jadeo-. Han destruido hasta los números, ahora ya no explican nada.

Extendió la mano y cogió la carpeta.

– Usted dijo que era su amigo. ¿Qué va a hacer con esto?

– Usted es su padre. ¿Qué haría?

El profesor Brandt se llevó los documentos al pecho, y Jake, en un gesto involuntario, alargó la mano. Unas pocas hojas de papel, la única prueba que Bernie llegaría a tener.

– No se preocupe -lo tranquilizó el profesor Brandt-. Es sólo que… quiero que me los quite usted. Si alguna vez vuelvo a ver a mi hijo, no quiero decirle que se los di. Usted los cogió.

Jake agarró la carpeta y tiró de ella con fuerza para arrebatársela al anciano de las manos.

– ¿Acaso cambia eso las cosas?

– No lo sé, pero podré decir que no los entregué, decírselo a él y a sus amigos. Podré decirlo.

– Muy bien. -Jake vaciló un instante-. Es lo correcto, ya lo sabe.

– Sí, lo correcto -repitió el profesor Brandt con voz débil.

Recobró la compostura, irguió el cuerpo y luego se apartó de la luz para convertirse de nuevo sólo en una voz.

– ¿Se lo dirá a Lena? ¿Que no he sido yo? -Hizo una pausa-. Es que… Verá, si ella deja de venir, no tengo a nadie más, ¿sabe?

No tuvo que decirle nada a Lena. Estaba dormida en la cama, vestida, y con el niño durmiendo junto a ella. Jake cerró la puerta y se desplomó en el desvencijado sofá para volver a leer la carpeta con los documentos, aún más conmocionado que antes, contando ahora con tiempo suficiente para ir añadiendo a la imagen los detalles más truculentos, cada uno de ellos una acusación en toda regla. Una información muy valiosa para Bernie, pero ¿para quién más? ¿Era eso lo que Tully pretendía vender? Sin embargo, ¿para qué iba a quererla Sikorsky? La respuesta más sencilla era que no la quería, que lo que quería era a los científicos que tan ocupados estaban tratando de cerrar tratos de colaboración con Breimer, y cada página de aquella carpeta era un dedo acusador que ellos creían desaparecido. Información valiosa para ellos.

Se tumbó tapándose los ojos con el brazo y pensando en Tully, en su negocio con los Persilscheine antes de Kransberg, vendiendo papeles de descargo en Bensheim después, a veces vendiéndolos por partida doble… Los granujas siempre seguían un mismo patrón: lo que había funcionado una vez, funcionaba de nuevo. Aquellos documentos eran mejores que cualquier Persilscbein, tan valiosos como un billete para salir del país. Puede que hubiesen ocurrido cosas terribles y vergonzosas, pero no había nada que los relacionase con ellas salvo aquellas hojas de papel, algo por lo que merecía la pena pagar.

Cuando despertó ya había amanecido y Lena estaba sentada a la mesa, con la mirada fija en algún punto perdido y la carpeta cerrada delante de ella.

– ¿Los has leído? -preguntó Jake, incorporándose.

– Sí. -Apartó la carpeta a un lado-. Has tomado notas. ¿Es que piensas escribir algo sobre esto?

– Tengo que contrastar algunos datos en el Centro de Documentación. Para demostrar que todo encaja.

– ¿Demostrarlo ante quién? -inquirió ella con expresión ausente, antes de levantarse de la silla-. ¿Quieres café?

La observó mientras encendía el hornillo y añadía las medidas de café, realizando los movimientos cotidianos de la rutina diaria como si nada hubiera pasado.

– ¿Los has entendido? Puedo explicártelos.

– No, no me expliques nada. No quiero saberlo.

– Tienes que saberlo.

Le dio la espalda y se concentró en su actividad en la cocina.

– Ve a asearte. El café estará listo enseguida.

Se levantó, se acercó a la mesa y miró la carpeta, desconcertado ante la reacción de ella.

– Lena, tenemos que hablar de esto. Lo que hay aquí dentro…

– Sí, ya lo sé. Son cosas terribles. Eres igual que los rusos: «Mirad las imágenes. Ved lo malos que sois todos vosotros, todos. Lo que hicisteis en la guerra». Pues yo ya no quiero mirar más, la guerra ha terminado.

– Esto no habla de la guerra. Léelo. Dejaban morir de hambre a la gente, observaban cómo morían. Eso no es la guerra, eso es algo mas.

– Basta, no sigas hablando -exclamó, y se llevó las manos a los oídos-. No quiero oírlo. Emil no hizo esas cosas.

– Sí lo hizo, Lena -contestó con voz pausada-. Lo hizo.