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– Y no dijiste nada.

– ¿Qué iba a decir? «¿Quédate?» Nadie tenía por qué saberlo, ni siquiera Emil. Era feliz, ¿sabes? El siempre había querido un hijo, pero no llegaba, y entonces ocurrió. No te fijas en los ojos… Ves a tu propio hijo. Eso fue lo que hizo éclass="underline" fue el padre de tu hijo. Cubrió todas sus necesidades, le dio todo su amor. Entonces, cuando lo perdimos, se le destrozó el corazón. Eso es lo que hacía… mientras hacía también todas esas otras cosas. El mismo hombre. ¿Lo entiendes ahora? ¿De veras quieres que se «pudra»? Estás en deuda con él. Se lo debes, por tu hijo.

– Lena…

– Y por mí. ¿Qué hice? Le mentí sobre ti, le mentí sobre Peter. ¿Y ahora quieres que le dé la espalda? No puedo hacerlo. ¿Sabes? Cuando Peter murió, en un bombardeo americano, pensé: «Es un castigo. Por todas las mentiras». Sí, ya lo sé, no lo digas, es un disparate, ya lo sé. Pero esto no. Tengo que hacerlo bien, tengo que enmendar mi error.

– ¿Diciéndoselo ahora?

– No, eso nunca. Lo mataría si supiera eso ahora, pero ayudarlo… Es mi oportunidad de hacer las cosas bien, de saldar una deuda.

Jake retrocedió un paso.

– No mía.

– Sí, tuya también. Por eso te he traído aquí. -Señaló a la lápida-. Ese también eres tú. Aquí, en Berlín. Uno de nosotros. Su hijo, tu hijo. Te presentas aquí con tu uniforme y… Es tan fácil juzgar cuando no se trata de ti. Toda esa gente tan mala, mira las cosas tan terribles que hicieron… Vayámonos. Vayámonos a la cama, todo será como antes… -Se volvió hacia él-. Nada es como antes. Así es ahora, todo es confuso. Nada es como antes.

Jake la miró, perplejo.

– Tal vez una cosa sí. Todavía debes de quererlo, si haces esto.

– Oh, Dios… Querer… -Lena dio un paso adelante y le puso las manos en el pecho, casi golpeándolo-. ¡Cabezota, cabezota…! Si no te quisiera a ti, ¿crees que habría seguido adelante con el embarazo? Habría sido muy fácil librarme de él. Un error, estas cosas pasan. No podía hacerlo. Quería tenerte conmigo, una parte de ti. Cuando lo miraba, te veía a ti. Así que convertí a Emil en su padre. ¿Que si lo quiero? Utilicé a Emil para conservarte a ti.

Jake no dijo nada, luego le retiró las manos del pecho.

– Y con esto quedarás en paz con él.

– No del todo, pero es algo.

– Irá a la cárcel.

– ¿Seguro? ¿Quién lo decide?

– Es la ley.

– La ley americana, para alemanes.

– Yo soy americano.

Ella levantó la vista para mirarlo.

– Entonces, tú decides -dijo, apartándose para echar a andar de nuevo hacia el coche-. Tú decides.

Jake permaneció inmóvil un momento y siguió con la mirada la hilera de tumbas hasta llegar a la lápida, a esa parte de él que ahora estaba allí. Después se volvió lentamente y siguió a Lena colina abajo.

TERCERA PARTE

REPARACIONES DE GUERRA

16

La primera parte del plan de Shaeffer consistía en conseguir que cambiara de ubicación.

– En Burgstrasse hay demasiados soldados.

– ¿Quieres decir que no eres capaz?

– Somos capaces. Sólo que se puede complicar. Si es así, habría un incidente. Será mucho mejor si consigues que salga de allí. -Se rascó la venda por encima de la camisa; ya estaba vestido-. Un piso, tal vez.

– También pondrán vigilancia.

– Pero no tanta. Burgstrasse es una ratonera. Sólo hay una entrada. Y pensar que lleva allí todo este tiempo… Por cierto, ¿cómo lo descubriste? No me lo has dicho.

– Un soplo. No te preocupes, está allí. Alguien lo vio.

– ¿Alguien? ¿Quién? -quiso saber Shaeffer, pero al ver la expresión de Jake no insistió-. ¿Cuánto te ha costado?

Un niño.

– Bastante. De todas formas, querías saberlo. Ahora todo lo que tienes que hacer es conseguir sacarlo de allí.

– Lo lograremos, pero vamos a hacer las cosas bien. No quiero que ella vaya a Burgstrasse. Demasiado riesgo, incluso para nosotros.

– Sigo sin entender para qué la necesitas. Ya sabes dónde está. Entra y cógelo.

Shaeffer negó con la cabeza.

– Si queremos que las cosas salgan bien necesitamos un señuelo.

– ¿Para eso la quieres, para utilizarla de señuelo?

– Habías dicho que estaba dispuesta.

– No.

– Pero has venido, ¿verdad? Vamos, deja de perder el tiempo. Tengo que pensar en otras cosas, pero, antes, veamos si puedes hacer que lo trasladen.

– ¿Por qué iba Sikorsky a hacer eso?

Shaeffer se encogió de hombros.

– Dile que la señora es muy fina, que no quiere empezar su nueva vida entre rejas, que le parece una mala experiencia. Que podría cambiar de opinión. No lo sé, invéntate algo. Tú eres el que tiene labia, así que, para variar, utilízala con ellos. A lo mejor es a ti a quien no le gusta el plan, puesto que eres tú quien tiene que entregarla. ¿Aún lo quieres así?

– O voy con ella o no irá.

– Como quieras, pero cúbrete las espaldas. Yo no puedo ocuparme de ti, sólo de Brandt. ¿Entendido?

– Si le ocurre algo…

– Ya sé, ya sé. Me cazarás como a un perro. -Shaeffer cogió su gorra, impaciente por marcharse-. No tiene por qué pasar nada si lo hacemos bien, ¿te parece? Tú empieza por mantener esa pequeña conversación con Sikorsky. Además estás de suerte -dijo, mirando la hora-. Está cerca. El Consejo de Control se reúne hoy, así que ni siquiera tienes que desplazarte a Karlshorst. Lo verás durante la comida, siempre celebran una comida. Nadie se dará cuenta de que es una reunión, puede parecer que te lo has encontrado por casualidad, y con algo que ofrecerle. ¿Cuánto vas a pedir? ¿Lo has pensado?

– ¿Cuánto?

– Queda mejor que la vendas. Tampoco exageres, se trata de ella, no de su marido. Quieres que se lo trague. El objetivo es preparar bien la farsa, no apuntarse un tanto.

Jake apartó la mirada, indignado.

– ¡Cabrón!

– Trata de que lo saquen de allí -continuó Shaeffer, sin hacerle caso-. Pero, de todas formas, dame un par de días. Aún tengo que conseguir uniformes rusos.

– ¿Para qué?

– No podemos aparecer vestidos de americanos, ¿verdad? Llamaríamos mucho la atención en la zona rusa.

Estilo cowboy. Inverosímil.

– Esto no me gusta. No me gusta nada.

– Primero lo haremos, ¿de acuerdo? -dijo Shaeffer-. Ya te quejarás después. Ve a convencer a los rusos para que te dejen entrar. Nosotros nos encargamos del resto. -Le sonrió-. Te había dicho que haríamos buen equipo.

Había guardias apostados en el camino de entrada al Consejo de Control, pero al dar el nombre de Muller le permitieron pasar. Dio la vuelta hasta el patio cubierto de grava que daba al parque, tenía que encontrar un sitio para aparcar entre los numerosos jeeps y coches oficiales. El equipo de limpieza había terminado su trabajo en el jardín. Todo estaba pulcro y brillante, como los centinelas con sus pañuelos blancos. Funcionarios con maletín atravesaban las pesadas puertas a toda prisa, bien porque llegaban tarde, bien para darse importancia; un movimiento borroso. Jake siguió a un grupo hasta el vestíbulo adornado con arañas de luces sin atraer una sola mirada. La sala en la que iba a celebrarse la reunión, a la cual se había prohibido la entrada a la prensa, sería otro cantar. Aunque, si el nombre de Muller había funcionado la primera vez, podía volver a serle de ayuda. Recorrió el pasillo hasta el despacho del coronel y allí se encontró con su secretaria, con las uñas pintadas del mismo rojo intenso, que se disponía a marcharse a comer.

– El coronel no saldrá hasta dentro de varias horas. Los rusos no empiezan temprano, pero luego continúan durante toda la tarde. ¿Quiere dejarme su nombre? Ya me acuerdo, es periodista, ¿verdad? ¿Cómo ha conseguido llegar hasta aquí?